miércoles, 29 de noviembre de 2023

MI LIBRO - LA GRAN CUEVA

 














Capítulo 1 – Lunes 14 de enero de 2013

Sonó mi celular.

—Jesús, están allanando las oficinas. Buscan el servidor, el listado de clientes y el registro de las operaciones. 

Era Fermín. Uno de los mejores empleados, brillante. Un especialista en auditoría, con una capacidad analítica insuperable y diría que hasta insoportable. Sus informes son precisos y certeros. 

Con él informándome, me sentía con las espaldas cubiertas.

—No te preocupes, nunca lo van a encontrar. No saben lo que buscan. Trata de no contestar preguntas.

—Sí, Jesús, como diga. ¿Usted está llegando? 

Corté.

Ya no tengo más tiempo. 

Es hora. 

Sabía que debía huir. 

Tomé la mochila, metí dos calzoncillos, dos pares de medias, dos remeras, la visera, la cámara de fotos, los casi 25 mil euros que escondía en mi apartamento, los pocos euros sueltos que había en el mueble del comedor, mi segundo celular y los dos juegos de llaves del auto. Cerré la puerta del departamento tras de mí y comencé a bajar por la escalera, dos escalones por vez, pero sin llamar la atención. No crucé a nadie.

Me asomé al palier. Quedé paralizado. 

Un patrullero frente a la puerta que debía cruzar para poder salir del edificio y llegar al auto. Bajaron dos policías, uno excedido de peso. Otro de civil.

Transpiraba. Tocaron el timbre de varios apartamentos, hasta que lograron que desde uno de ellos les abrieran. Volví a asomarme y, para sorpresa mía, decidieron subir por el ascensor. Por un segundo tuve la esperanza de que buscaran a otra persona. Pero cuando apretaron el número seis, ya no la tenía. 

Esperé. 

Un minuto después arranqué mi auto, despacio, muy despacio, sin rumbo.

No sabía qué hacer, hacia dónde ir, con quién podía contar.

Salí del edificio en Av. del Brillante casi Av. del Calasancio, hacia el sur. Debía pensar dónde esconderme. Y los parques y jardines de la ciudad son ideales. Puedo pasar desapercibido. Pese al miedo, aún puedo sentir el aroma de las flores de los Jardines de la Victoria y del Parque de Miraflores de donde la policía solía corrernos a los bastonazos, como en la vieja época franquista. 

Pero tengo que enfocarme en huir. Al de la Victoria o al Miraflores. 

Me decidí. Doblé a la derecha para tomar Av. Libertad, buscando el Paseo de la Victoria. La ironía se hizo presente. Con un poco de suerte sólo iría un par de años a la cárcel. 

Ni libertad ni victoria. 

Pero debía parar y pensar qué hacer. ¿A dónde voy? Transpiraba como un animal en retirada. Estacioné en la plaza de la Glorieta Media Luna, una de las más bellas de la ciudad, rogando me confundieran con un turista. Esperaba me ayudara la bermuda que traía puesta, la visera y la cámara de fotos.

Tenía el estómago revuelto, necesitaba un baño. Se me nublaba la capacidad de pensar. En esta ciudad abundaban los baños públicos. Teníamos cientos de baños públicos cuidados y limpios como en ningún otro lugar del mundo. Pocos sobrevivieron. Creo que uno de ellos está en el Jardín de la Victoria.

Seguía sin saber qué hacer. Había bloqueado todos los teléfonos de los familiares y el de mi novia. No quería ponerlos en riesgo.

Llamé a mi amigo Enrique. El único que me podría ayudar. No trabaja en LGC, ni nunca quiso hacerlo, pese a mi insistencia, por lo que pensé no tendrían los ojos puestos en él. 

—Enrique, no me saludes, necesito ayuda. ¡Por favor! —le grité.

—¿Ayuda? Jesús, amigo mío, necesitas un abogado. Los han crucificado. No se habla de otra cosa más que de ustedes. Tu foto está en todos los medios de prensa y canales de televisión. ¿Qué quieres que haga por ti?

—Estoy desesperado, no sé qué hacer. Me cae la noche encima y no tengo a dónde ir.

—Jesús, espero entiendas que no puedo recibirte en casa.

—Lo sé. Jamás te pondría en riesgo.

—Déjame que haga unos llamados telefónicos, veré qué estudio jurídico estaría dispuesto a tomar tu caso.

—No me queda más que estar de acuerdo contigo. Tú mandas.  Gracias amigo mío. Tengo 25 mil encima. Son casi las diez de la noche, veré de dormir en el camping. Espero no me reconozcan.

—Tapa las chapas patentes del auto como puedas. Llámame mañana a media mañana, tendré alguna respuesta para darte.

—Gracias amigo mío, no esperaba menos de ti. Mañana a las 10.15 te llamo.

—Jesús, te pido por favor, ¡no asomes la nariz!

Capítulo 2 – Mi ciudad

Soy Jesús Williams Emerico Suárez. 

Esta es la historia de mi vida.

Una vida brillante. 

Todo lo tenía, nada me faltaba.

Hasta que aquel jueves 17 de enero de 2013, morí.

Nací el 5 de octubre de 1962 en el barrio Parque Vélez Sarsfield, Ciudad de Córdoba, de la provincia del mismo nombre, Argentina, aunque estoy inscripto en un pequeño pueblo al norte, en Obispo Trejo. Días antes de nacer, falleció mi tío Williams, hermano de mi abuela, a quien nunca conocí, pero nunca olvidé. En honor a su muerte llevo su nombre. Cuenta la historia familiar que el tío Williams fue un verdadero aristócrata, más bien un oligarca, que defendía sus intereses a su manera. Experto en el manejo del dinero y del poder. Era de la alta alcurnia, de la nobleza, de sangre azul. Un individualista. Era mi ídolo. A papá no le gustaba mi admiración por él. Es más, no comprendía cómo podía admirar a alguien a quien él aborrecía.

—Hijo, ¿cómo puedes admirar a alguien que no conociste? Tu tío no era ejemplo para nadie.

— ¿Era mala persona, papá?

—No. Pero jamás pensaba en el prójimo. Sólo sabía especular y ganar dinero.

— ¡Pero si tú siempre me hablaste bien de él, y el dinero hace falta para vivir!

—Sí, hijo. Pero no de la manera que lo hacía él.

—Entonces, papá, ¿por qué me llamaste con su nombre?

—Sólo quise homenajearlo. Y ya no quiero hablar del tema. Eres muy pequeño para entenderlo.  

 Como no lograban inscribirme en la Ciudad de Córdoba, por el rechazo reiterado de su municipalidad, mis padres lograron inscribirme en aquel pueblo, donde un tío era el Juez de Paz de entonces y lo permitió. 

Así fue la historia de mi segundo nombre y de los casi cinco meses que no existí. 

Cuando tenía cinco años, mi padre estaba desempleado y, buscando nuevos horizontes laborales, cruzamos el Atlántico, para establecernos en la Córdoba de la vieja Andalucía del Reino de España, al sur del país. Mi mundo se daba vuelta y yo nada entendía.

Mis ancestros son andaluces por tanto parte de la familia aún vive en esta tierra. Compramos una casa en el barrio Parque de Azahara.  Cuatro habitaciones, dos baños, living-comedor, garaje para dos vehículos y hasta una pequeña pileta. Recuerdo nuestro primer día, recorriendo la casa de la mano de papá. Estaba muy fría. Hacía tiempo que no se ventilaba. Era un largo pasillo que comenzaba en el living. Mi papá, que amaba las antigüedades, no pudo hacer otra cosa que llenarlo de lo que para mí eran muebles y adornos viejos. 

Cuando lo entendí, le pregunté por qué no se dedicó a ser anticuario y no un comerciante de zapatos. 

Se le cayó una lágrima. Nunca más volví sobre el tema.

Un enorme living con piso de parquet, muy cálido, a la entrada de la casa. El único mueble que había en toda la vivienda era un barril de madera, barnizado, que había sido modificado para guardar bebidas. Lo habían cortado a la mitad, y lo empotraron en la pared. Cuando se abrían sus puertas, se dejaban ver unos estantes para las botellas, y una bandeja caía desde el interior, lista para servir unos tragos. Una rara belleza.

A la derecha, la cocina y la salida al patio. 

Mamá convirtió este patio en su oasis, sin palmeras, claro. La pileta redonda se encontraba al medio y estaba rodeada de flores, muchas flores, de distintos tamaños y colores. 

A la izquierda, un largo y oscuro pasillo.


—Papá, ¿cuál es mi habitación?

—La última, Jesús.

—Pero tengo miedo. Este pasillo me da mucho miedo. No quiero la última habitación. Está muy lejos. Creo que me vas a tener que acompañar todos los días para ir a mi habitación en taxi o en ómnibus.

Apreté más fuerte la mano de mi padre.

— ¡Ja! Muy ocurrente, hijo. Un taxi o un ómnibus dentro de la casa. ¿Creés que alguno pasa por este pasillo? ¿No te parece que exagerás un poco?

—No, papá. Creo que no. No me gusta la última.

—Bueno, hablaremos con mamá y le pediremos la habitación del medio para vos. ¿Te parece mejor así?

—Sí, papi.

Mis hermanos mayores, los mellizos Miguel y Eduardo, terminaron ocupando la del fondo; Florencia, mi hermana del medio, ocupó la primera, y los esposos Suárez se instalaron en la segunda. 

Un verdadero caserón.

Hasta que parte de su frente comenzó a hundirse. Sí, a hundirse. Despacio. Despacio, pero lo hacía. Un par de centímetros al año, hasta que asomando un ojo por la grieta del garaje se podía ver el pasillo del vecino y sus perros. Mi padre tuvo que invertir allí otra media casa para solucionar los problemas, mediante enormes columnas enterradas, pozos romanos. Poco comprendía en aquella época, pero sin duda nos habían estafado. 


—Jesús, bajáte del Toro, ya tenemos que partir.

—Por eso estoy aquí, listo para manejar con vos, ¡brmmmmmmmm! ¡España nos espera!

—Hijo, no podemos llevar el auto, es más barato comprar otro allá, que llevar este a nuestro nuevo hogar.

Lloré.

—Ya sabes que sí, pero debe quedarse. Bajá ya, dale un beso y despedite.

Así fue como dejamos en Córdoba mi niñez y mi Torino Cupé, modelo 1967, marrón, casi cero kilómetro. Un automóvil único para la época. Pese a que ya han pasado más de cuarenta y cinco años desde que arribamos a España, recuerdo que su motor Tornado rugía como ninguno. Y lo extraño. En Andalucía, con apenas trece aprendí a manejar. Pero no pudo ser en mi Torino. Lo fue en un Citroën. Mi padre, el maestro. En un par de clases aprendí. A los gritos aprendí, rápido, muy rápido. 

 

Mi Córdoba es la capital de la provincia de Andalucía. Está en un valle a la vera del río Guadalquivir y a los pies de la Sierra Morena. Es un valle muy parecido al de mi Córdoba natal. A mi Córdoba del río Suquía.

El Guadalquivir cada tanto nos da un buen susto, inundando parte de nuestra bella ciudad. Es un río bravo en la época invernal, período en el que llueve intensamente. Un río que devora a la misma Córdoba. A su propia anfitriona.

Y un río manso durante el verano, cuando se deja aprovechar. 

Allí mi padre me enseñó a nadar. A los gritos, pero aprendí. Carecía de paciencia, pero aceleraba el aprendizaje. Ambos somos fanáticos del río, de los paseos en piragua, de las caminatas, de las excursiones en bicicleta. Teníamos dos “bicis” plegables, la mía una Cinzia; la suya, una Legnano. Todavía están tiradas al fondo en el galponcito de casa. Oxidadas. Pero ahí están, sobreviviendo al paso del tiempo. Papá era un hombre de costumbres. Íbamos siempre al mismo lugar, a la vera del Guadalquivir. Era su lugar. Copié su hábito y con el tiempo me lo apropié. Pasó a ser mi lugar a la vera del Guadalquivir. Estacionaba el auto a la sombra de los mismos madroños y alcornoques. Los vi crecer. Crecieron conmigo.

 

Los amigos del barrio eran, además, compañeros de excursiones. Nos calzábamos una remera, metíamos la botamanga del pantalón dentro de las medias, o agarradas con un broche para colgar la ropa, y nos lanzábamos a recorrer las márgenes del Guadalquivir. 

Pero lo más importante de nuestro río es que a sus orillas, el amor se amplifica, rodeado de su aroma, de sus flores y el sonido al galope, de su corriente de agua. Es común recorrer el río y encontrarse una pareja de enamorados, hablándose y susurrándose al oído, o haciendo malabarismos dentro de un auto.

Y admirar sus molinos que, aprovechando la fuerza del río, molían los granos de trigo, convirtiéndose en el pan de cada día de los cordobeses. 

Ya en la Edad Media contaba con cientos de fuentes artísticas hidráulicas, iluminación, acueductos de agua dulce y desagües. Los árabes fueron expertos en el uso del agua. Un gran legado para mi ciudad y sus turistas. 

Mucho para visitar y ver en mi ciudad como La Mezquita de Córdoba erigida como actual Catedral, o el Templo Romano en calle Capitulares. 

La muralla romana que defendía a la ciudad de las invasiones y sus distintas puertas como la de Almodóvar, la de Sevilla y la del Puente y sus torres de avistamiento como la de Belén y la de las Donceles, siguen en pie, preparadas para resistir la visita de los peregrinos. 

Y los puentes sobre el Guadalquivir, como el Romano, el San Rafael, el de Andalucía, el Miraflores o el moderno Abbas Ibn Firnás, verdaderas bellezas arquitectónicas, donde jugando a las escondidas se tornaba imposible encontrar al resto. 

Fue la ciudad de las letras y de las ciencias durante la Edad Media. Fue y es única. Está a la vanguardia de las ciudades europeas.


Crecí acompañado de mis amigos del barrio. El “Gordo” Carlos, contable de profesión, reconocido por sus dotes amatorias y constantemente poniendo el ojo en las novias del resto de la barra de amigos. Le gustaba andar con novia ajena. Y por supuesto comer mucho y bien.

Luis, el “Cabezón Bichino”, a quien resultaba imposible conseguir un casco adecuado a su enorme cabeza. Y, además, le gustaban las mujeres feas, muy feas. Decididamente hay gusto para todo. Las novias restantes no corrían peligro en su caso. Su apodo actual viene de mutar desde su original, “Bichero”. Feas para el resto, bellas para él. Definitivamente la belleza depende de quién mira, de quién sabe saborearla. Es uno de los pocos doctores en Ciencias de la Información. Era el único al que eventualmente solía consultar, ante algún problema de los difíciles. Siempre aproveché su capacidad de análisis.  

Sergio, el “Armero”, como su apodo lo dice, vivía armado con una hondera, un ruliglobo, una piedra o lo que encontrara a mano. No había pájaro que quedara en pie y no fuera convertido en escabeche. Hoy sigue armado, pero con una pistola 38. Hombre duro si los hay. Es unos de los ingenieros electromecánicos más prestigiosos de la ciudad.

Miguel, primo y un gran amigo. Contable también. Amante e instructor de Tai Chi Chuan y dueño de un humor único y sutil. Es puro equilibrio.

Enrique, el “Pinza”, cuyo apodo provenía de un gran jugador de fútbol argentino, el “Pinza” Ossés, a quien él admiraba. Sus cuarenta y cinco kilos de peso y un metro cincuenta de estatura, lograron salvarlo del servicio militar obligatorio. No le daba el índice de masa corporal. Tenía otra característica: temía al agua. Se bañaba sólo una vez por semana y a veces se “olvidaba”. Con el tiempo dejó de lado esa mala costumbre. Hoy es un abogado hecho y derecho, con un par de ACV encima. Pese a ellos, mantiene sus habilidades intactas. Un experto en derecho civil y comercial y muy reconocido en los tribunales cordobeses.

Francisco, apodado “Paco” como no podía ser de otra manera. Otro contable, pero debió ser humorista. Es un experto contador de chistes y gran empresario. 

Mario, alias “Candado”. Requiere ser operado para sacarle más de un euro. Odontólogo de profesión, político por elección. Sé que tiene un cuchillo clavado en el corazón. Jamás pude hablar con él, sobre aquella pérdida. Creo que su corazón está sanando. A veces lo miro y me duele el alma de imaginar por lo que pasó. Un político que le haría muy bien a esta ciudad. Un idealista.  


Pasaron los años y aun así seguimos viéndonos. Hicimos un verdadero culto de la amistad que forjamos juntos. Todos los jueves y sábados. Jueves de cena. Sábados de café en el bar SNACK 78. 

No hice negocios con ninguno de ellos por temor a perderlos. El dinero siempre me encegueció. Preferí cuidar la amistad y no mezclarlos en mis ideas.  


Fue espinoso, pero lo conseguí. Difícil adaptarme a la nueva Córdoba. Para insertarme en la nueva sociedad, mis padres me mandaron al grupo de la juventud de la Iglesia Santa Beatriz de Silva, muy cerca de mi casa, donde a los diez años me convertí en monaguillo. 

Allí conseguí relacionarme con muchos de quienes manejan la política actual de esta ciudad, como su alcaldesa Soledad Andarre. A medida que crecimos, dejó de ser un ámbito de encuentro juvenil para convertirse en un centro de poder. Así es la Iglesia, un ámbito de poder. Y, en España, tiene mucho. En la Iglesia el poder se ejerce por medio del dinero, de las relaciones o de la política. Conseguí unos cuantos “amigotes” dentro de la parroquia, y posiblemente enemigos también. Años después, alguno de ellos sería mi socio. 

Quizás los miles de horas en la parroquia me salven de ir al infierno. Santo no soy. Los santos se ven sólo en las estampitas. Prefiero reconocer quién soy y no convertirme en aquellos que, pese a ser delincuentes, van a misa los domingos a pedir perdón por sus actos. Pura hipocresía.

Siento un aire muy caliente a la izquierda y una brisa fresca a mi derecha. Respiro un aire fresco. Quizá esté en el cielo en donde viven las almas de los justos.

 O, quizás, esté en el purgatorio. Dicen que es por donde deben pasar las almas que aún no están listas para partir. Aún no lo estoy.


Pero la ciudad no sólo tiene su río. También zocos. Mercados árabes muy tradicionales de venta de frutas, verduras, especias, baratijas y exquisiteces. Los zocos hacen del regateo la principal arma de venta. Si no hubiera aprendido a regatear, nunca habría conocido los secretos de un zoco. Y los secretos del regateo.

Mil veces fui a uno de estos mercados. Era el paseo habitual de los domingos por la tarde. Toda la familia a regatear. Comprábamos cuanta pavada había a la venta. Con mi banda de amigos, una de nuestras “actividades” preferidas en un zoco era que, mientras una parte del grupo entretenía a los vendedores, los otros “pedíamos prestadas” unas naranjas o manzanas, que jamás devolvíamos ni pagábamos. 

Pero la ciudad no tiene solo el río y los zocos, también baila con la Fiesta de los Patios. 

Durante el mes de mayo, las familias convierten sus patios, jardines, rejas y balcones en verdaderas obras de arte con plantas y flores, como si fueran una paleta de colores. Para cada familia es un desafío decorar su patio y ganar el concurso. Ganar era un premio al esfuerzo, un premio a la belleza. Cantos y bailes flamencos acompañan los festejos.

Desde que llegamos a estas tierras, años tras año, la familia entera se dedica a los preparativos para participar en ella. Mi madre se ocupaba de repartir las tareas que cada integrante de la familia debía ultimar. El último día antes del acto de apertura que oficiaba el alcalde de la ciudad, nuestra casa se transformaba en un pequeño y bello jardín, que ofrecíamos a los ojos de nuestros agasajados. Mi padre era el responsable de ajustar los últimos detalles. 

No recuerdo en qué año, pero recibimos el primer premio. La familia entera, orgullosa. Una de las costumbres que más disfrutaba.

Terminada la fiesta, era usanza regalar a los paseantes las flores que adornaban las casas. Una verdadera fiesta de la flor. Nadie debía andar sin una flor en el ojal o un ramo para regalar.

De leer a los poetas cordobeses, como Juan de Mena y el precoz Marco Anneo Lucano, nació mi interés por la narración. Nadie lo sabe, pero tengo al menos cien poemas y cuentos escritos de mi puño y letra. Y hasta llevo un diario de mi vida. En él escribo lo mejor y lo peor de mí. Pienso que cualquier momento libre del día es motivo suficiente para escribir unas líneas. Son mi escondido tesoro. Amo escribir. Es la forma que elijo para hablar conmigo.

Ya en los años del Califato la ciudad contaba con una famosa universidad y una biblioteca con 400.000 volúmenes y 27 escuelas gratuitas para enseñar a los niños de bajos recursos. Fue pionera en la educación con un alto nivel de alfabetización.

Un ejemplo para el mundo. Un ejemplo para lo que hoy llamamos progresismo. 

Palacios medievales circundan la ciudad. A todos los visité. Incluso aquellos que no figuran en ninguna guía de turismo. Menos famosos, pero muy misteriosos. Pasadizos secretos, cámaras ocultas, paredes que no son paredes, canales de agua que parecen impensados para la época, fosos, murallas, torreones, baluartes para el ataque y la defensa de los castillos, y sus barbacanas para la defensa de los portones.

Viviendo en esta Córdoba andaluza, la del viejo Califato, no puedo comprender el estado actual de pobreza de los ricos países árabes. Unos pocos, que se autodenominan “jeques”, se pasaron los últimos siglos empobreciendo y sumiendo en la ignorancia a sus pueblos. Un verdadero ejemplo de lo que no hay que hacer a lo largo de la historia de las naciones.


Así es mi ciudad. Una ciudad con personalidad y orgullo. 

Los inviernos son suaves con algunas heladas que aborrezco, y los veranos muy calurosos.

Mi ciudad vive de la joyería. De los más antiguos joyeros de España. Los más creativos joyeros del Reino. Y de nuestros “invasores”, los turistas.  

Con 17 años de edad me convertí en “Amigo del Turista”. La alcaldía llamó a estudiantes que deseaban ser parte de un programa de promoción de la ciudad. A quienes participábamos nos capacitaron, nos entregaron un uniforme, y era nuestra responsabilidad la de caminar por el centro de la ciudad y sacar de problemas y dudas a nuestros turistas. 

Durante ese programa, conocí a la más hermosa y noble “Amiga del turista” que podría haber conocido. Su nombre es Laura. Una pelirroja, que además de ser dueña de una belleza insuperable y un cuerpo infernal, era una especie de fábrica de sonrisas. Jamás la vi siquiera triste. Hasta en los peores momentos, que los tuvo, me destinaba su mejor sonrisa. 

La segunda noche que salimos, iba a mi lado con sus labios pintados de rojo carmesí. Yo con mi flamante carnet de conductor, y auto prestado, mirándola de reojo, casi sin poder apartar la vista. Estaba atrapado por aquellos labios. No pude aguantarme, frené donde pude, la tomé entre mis brazos y la besé con pasión, mucha pasión. Pese a mis miedos previos, lejos de ser rechazado, nos besamos un largo rato.  

Retomé el camino hacia los Jardines de la Victoria, hasta que me interrumpió, mientras retocaba sus labios. 

—Jesús, ¿podrás detenerte en un kiosco? Quiero comprar goma de mascar.

—Ok.

Unos metros más adelante me detuve. Bajé y pedí goma de mascar, ante un kiosquero que me miró como si tuviera a una especie de monstruo delante de sí. 

Pagué y regresé al auto.

—Lau, ese kiosquero me miraba raro.

—Si te miras en el espejo sabrás por qué.

Me miré en el retrovisor.

— ¡Claro! Ese hombre debió pensar que un payaso venido del más allá estaba comprando goma de mascar.

No advertí que mi cara estaba repleta de lápiz labial rojo carmesí desparramado por doquier.

¡Reímos el resto de la noche!

Seguimos. Hasta el parque. En aquél entonces era una especie de Edén de libre acceso. Encontramos un lugar más bien oscuro, y tiramos una colchoneta al suelo, como era la costumbre de las parejas. Y a charlar y a reír, se dijo.

Poco tiempo pasó hasta que los besos recomenzaron. El frenesí aumentó y me decidí a meter mi mano debajo de su pantalón, hasta alcanzar su braga.

— ¡Deja de espiar! —me susurró al oído.

—No estoy espiando, sólo quiero saber si es grande o pequeña.

Seguí intentándolo pese a la primera advertencia que había recibido. 

Y por fin, sintiéndome una especie de cazador profesional, encontré una pequeña tirita de algodón que unía ambas partes.

—Es una “tanga” muy pequeña. Y por favor, no me hagas enojar, saca tu mano de allí.

Que me susurrara al oído me excitaba aún más. 

Pero entendí el mensaje. Quería poner límite a mi avance y así fue. Lejos estaba de querer molestarla y cerca de obtener otra sonrisa.

De aquel día en adelante, debí siempre pedir permiso, antes de “espiar”. 

   

Unos cuantos años después me casé con la única mujer que realmente amé en mi vida: Inés. Compañera, esposa y la mejor de las madres. 

Y como dice un amigo, “lo mejor que hice en la vida, lo hice sin pensar”, y así tuve tres hijos, Constanza, Gastón y la pequeña Toyah, los motores de nuestra vida.

La familia de Inés era vecina de la familia de mi gran amigo, el “Gordo” Carlos. Durante años cada una de mis visitas al “Gordo” era un pretexto. Era el momento que esperaba encontrarla en la puerta de su casa, de minifalda muy corta, mostrando sus piernas únicas. Piernas que parecían torneadas por un escultor, una cintura de avispa y unos pechos insinuantes de excelente tamaño. Qué más se podía pedir. Me enamoré mirándola.

Hasta que un día de 1987, por fin me animé a invitarla a tomar un café, y allí nació nuestra profunda y larga relación, que se formalizó en 1994, después de siete años de noviazgo, en la Iglesia Conventual del Santo Ángel Padres Capuchinos, en la Plaza de los Capuchinos. 

Prontamente, en plena luna de miel, tuvimos las primeras dos discusiones de pareja. Profundas discusiones. O no tan profundas.

Estábamos en Cartagena de Indias, Colombia, en un hotel sobre la playa. Habíamos regresado a nuestra habitación a darnos un baño, después de un hermoso día de playa, para luego salir a cenar. Me bañé, tomé el control remoto del televisor y comencé a buscar algo acorde a mi gusto. Y lo encontré. Un viejo y repetido capítulo del famoso conejo B. B. y su amigo el pato. 

Me acomodé mientras ella ocupaba la toilette

A los pocos minutos, salió una leona semidesnuda, apenas tapada con una toalla, dispuesta a comerme vivo. 

Y se vino la pregunta que esperaba no me hiciera: 

—¿A quién preferís, a mí o a ese conejo?

Lo pensé unos segundos y le respondí con la cara que pude: 

—Dame unos minutos que ya termina este capítulo. 

Obviamente no me habló más hasta la cena, luego de recordarme una y otra vez, que estábamos de luna de miel.

La segunda discusión tuvo que ver con poner reglas de juego claras en el uso del baño. Había una de sus actitudes que me molestaba sobremanera. Tenía la “maldita” costumbre de apretar el pomo de la pasta dentífrica por el medio, mientras que yo soy un fanático de que el pomo sea vaciado de abajo hacia arriba, de manera de no perder ni un gramo. Es más, tengo la costumbre de apretarlo mediante un peine, sin dejar rastro alguno dentro del pomo.

 Hasta el día de hoy cada uno sigue aplicando su propia estrategia de “vaciado de pomo de pasta dentífrica”. 

¡En algo debíamos desencontrarnos!

Arrancamos nuestra vida juntos en un pequeño apartamento prestado, muy cerca del centro de la ciudad. 

Yo viajaba semanalmente, mientras ella trabajaba en un Jardín de Infantes, como maestra jardinera. Es la mejor en lo suyo.

Con el tiempo la perdí o, mejor dicho, nos perdimos. Para ella nada mejor que unas palabras de don Julio Cortázar quien, en su novela “Rayuela”, escribió: “Oh, mi amor, te extraño, me dolés en la piel, en la garganta, cada vez que respiro es como si el vacío me entrara en el pecho donde ya no estás”. 

Esta es la historia de mi vida. Éxitos y fracasos. Grandes fracasos.

A todo lo perdí aquel 17 de enero. 

Perdí mi ciudad, mi familia, mi Antonia, mi historia, mis amores y mi vida.

Estaba seguro de que nada podía ocurrirme. Yo era un amante de la astrología y estaba convencido de que la astrología me protegía. Si mi camino estaba iluminado, nada malo podría pasarme.

O eso creía.


Según la astrología China soy o, mejor dicho, era Tigre. 

Representa el ansia de cambio. Es entusiasta, lleno de energía. Simpatiza con el triunfo, la victoria, la fidelidad y la ternura. Es demasiado impredecible y emocionalmente inestable. Es incoherente, aunque muy inteligente. 

En la mitología griega estamos representados por la diosa Astrea. La única que no representa un ser vivo pero que lleva los poderosos rayos de Zeus en sus brazos. 

Astrea representa a la justicia en nuestro mundo, en el mundo de los hombres. 

Y con la justicia tuve problemas. Muchos problemas.

Ahora puedo ver que a la astrología la apliqué bien durante un largo tiempo. Hasta que no sé por qué, me torcí. 

Quizás fue el dinero, quizás la atracción del poder. Quizás la ambición. 

Terminé mi vida mal, muy mal. Me duele el alma.

Fui un tipo inteligente pero muy poco piadoso. Nada aprendí de mis padres. 

Algo estudié sobre arte, filosofía y ciencias, sólo porque en el ámbito social en el que aspiraba a moverme esto era un requisito. Vivo en la Córdoba que vio nacer a tres grandes filósofos y no los podía ignorar: Séneca, el estoico romano y su amor por Dios, el musulmán Averroes para quien la razón primaba sobre la religión, y el judío Maimónides quien trató de armonizar la razón y la religión. En linda discusión se metieron. Los leí y procesé como pude.

Siendo la sabiduría el objetivo principal de la filosofía, siempre me pregunté hasta dónde habíamos llegado, en este destruido mundo en el que vivimos. Unos pocos hombres concentran casi el 90% de la riqueza mundial y un 90% de la población se deben conformar con migajas. No tengo duda alguna de que el dinero, la ambición y el poder le ganaron a la sabiduría.

La moral, como una de las principales ramas de la filosofía, llamó mi atención, aunque viendo los resultados de mi vida, creo que no supe aprovechar lo que había aprendido. Quise aprender los usos y costumbres de la sociedad en la que viví. Pero siempre las desafié. Iba más allá de mi capacidad de comprensión.

Amé el dinero. Y esa fue mi perdición. Muy lejos de la moral.

Toda mi vida me dio placer estudiar las finanzas, observar la buena vida que llevan quienes tienen dinero, aprender acerca de las necesidades de la gente y sus conductas y sobre la sociedad de consumo en la que vivimos. 

Me levantaba todos los días alrededor de las 9 de la mañana, elegía cuidadosamente la ropa que me pondría y, después de un buen baño, salía de mi departamento con dirección al bar de la esquina, Overday. 

Desayunaba café con leche, dos croissants y un buen vaso de jugo de naranja.

Leía cuidadosamente el diario El Día de Córdoba. Siempre estaba bien informado. Con varios políticos cruzábamos palabras mientras desayunábamos. 

Ya cerca del mediodía, cuando los bancos iniciaban su actividad, comenzaba mi jornada laboral. Me ocupaba sólo de los grandes clientes. 

A las 4 pm, de lunes a viernes, el gimnasio me esperaba. Necesitaba estirar y cultivar mi cuerpo. 

Alrededor de las 8 de la tarde dormía una siesta, para estar con todas “las pilas” por la noche. Todas las noches sin excepción, alguna discoteca me recibía.

Demasiada buena vida.


“Muero” de miedo. Un frío intenso recorre lo que soy. 

Sólo alma.

Nunca imaginé que mis actos llegaran a tener semejante impacto en mi familia, amigos y en la sociedad en general.

Sé que en cualquier momento vienen por mí. 

Estaba entre la espada y la pared.

Entre la certeza de que debía desaparecer y la cobardía que me paralizaba. 

Sabía que dejaba miles de problemas a quienes quería y amaba. A mi novia, a mi exesposa, a mis hijos.

Me avergonzaba de mí mismo, no lo soportaba. La idea de ser llevado a la cárcel encadenado, esposado, a la vista de toda Córdoba. Ingresar por sus pasillos, empujado por los guardias, mientras los reos me miran y miden mi cuerpo saboreando la nueva carne. El ruido del choque de las rejas con su marco de hierro.  

Me atormentaba pensar en la celda, los barrotes, la mugre, el inodoro colgado en la pared, haciendo mis necesidades a la vista de todos, ser violado por mis nuevos “colegas”.

Los guardias. Los maltratos. La imagen de mis hijos y mi novia, siendo desnudados para visitarme.

Me desesperaba. 

Me fugué ese lunes 14 de enero. Mi celular ardía. No paraba de recibir algunos llamados de apoyo junto a voces cargadas de insultos. No paraban de tratarme de “hijo de puta”. Muchos amigos y otros no tan amigos se olvidaban del riesgo que corrían. A ninguno le conté. Ninguno pudo salvarse. La realidad les cayó donde más les duele, en sus bolsillos. 

Todos perdieron. Me odian por ello.

Debía desaparecer. Deseaba intensamente desaparecer.

Capítulo 3 – La escena de mi muerte

Después de estar durante horas desaparecido, por fin me encontraron. 

Elegí el lugar cuidadosamente, donde casualmente iba a pensar y a amar. Nada era casual en ese lugar. Allí donde amé con locura. Allí donde mi padre casi pierde la vida.   

Sucedió aquel 12 de noviembre de 1977. Como casi todos los sábados, salimos a dar nuestro habitual paseo en bicicleta. Por primera vez salía sólo con papá. Carlos y Sergio, el “Armero” esta vez no nos acompañaron como era costumbre. De atrevidos que éramos, llegamos hasta aquel lugar. Dejamos las bicicletas y papá se acostó sobre las matas a la orilla del río, a la sombra de un sauce. Me había comentado que trataría de dormir unos minutos. Mientras, me dediqué a hacer “sapitos” con las piedras sobre el cauce del río e intenté armar una choza con ramas. Ya no era un niño, pero me fascinaba jugar con la naturaleza. Me alejé a unos metros. Al volver mi vista atrás, el cuerpo de papá se retorcía, mientras gritaba de dolor.

Corrí. Grité.

— ¡Papá! ¿Qué te sucede?

— ¡No lo sé, hijo! ¡Siento que mi estómago está por reventar! ¡Trata de estirar mis piernas! —indicó entre gestos de dolor.

Lo intenté, pero gritaba y gritaba.

—Papá, voy a buscar ayuda.

—No, espera, ya pasa…

No alcanzó a terminar la frase porque perdió el conocimiento.

— ¡Papá, despierta! ¡Por favor, despierta!

Acerqué mi oído a su boca y sentí su respiración. Me apoyé sobre su torso y escuché su corazón. Me tranquilicé. Supuse, una vez más, que debían ser sus cálculos renales.  

Lo decidí. Tenía que sacarlo de allí y buscar ayuda.

 Papá pesaba unos cuantos kilos, pero estaba muy cerca del río. Lo tomé por las axilas, lo arrastré como pude hasta la orilla. Papá siempre me enseñó a mantenerme ubicado geográficamente. Desde que era chico, no perdía oportunidad de marcarme los puntos cardinales y cuanto mojón veía, debía recordarlo. De allí que supiera que unos 500 metros río abajo, encontraría un puesto de la patrulla ambiental, encargada de la custodia del río. Tenía certeza de nuestra ubicación. 

Y recordé.

—Papá, ¿para qué sirven los puntos cardinales?

—Saber por dónde sale el sol y donde se acuesta por la tarde, siempre te permitirán orientarte, estés donde estés. El sol siempre sale por el este y se acuesta en el oeste. Luego acomodas la palabra norte, así, de esta manera y también sabrás donde están el norte y el sur.

Escribió Norte en la tierra y me mostró como debía leer la “O” y la “E”.

— ¿Y qué es un mojón, papá?

—Un mojón, hijo mío, es cualquier señal que puedas reconocer.

—Papá, no entiendo.

— ¿Recuerdas el cuento de aquellos hermanitos alemanes? Ellos iban tirando piedritas, para poder regresar a la cabaña. No tiraban piedritas. ¡Tiraban mojones!


O llegábamos los dos, o me ahogaba con él.

Logré meterlo al agua y yo iba a su costado.

El Guadalquivir es un río ancho y profundo. Sabía que no podía apartarme de su margen. Tenía que hacer pie durante todo el trayecto y evitar la correntada. Si me apartaba de la orilla, nos arrastraría. 

El Guadalquivir no perdona. 

De a poco lo fui llevando. Despertó cuando habíamos recorrido la mitad de camino.

— ¿Qué hiciste, hijo mío? ¡Te vas a ahogar, peso demasiado!

—Papá, en el colegio aprendí que, según Arquímedes que no recuerdo bien quién era, todo cuerpo sumergido en un fluido, experimenta un empuje vertical y hacia arriba igual al peso de fluido desalojado. Eso significa que en este momento pesas mucho menos que lo habitual porque el agua me está dando una mano. ¡Y no me grites! No estás en condiciones. Decidí hacer esto. Ya recorrimos la mitad. Verás cómo en minutos te pongo dentro de una ambulancia.

Así terminó aquella tarde. Llegamos al puesto sanitario y una ambulancia lo llevó hasta el Hospital Central. Se desmayó por el dolor producido por los cálculos renales y llegó con hipotermia. Una hora más tarde, mientras me comía las uñas, se asomó el médico de guardia.

—No sé si hizo lo que debía, pero le salvó la vida a su padre. Lo felicito. Se recuperará pronto.

Estoy orgulloso. Aquí, en este lugar, le salvé la vida a papá.

 

Llovía torrencialmente. 

Eran las 11 de la noche de aquel 17 de enero. Tirado dentro de mi Fiat Grand Siena beige patente RE NUB 748. 

Y aquí estoy contando mi propia muerte. Represento el 48 en la quiniela, “el muerto que parla”. ¡Qué ironía! 

El comisario Manuel Baeza, más conocido como “Mano Rápida” me halló a la vera de mi río, el Guadalquivir, a la altura de calle los Perales 170, en grados decimales, latitud 37.883034 y longitud -4.70615, a pocos kilómetros del centro de la Ciudad de Córdoba. Así se lo informó a su superior a través de equipo de radio llamada y GPS en mano.

Me extrañó su actitud. Lejos de impedir el ingreso de extraños a la escena de mi muerte, venía acompañado de cuatro sujetos corpulentos, los rostros cubiertos por pasamontañas, capas de lluvia y guantes. Revisaron la zona, linternas en mano. Abrieron el auto, se llevaron mi pistola Bersa 9 milímetros, los euros que quedaban, algo así como 23 mil, no tocaron mi cuerpo, aunque algunas gotas cayeron sobre mí y leyeron todo lo que encontraron. 

Huyeron despacio, sin apuro. 

La lluvia los ayudó. Ni una huella quedó afuera, ni alrededor del auto. Todas fueron borradas por la “bendita” lluvia. Sólo algunas gotas sobre mi cuerpo.

Apenas unos minutos después, llegaron una ambulancia y cuatro patrulleros, todos al mando de la fiscal Gálvez, acompañada de “Mano Rápida”. De los cuatro corpulentos, ni rastros. 

Mientras cercaban el lugar con cintas plásticas coloradas, los miembros de la ambulancia de la Policía Criminalística de Andalucía, se abalanzaron dentro del auto y sobre mí. Intentaron encontrar mis signos vitales. 

“Nada”, dijo un paramédico. En voz alta y dirigiéndose a una grabadora digital: “Registro la muerte de quien podría ser don Jesús Williams Emerico Suárez a las 23.38 del jueves 17 de enero de 2013”, dijo.

Agregó: “Leve olor nauseabundo. Un bidón con dos centímetros de líquido, al lado del occiso”.

Yo no podía avisarle a la fiscal de lo que minutos antes había ocurrido. Otras tantas gotas cayeron sobre mí, esta vez provenientes del paramédico.

Cómo avisarle, si estoy muerto.

Media hora más tarde, llegó mi prima Anabel. Se la veía apesadumbrada y asustada. Una buena mujer, de pocas luces. Intercambió unas palabras con la fiscal y se retiró.

Por órdenes de la fiscal, su equipo comenzó a tomar fotografías de cada detalle. Registraron y marcaron como evidencia todo aquello que consideraron necesario para la investigación que se iniciaba con mi muerte.

La prensa llegó apenas una hora después. No sé cómo lo logran, pero se enteran de todo. La policía intentó impedir que se acercaran, pero les fue imposible. Entre los flashes y las luces colocadas por el equipo forense, todo se veía. Fotografías morbosas se mostraron en los diarios. No pierden oportunidad alguna de aumentar la cantidad de lectores.

Comenzaron a retirar mis objetos en bolsas plásticas, con la inscripción “Evidencia”. Mis celulares, el contenido de cada uno de mis bolsillos, la notebook, los papeles que identificaban el auto, el bidón, los dos juegos de llaves que acostumbraba a llevar conmigo, y las cartas que dejé a mis hijos.  

Allí estaban los dos, la fiscal Gálvez y el comisario, leyendo mi último adiós a mis hijos. 

“Mano Rápida”, por segunda vez. Pero leía como si fuera la primera. Sin lugar a dudas, un buen actor.

Terminaron, y las cartas fueron a parar a otra bolsa de evidencia. 

La fiscal jamás se enteró de la visita previa del comisario Baeza.

Buscaron testigos. No los había. Me aseguré de que no los hubiera.

Yo había elegido cuidadosamente el lugar donde quería morir.

Allí dónde nadie pudiera impedírmelo. 

En soledad, pero rodeado de mis mejores recuerdos.

Capítulo 4 – Una noche de amor

Domingo 13 de enero 2013.

Aquella fue mi última noche antes de huir.

Aquella fue mi última noche de amor, de verdadera felicidad. 

Nos encontramos en mi apartamento a riesgo de que me estuvieran esperando. 

Comenzamos a desvestirnos.

A ella, Antonia, la conocí en el hotel Villa Dolores, en Almayate Alto sobre calle Los Cortijos en la Provincia de Málaga. 

Allí, en la Villa Dolores, pasaba mis vacaciones, ni bien terminaba el período escolar. Nos instalábamos la familia completa, mi padre, mi madre y mis hermanos, todo el verano. Una costumbre que seguí durante tantos años, como vida en España tengo. 

Aquel día del año 1999, ella estaba alojada en la habitación 13 del primer piso. 

A la mañana siguiente, durante el desayuno, cruzamos miradas. Fue suficiente. 

A sus treinta y nueve años, a punto de cumplir cuarenta, tenía un cuerpo inimaginable. Antonia se hacía notar. Con sólo un metro cincuenta y cinco, mirada profunda color miel, su piel color marfil, una larga melena recogida y un suave cuello que invitaba a las miradas. Lejos de pasar desapercibida, imponía respeto. Imponía belleza. Imponía envidia. Así era Antonia. Así era mi rechazada novia. Casi toda mi familia la odiaba. Preferían a mi exesposa. Es de otra clase, me decían. ¡Mereces algo mejor!

Es una artista. De las mejores. Cuadros eróticos pinta. Una trasgresora. Personas una arriba de la otra, tocándose unos a otros. Había que observarlos minuciosamente para comprender cada imagen. Casi pornografía o al menos esa era la impresión que me daba su arte. Siempre les pone un título que despista al mirón. Cada presentación en cualquier lugar de Europa produce efervescencia social. Tiene sus defensores y sus detractores. Ella se divierte con sus difamadores. La insultan a través de las redes sociales y ella se ocupa de responder uno a uno. 

Su última colección El sexo y los millennials, ya es un éxito para su público. Y un misil para el Vaticano.

El sarcasmo es su especialidad. Desafiar a la sociedad toda, es su diversión.

Yo pertenecía a una familia Católica Apostólica Romana y practicante. La mejor amante para mí, la peor hereje para ellos.

Mi hereje tiene una cola realmente perfecta, única, esa noche tapada por una tanga ínfima que en realidad nada cubría, y unos senos que no podía ver, pero se sugerían y yo imaginaba perfectos. Hacía cuatro años que estábamos saliendo y nunca la había visto tan bella como esta noche.

Le pedí que se desprendiera el corpiño. Sus senos eran como un sueño. Pequeños, redondos, muy bellos y naturales. Sus pezones invitaban a ser tocados. 

Yo temblaba.

Casi termino con solo verla.

Seguía temblando como un chico. El susto que tenía era mayúsculo. Estaba caliente, me hervían los testículos.

Sin pedirme permiso, tomó mi pene con sus manos, se agachó, y lo introdujo en su boca. Empezó a succionar y a acariciarlo de arriba hacia abajo, con una suavidad única. 

Yo la miraba y más me excitaba. Explotaba.  

Por momentos metía todo mi pene en su boca y lo succionaba mientras lo recorría.

Le avisé que estaba al borde de terminar.

Impresionante y distinto lo que sentí. 

Sabía que era mi última noche.

Le pedí que siguiera acariciándome, no me quería despegar de ella. Terminé.

Descansé uno minutos, no podía moverme, mi semen seguía brotando, ya más despacio, las últimas gotas, pero ella no paraba de acariciarme. 

Explotaba de amor. 

Explotaba de sexo. 

Explotaba de tristeza.

Antonia aprendió a desnudarse bailando, contorneando ese cuerpo magnífico que tiene. Su cola fue y es su bien más preciado. 

Su perfume, o mejor dicho su aroma de mujer, me siempre me enloqueció. No usaba perfume barato, ni caro, sólo olía a mujer, a ella misma.

Recorrí su cuerpo llevándome por su aroma. Ya no soportaba tenerla a mi lado y no lamerle los pezones, y acariciar muy despacio su cuerpo con mis dedos. Su cola perfecta, digna de un mordisco. 

Nada le conté sobre lo que estaba viviendo. Seguramente sospechaba, pero nada me dijo. Calló, como si leyera mi mente y supiera lo que estaba por hacer. 

Me enamoré. Siempre estuve enamorado desde el día en que la conocí. Desde que cruzamos miradas.

Una vida difícil había tenido.

Hasta los 13, su vida parecía normal. Cursaba sus materias en el colegio, como cualquier otro alumno. Pero sobresalía en plástica. Quedé atónito el primer día que vi sus viejos dibujos. Tenía fascinación por la época dorada del imperio romano. Quien no supiera que tenía la innata capacidad de pintar lo que quisiera, pensaría que era una depravada. Era una admiradora de los famosos emperadores Claudio y Nerón, dos grandes pervertidos, que llevaron al fracaso a aquella civilización.

Hasta que su madre se lo prohibió.

—Te gusta el sexo, ¿eh? Pues bien, aquí tienes a tu primer cliente.

Así, empezó a los catorce en un burdel, entre la pobreza. Quedó marcada por siempre.

Mientras su padre lloraba, su madre la obligó a prostituirse. 

—Si tanto te gusta el sexo, cobremos por tu cuerpo— le dijo su madre.

Se inició desnudándose y bailando para mostrar su cuerpo perfecto, pero nadie podía tocarla durante el show. Quien se anotaba primero en la lista que su propia madre preparaba, primero entraba a su cama. Eso sí, “no más de tres clientes por noche”.

Mucho pagaban por esa mujer de cuerpo casi perfecto.

Allí mismo empezó a notar que no podía vivir sin hacer el amor todos los días. Le resultaba compulsivo. Realidad o excusa, no lo sé. Hacer el amor todos los días era su calma.

Una vida de burdeles, trabajando para una “madama”. Su propia madre que, por su belleza, la cuidaba más que al resto. O quizás porque siendo su hija, alguna culpa la perseguía.  

Era su empleadora, una simple tratante de blancas, con protección policial. Puro eufemismo.

Esa noche con Antonia me sentí liberado. Me había olvidado del mundo entero, pero también de que pronto ya no estaría.

La tenía a mi lado. Empecé nuevamente a recorrer su cuerpo con mis dedos, todo su cuerpo. La mimaba. Sus curvas me hacían perder la razón. 

Volví sobre ella, mientras se dejaba. Hacía años que no me ocurría algo así. Dos veces en menos de una hora, mientras recibía un “te amo” al oído. Todo lo tenía, pero ya nada me quedaba.

Su lengua serpenteaba sobre mi cuerpo. Literalmente tocaba el cielo con las manos. 

Me acariciaba cada vez con más fuerza, de arriba hacia abajo. Otra vez esa sensación de explotar me invadía.

La penetré. Movía sus caderas sobre mí. 

Sin embargo, no podía terminar. Lo necesitaba y no podía.

No pude. Le pedí que me dejara y me tiré a su lado. Yo conocía mi futuro y me estaba afectando. Le pedí que me abrazara. Sólo eso quería. 

—¿Qué te sucede Jesús? Venías muy bien y de pronto te detuviste, como si algo te molestara.

—No te preocupes. Sólo que en la empresa hay algunos problemas que resolver.

—Algún comentario me llegó. Nada importante, supongo.

—Despreocúpate. Mañana nos hablamos.  

Nos vestimos y como si nada hubiera ocurrido, ella partió a su apartamento a escasas tres cuadras del mío.

Amo a Antonia. Amo su belleza. Amo su capacidad para enfrentar la vida. Amo su sexo.

Su comportamiento me hizo pensar que algo intuyó, pero no me lo demostró.

—Antonia, te mandé un mail.

— ¿Una carta de amor supongo? Debe ser la única que he recibido de parte tuya. ¡Me pongo colorada!

— ¡Adivinaste! Y lleva un archivo adjunto que no quiero que leas hasta que yo te avise.

— ¡Qué emoción! ¿Y cuándo me avisarás?

— ¡Es una sorpresa, amor mío!

Me dio un beso en la mejilla, un nuevo “te amo” susurrado al oído y se fue.  

Ese fue el último beso que recibí de ella.

Allí quedé solo, triste, nervioso.

Sentía como un torbellino dentro de mí. No volvería a verla. Era mi última vez. Si hubiera tenido la valentía suficiente, me hubiera disparado en la sien y todo terminaba allí. 

Pero me ganó la cobardía.

Ya no tenía tiempo.

Capítulo 5 – Yo, Antonia

Soy Antonia, la novia de Jesús al momento de su muerte. 

No convivíamos. 

Nos amábamos. 

Mucho se ha dicho, escrito e inventado sobre Jesús.

Muchas personas me hablaron mal de él. Hasta mi sobrino. Recuerdo que su padre me comentó una anécdota de su hijo Lucio. La primera vez que Lucio vio a Jesús, antes de acercarse para saludarlo, llamó a mi hermano: “Papá, ese es un delincuente”, le balbució al oído. 

—Hijo, cierra la boca. No hables así de un desconocido.

No comenzó de la mejor forma la relación entre Jesús y mi sobrino. Dicen que los niños siempre dicen la verdad. Me guste a mí o no, el paso del tiempo le dio la razón.

No conozco, ni quise conocer su actividad en su empresa.

Vivía tranquila sin saber. Nada mejor que no saber.

Esa es la ventaja del ignorante.

Quizás hoy, hubiera intentado sacarlo del entorno en el que se movía y de los negocios que generaba. Pero claro, como dice un viejo refrán, “con el diario leído, las decisiones son fáciles”, pero ya no pueden cambiarse.

Hoy sé que aquella empresa era mucho más que una empresa dedicada al alquiler de cajas de seguridad. 

Dicen que Jesús se suicidó. No lo creo. Estuve el domingo a la noche con él. Estaba incómoda, intuía que algo no andaba bien, pero intenté no demostrárselo. Lo sentí nervioso. El lunes no tuve noticias. Parte de nuestros códigos de pareja era no hablarnos todos los días.

El martes 15, por la mañana, tampoco pude comunicarme. Regresaba de estar unas horas en Lisboa, de la presentación de mi última colección, que trata acerca del sexo en la nueva generación de millennials

No quería hacerlo, pero igualmente llamé a casa de sus padres.

Nada sabían. 

Aprendí que la desgracia derriba las diferencias. Pese a ellas, estábamos unidos. 

Ante la ausencia de comunicación desde el lunes 14, solicitamos junto a ellos, a la Policía Autonómica, su búsqueda por desaparición de persona.

Inmediatamente pusieron mucho personal a buscarlo. No preguntaron mucho. Conocían perfectamente sus actividades. 

En mi intimidad estaba segura de que algo malo le había ocurrido. Pese a ser atea, rogué a Dios por él.

Y así sucedió. La policía lo encontró a orillas del Guadalquivir, donde más de una vez nos amamos.

El 17 de enero de 2013 fue encontrado sin vida dentro de su auto.

Me pregunto, ¿cómo murió Jesús? 

Me dicen que la causa de su muerte, según la autopsia, fue “inhalación de monóxido de carbono”. También había rastros de combustible en su cuerpo y de alprazolam. “Me dicen”, porque nunca tuve acceso a información oficial sobre su muerte. La familia me negó sistemáticamente la lectura de los informes.

Según la investigación llevada a cabo por la justicia, la principal hipótesis indica que Jesús se quitó la vida, posiblemente agobiado por sus problemas. 

¿Quién puede creer que él habría tapado el caño de escape?

Sólo quienes necesitan creerlo.

Yo estaba convencida de que alguien lo había hecho por él.

Pero todo era muy extraño. Claramente, tampoco era un mensaje mafioso. Un mafioso hubiera esparcido su cuerpo y apenas quedarían rastros, para que todos lo vieran y sintieran las consecuencias de “sacar los pies del plato”. 

La investigación resaltó que en el historial de la computadora personal de Jesús se encontraron archivos en los que se leía “cómo suicidarse inhalando combustible”. También existen filmaciones en las que Jesús aparece, la noche en que murió, comprando un bidón en una estación de servicio CEPSA ubicada en la Ruta A-4. 

Yo digo que Jesús no tenía rasgos de depresión. ¿Estaba preocupado? Sin dudas. Lejos estoy de ser sicóloga o siquiatra, pero lo conocía más que nadie. Depresivo no era. Era un entusiasta.

Lo siento en mi alma. No pudo haberse suicidado.

Unos días antes, me mandó una bella carta de amor con un archivo Word adjunto. Recuerdo cada una de sus palabras. 

—Y lleva un archivo adjunto que no quiero que leas hasta que yo te avise.

Sabía que el aviso había llegado. De la peor manera. Con su muerte.

Abrí el archivo y en él me pedía que, si algo le pasaba, le hiciera llegar una copia a un fiscal de turno, y a una de su confianza. Lloré hasta el cansancio. Debí haberme dado cuenta de que estaba en peligro.

Y continuaba. Me pedía perdón por la vida que había llevado, y dejó un mensaje para sus hijos: les suplicaba el perdón y les decía que los amaba. 

Pero nunca tuve la oportunidad de hacerlo. Para su familia, mi historia de vida y yo, no éramos dignos de él. 

La familia empezó a mirarme como si no supieran de las actividades de Jesús.

Como si yo fuera culpable de todo lo que le ocurrió a Jesús.  

Era un excelente padre. Poco conocí a sus dos hijos mayores, pero me relacioné mucho con su pequeña Toyah. Alguna vez me contó que el nombre era de origen escandinavo y significaba “juguete”.

Toyah es una muñeca. Su muñeca. Nuestra muñeca. 

Amo a esa niña como si fuera mi propia hija. Cada fin de semana que pasaba junto a Jesús, nos convertíamos en una verdadera familia de tres. La calesita, el cine y los títeres eran las actividades preferidas de Toyah. Pero nada más divertido que cocinar un rico flan de huevos o unos tallarines caseros, para terminar tapados de harina. De la cocina, directo a pegarse un buen baño y luego a dormir.

—Antonia, ¿me ayudas a maquillarme?

—Te ayudo, si tú me maquillas a mí.

— ¿Dónde están tus pinturas?

—Ven conmigo, están en el baño. Primero nos lavaremos bien nuestras caras. Te llevaré al lugar ideal para maquillarnos.

Nos sentábamos frente al espejo del vestidor y empezábamos.

Primero una fina base con una pequeña brocha. Después colorete en polvo para los pómulos. Un buen rizado en las pestañas y, por último, lápiz labial color rosado. 

Invariablemente ella quedaba hecha una bella princesa y yo una bella “payasa”. Jesús reía a carcajadas de verme y se le “caía la baba” viendo a su muñeca. 

La recuerdo y un ataque de llanto me invade. 

Por mis “supuestas culpas”, nunca más me permitieron acercarme a ella. En realidad, nunca más me acerqué a ningún miembro de la familia y si lo hacía, sólo conseguía reproches.

Nada entendí aquella tarde. 

Sus negocios no andaban bien, hasta su salud había empeorado, Yo suponía que algo había sucedido en ese fin de semana con aquella famosa, de la que nunca quise saber ni su nombre; era poderosa y con capacidad económica para salvar la empresa.

Jesús era un emprendedor por naturaleza. 

Era vicepresidente de la empresa.  

Poco iba a LGC, como si hubiera delegado sus tareas en alguien de confianza. Dinero no faltaba. Viajamos mucho en estos últimos dos años. Miami era nuestro destino preferido.

Los diarios informaban el día lunes 14 que LGC había cerrado sus puertas, sus clientes sólo podían acceder a las cajas de seguridad y los depositantes estaban irritados y se agolpaban a las puertas del Nuevocor Argentavis. Todos indignados.

Los diarios de aquel martes no tenían piedad en sus títulos: 

EMPRESA PIONERA CIERRA SUS PUERTAS Y DEJA MILES DE ESTAFADOS

LGC ERA SÓLO UNA GRAN MÁSCARA

CERRÓ LGC Y NO APARECEN SUS DUEÑOS

LGC SUFRE UNA GRAN CRISIS

AÚN LA JUSTICIA NO TOMA CARTAS EN EL ESCÁNDALO DE LGC

Las fotos en los medios de comunicación mostraban gente muy enojada, martillos en mano, tratando de recuperar sus pertenencias, dineros, alhajas. La Policía Autonómica custodiaba las instalaciones de LGC. 

La policía forense había entregado el cuerpo de Jesús a su familia la noche del viernes 18, luego de practicarle la autopsia correspondiente.

Ese viernes, me tocó ir a su apartamento para elegir, llorando y aún medio perdida, la ropa con la que finalmente fue enterrado. 

Entré aterrada y me atacó un vacío inexplicable. Sólo mi hermano y una amiga me acompañaron. 

No sabían qué decir. 

Yo nada quería escuchar.

Subí a su habitación. Desordenada, como siempre. Tomé una camisa blanca, un pantalón de jean, un par de medias blancas y un corbatín negro. Luego, unos zapatos. Con una seña mi hermano me pidió que los dejara. 

—Los muertos no se entierran con zapatos. 

—Sí. Ya entendí.

Nadie de la familia. 

Habría que preguntarles, ¿por qué no estaban eligiendo junto a mí su ropa? Si me aborrecían, ¿por qué era yo la elegida para esta tarea?

¿Por qué ninguno me acompañó? ¿Tan ocupados estaban?

¿Les daba vergüenza que la noticia estuviera en todos los medios de comunicación?

Aunque no debería ser tan dura con ellos. Quizá sólo lloraban.

Apenas dormí aquella noche de viernes. Un miligramo de somnífero no fue suficiente.

Temprano, el sábado 19, desperté llorando a los gritos. Un ataque de llanto del que no podía salir.

Me di una ducha y pude recomponerme. No sabía cómo vestirme. El protocolo indicaba ropa negra, que tapara todo lo posible.

Decidí seguir siendo yo misma. Un jean con algunos agujeros y una camisa blanca. Zapatos de medio taco. Sólo me incliné ante el protocolo, prendiéndome el tercer botón de la camisa. Como para que las tetas no se vieran. Siempre me resultó excitante observar el comportamiento de los hombres y mujeres en un velorio. Es toda una experiencia. Miran como si las mujeres estuviéramos en una pileta de natación. Nos desnudan haciéndose los idiotas. Y después arrancan, café de por medio, con los comentarios sobre nosotras, el fútbol y los chistes, en ese orden. Ellas, vestidas de largo, observando a los mirones de reojo. Una estupidez. Un comportamiento digno de un estudio sociológico. 

Comenzó el velorio, en la funeraria Ruiz Corona, de calle Arfe. 

La prensa en la puerta, con sus cámaras listas para disparar. Periodistas de todos los medios locales y de otros que jamás había visto. 

Me tapé la cabeza como pude, con un saquito que llevaba conmigo. Bajé del auto. Entré llorando. No podía contenerme. Directo a la sala en la que se encontraba el féretro. 

Un ataúd lujoso, con manijas de bronce y su nombre grabado a ambos lados. 

La sala tapada de coronas, arreglos florales, cruces de rosas rojas, claveles y calas. Todo muy lindo. Un montón de dinero que tarde o temprano iría a parar a la basura. 

Todo un disfraz de la mentira. Sólo olía a muerte, mentira y tristeza.

Allí estaba él, tapado hasta el cuello, blanco y opaco como la tiza, con la camisa y corbata que yo misma había elegido, aquellas que tenía la última noche que nos vimos. 

Muy cerca, sus padres y sus hijos. Su pequeña Toyah, ausente, a resguardo de semejante espectáculo.

Mal me miraron. Me saludaron con pocas ganas, por compromiso. Siendo yo apenas la novia, parecía que no podía competir, con su exesposa. Menos aún con sus hijos. Hubiera preferido ausentarme, aunque no podía hacerlo.

Fue mucha gente. Mucha gente que conocía y quería a Jesús.

Allí estaban, cerca del cajón, el gordo Carlos, el Armero, Bichino, Paco y Enrique. Un poco más lejos, Mario y Miguel. Sus verdaderos amigos.  

Pasé por delante de sus socios y algunos de los empleados. Podría jurar que a Otoniel, Rodríguez, Hércules y José les temblaban las piernas. Creo que se vieron acostados en el mismo cementerio que Jesús. Si había sido asesinado, ellos podían ser los próximos. Quizás se lo merecían.

El resto de los presentes poco valían. Venían a poner la cara.

De pronto tuve que detenerme. Escuché alaridos. Vi forcejeos. Sergio, el “Armero” junto a Carlos y Bichino se tiraron encima de los socios de Jesús.

Sergio empezó a gritar, con los puños cerrados, ciego de bronca.

— ¿Así que tu nombre es Hércules? ¡Te voy a cortar no sólo el pelo sino también las pelotas, maldito infeliz!

Se sumaron Carlos y Bichino quienes se encargaron de neutralizar a José, que intentó defender a Hércules.

Los dos restantes, Paco y Mario, habían tomado por la espalda a Fermín.

Miguel y Enrique intentaban poner un poco de orden y detenerlos.

Los padres de Jesús me miraron perplejos. No entendían lo que estaba sucediendo.

Bramé: 

— ¡Basta!

Ante mi grito, todo se congeló.

—¡Terminen! O creen que Jesús les hubiera agradecido su proceder. ¡Quiero un funeral en paz! ¡Merece ser despedido con dignidad!

Como en cámara lenta, soltaron a Hércules y a Fermín, y cada uno volvió a su lugar. 

Uno a uno me abrazó, lloraron, me besaron y me pidieron disculpas. Amigos de verdad. Ninguno de sus exsocios se acercó a mí.

Bichino se arrimó a Sergio y al oído se encargó de corregir su error.

—¡Sergio, al que le cortan el pelo y pierde su fuerza es a Sansón!

Rieron en voz baja. De todas maneras, la tensión quedó flotando.  

Además, advertí muchas ausencias. 

Aún me pregunto por qué tantas ausencias, notorias ausencias. Miembros de la familia ausentes. Amigos ausentes. Clientes de LGC, ausentes.

¿No querían dejarse ver? 

¿Tenían mucho que esconder?

¿O temían a la prensa? 

¿O eran una sarta de cobardes?

Lo miré unos minutos. No era el Jesús que yo conocía. Una máscara sin nada por dentro. Sin vida. Sin alma.

A las 11.45 de ese maldito sábado, sonó mi celular.

Apenas había podido llorarlo unos minutos.

—Sra. Antonia, soy el subjefe de la División de Investigaciones de Homicidios, Comisario Manuel Baeza de la Policía Autonómica, dependiente de la circunscripción de Andalucía. Mucho lamento su pérdida. Hemos iniciado la investigación de la muerte del Sr. Jesús Suárez, por lo que le solicito su presencia inmediatamente a declarar. ¿La esperamos o mando un patrullero a buscarla?

Empecé a temblar, no porque hubiera hecho algo, sino porque la palabra homicidio me daba escalofríos. Su voz fue tajante. 

—Me da unos minutos por favor, acabo de ingresar a su velorio. Necesito estar aquí, acompañándolo.

—Lo sé. Me imagino por lo que está pasando, pero lamentablemente no puedo esperar. La investigación ha comenzado y se requiere de su presencia lo antes posible. Usted elige. ¿Prefiere que envíe una patrulla?

Hablé con mi hermano y decidió llevarme.

—En minutos estaré por la Central de Policía. ¿Allí debo ir?

—Así es. La esperamos.

Entré a la Central temblando, llorando, del brazo de mi hermano. Una vez frente al comisario Baeza me explicó que, como es costumbre en estos casos de “muerte de etiología dudosa”, los primeros sospechosos en ser indagados son los integrantes de su familia y entorno habitual, pero que de nada debía preocuparme. Era de rutina. Durante la noche habían descartado a los miembros de la familia. 

La participación de Jesús en LGC acentuaba la sospecha de un homicidio.

Lo que en principio debía ser un trámite, terminó siendo un calvario. 

Estuve al borde de ser metida en un calabozo.

El subjefe de homicidios, de manera informal, comenzó a interrogarme. Preguntas, muchas preguntas, una y otra vez las mismas preguntas. Una y otra vez las mismas respuestas.

¿Qué hizo durante las últimas 24 horas? La primera pregunta de aquel comisario, de buenos, pero firmes modales. 

Mientras lagrimeaba, “no recuerdo”, contesté. La peor de las respuestas: “No recuerdo bien, estoy confundida”. Otra pésima respuesta.

El hombre cambió su semblante y con voz apenas por debajo de un grito me advirtió: 

—Si no contesta la verdad y sólo la verdad, tendrá problemas. Un calabozo la espera con las puertas abiertas. Usted es la primera en nuestra lista de sospechosos. “Cante” todo lo que recuerde.

Callé unos segundos, tomé aire y por fin pude empezar a “cantar”, como le dicen en la jerga policial. Debía demostrar que nada sabía de lo que a Jesús le había ocurrido, en los últimos días.

Ni una palabra dije sobre el mail. 

Habían pasado tres horas de charla con mi “amigo” el comisario y de repente salió de la sala para atender su celular.

Al minuto siguiente, me informó que la fiscal actuante, Dra. Guillermina Gálvez, venía camino a tomarme declaración indagatoria en carácter de testigo. 

Con el tiempo me enteré de que un testigo carece de la oportunidad de mentir, pero que un imputado, puede callar, puede mentir y hasta cambiar su declaración. Nada de ello implica un delito. Al testigo que miente o calla, lo imputan de falso testimonio, pero ya es tarde, ya cometió el delito. 

Poco me importaba, yo diría sólo mi verdad.

La fiscal Gálvez, siempre va impecablemente vestida, es una mujer que jamás esboza una sonrisa, pelo lacio negro azabache, de bellos ojos azules transparentes, de mirada penetrante e intimidante. Daba miedo sólo encontrarse con sus ojos. Venía acompañada de su secretaria, la abogada Isabel y una psicóloga. A ellos se sumaron el jefe de homicidios y el comisario de turno. Le estaba vedado el ingreso a mi abogado.

Todos contra mí. Me sentía una hormiga.

Yo sola. 

Sola en cuerpo y alma.

Temblando. 

Llorando. 

Perdida. 

Fuera del mundo. 

Eran ya las siete de la tarde cuando por fin creyeron en todas las actividades que había realizado en los últimos tres días. La secretaria Isabel tomó nota de cada uno de los detalles, mientras elaboraba un acta. 

Pero, cuando todo parecía terminar, empezó lo peor. Comenzaron a indagar acerca del contendido del mail que Jesús me había enviado antes de su muerte.

Yo no comprendía cómo se habían enterado. Supuse que de fiscal a fiscal no habría secretos.  


Había intentado no comentar una palabra sobre el mail. Pero fue inútil y me pareció que carecía de sentido seguir intentando esconderlo. Sufriría las consecuencias. 

“Un calabozo la espera” rebotaba en mi cabeza.

A las nueve de la noche mi hermano, que excepcionalmente había sido autorizado a hablar conmigo, me convenció de que debía contar todo lo que sabía de aquel correo electrónico o definitivamente terminaría presa. En sucesivas oportunidades, mi hermano detuvo a la fiscal en el pasillo, queriendo saber qué pasaba conmigo. La fiscal hablaba poco y claro. Se lo había advertido. 

—O habla o la encierro. Y si usted vuelve a cruzarse a mi paso, también lo encierro por obstrucción de la justicia. 

No permitían que mi hermano ingresara, ni abogado alguno. Era testigo en la causa de la muerte de Jesús, por lo que sólo tenía obligación de decir la verdad y ni siquiera podía callar.

Por fin lo comprendí. 

Les preocupaba la muerte de Jesús. 

Pero tanto como su muerte, les interesaba conocer el contenido de aquel mail, los supuestos nombres que figuraban y las actividades posiblemente dolosas que los supuestos nombrados podrían haber cometido. 

No podía leerles la mente a mis interrogadores, pero estoy casi segura de que les interesaba tanto la muerte de Jesús como la supuesta lista de políticos, empresarios, sindicalistas que, imaginaban, estaba en el archivo adjunto del mail. 

Nada de eso existía. Pero no lo sabían.

Entré a las doce del mediodía del 19 de enero. Salí de la Central de la Autonómica, diez minutos antes de las doce de la noche.

Un día antes, a las diez de la mañana del viernes 18, una vez conocida la muerte de Jesús, hice lo que me pedía en el email. Sabía que el momento había llegado, junto con la noticia de su muerte.

Abrí el archivo, imprimí dos copias, con apenas dos líneas escritas, las doblé, y las metí en sendos sobres de papel blanco que pegué con mis lágrimas.

Tenía mucha curiosidad, pero cuando lo leí, un intenso frío me corrió por las venas. No lo podía creer. 

Sin pensar en las consecuencias, me dirigí a tribunales federales. 

Solicité audiencia con un fiscal de turno, quien me atendió inmediatamente en su propio despacho. Le entregué el sobre que había preparado con la impresión de aquel mail. Me consultó si quería hacer una declaración, a lo que respondí negativamente. Llamó a su secretario para que atestiguara de lo que haría. Abrió el sobre cuidadosamente, con calma, y luego de sentarse detrás de su escritorio leyó el contenido. 

—Apenas una frase —dijo el fiscal—. Si lo que aquí dice, fuera cierto, cosa que aún debo investigar, lamento informarle, que puede que usted esté en peligro de muerte.

Inmediatamente me ofreció custodia policial, que rechacé, pese a los esfuerzos del fiscal por convencerme. Ante mi negativa me proporcionó su número de celular personal y me advirtió que no dudara en llamarlo en cualquier momento, ante la menor sospecha.

Yo aterrorizada. Me temblaban las piernas. 

La misma noche de la muerte de Jesús, la fiscal actuante se enteró, por intermedio de la prima de Jesús, allí a la orilla del Guadalquivir, en la escena del crimen, de la existencia de aquel email. Nunca supe cómo obtuvo esa información. Tampoco quise saberlo.

Y me sentí una verdadera estúpida. Pensar que había supuesto que el fiscal federal me había traicionado.

Esa información que la fiscal poseía, casi termina con mi libertad.

Una hora más tarde, mi hermano junto a un policía, visitaban mi departamento, retiraban mi notebook, la que le fue entregada a la fiscal Gálvez en forma voluntaria, mientras su secretaria tomaba nota en el acta.

El mail desató la investigación de la fiscal Gálvez, ya que el fiscal federal, días después se apartó, porque no era su jurisdicción. La investigación de la muerte de Jesús correspondía al fiscal local de turno.

La fiscal Gálvez había logrado su objetivo. Tenía lo que buscaba. 

El archivo adjunto al mail decía:

SEÑORA FISCAL GÁLVEZ 

LOS MINUTOS VALEN ORO. MIS SOCIOS SE ROBARON TODO. POR FAVOR ENCUENTRE LA “CAJA NEGRA”. ES LA CLAVE DE LOS NEGOCIOS DE LGC. ESPERO QUE DIOS LA ILUMINE Y LA AYUDE.

JESÚS SUÁREZ

En mi estado de nervios ni siquiera había advertido que la fiscal Gálvez, a quien tuve delante durante doce horas, era la fiscal en la que confiaba Jesús.

Así terminó aquella maldita noche. Con la fiscal sorprendida de la escasa información que Jesús había decidido entregar antes de desaparecer. Sólo una pista de lo que había ocurrido con LGC.

Tiempo después supe y me sorprendió que bastó un oficio a Google-Gmail, para obtener una copia del correo y garantizar su procedencia desde la cuenta de Jesús.

Por segunda vez un fiscal se dirigía a mí, con la misma advertencia: 

—Sra. Antonia, si fuera homicidio la causa de la muerte de Jesús, usted podría ser el próximo blanco de los mismos asesinos. Aquí tiene mi tarjeta con mi celular. Me llama cuando lo crea necesario. Desde esta misma noche habrá un custodio policial, las 24 horas, en la puerta de su domicilio.

—Sra. fiscal, no quiero custodia de ningún tipo.

—Su seguridad ahora es mi responsabilidad. Tendrá custodia o si prefiere, la encierro. Necesito mantener su integridad. No quiero otro muerto en mi jurisdicción.

 

Después de doce horas en la División de Homicidios, mi hermano me llevó a casa de mi madre y comencé a vivir una nueva vida, un nuevo infierno.

Un infierno de soledad y desprecio.

Capítulo 6 – Mi autopsia

La mía es una muerte caratulada como “muerte de etiología dudosa”. 

Mi autopsia, por ello, no requirió la autorización de mi familia. La fiscal interviniente la ordenó, con el fin de averiguar con certeza la causa de mi deceso. Prima facie, la mía parecía una muerte violenta.

Mucho aprendí aquella tarde de viernes.

Por ejemplo, que en una autopsia el sujeto obviamente muere sólo una vez. Sin embargo, la escena “es asesinada” tantas veces como es manipulada. A investigadores inescrupulosos, escenas manipuladas. 

En una escena del crimen, se puede encontrar lo que un profesional forense desea y no encontrar lo que está a la vista. Depende de los intereses del investigador, de su profesionalismo y honradez.

El Dr. Edmond Locard reconocido criminalista de origen francés, dijo que el “tiempo que transcurre desde el momento cero, es decir desde la muerte, hasta el momento en que se realiza la autopsia, es la verdad que huye y jamás se recupera”. A más tiempo transcurrido, menos probabilidades de encontrar la verdad. También dijo que, para un criminal, resulta imposible no dejar huellas que permitan identificarlo. 

Una autopsia se realiza sólo en caso muerte dudosa y comienza en el lugar en el que se halló el cadáver, y se realiza generalmente a pedido de los familiares, o cuando se trata de una “muerte de etiología dudosa”.

Ese era mi caso.  

No parecía un mensaje mafioso. Los mensajes mafiosos son muy sencillos. Una alternativa es morir arrodillado, atado y con un balazo en el medio de la frente, o destrozado. La otra es, “vamos por tu familia”.

Nunca matan al deudor, no pagaría sus compromisos. 

De todas maneras, yo estaba sentenciado. Me gané el odio de todos mis clientes, amigos y enemigos. 

El doctor Álvarez Guzmán, médico forense con muchos años en la profesión, llegó a la escena del crimen. Eran las 23.45 del jueves 17 de enero. Dio una primera ronda a mi auto. Observó y fotografió el estado y la posición del auto y de mi cuerpo. No hablaba, sólo observaba con suma atención. 

Llovía. Hacía días que no paraba de llover.

Se detuvo y comenzó a grabar a viva voz. “La policía me informa que, ante la duda y la posibilidad de que quien estuviera en el vehículo encontrado, estuviera con vida, ingresó al mismo por la puerta delantera izquierda a los fines de tomar sus signos vitales. Siendo el resultado negativo, los uniformados, procedieron a cerrar nuevamente el automóvil y esperar a quien habla. Siendo las 23.55 del jueves 17 de enero de 2013, procedo a abrir la puerta derecha de un automóvil marca FIAT GRAND SIENA chapa patente RE NUB 748, color beige. Emana olor, a lo que estimo, es algún combustible. Procedo a tomar los signos vitales y confirmo la muerte de quien podría ser el Sr. Jesús Williams Emerico Suárez. Tal como lo indica el protocolo, su identidad será ratificada mediante sus huellas dactilares. El cadáver dentro del habitáculo, se encuentra en el lugar del conductor, en posición sentado, torso apoyado en la puerta izquierda del vehículo, con cinturón de seguridad colocado, vestido con bermudas color marrón, zapatillas Nike color naranja de las que asoman sus medias, camisa mangas cortas a cuadros Lacoste color beige. En su indumentaria se observan manchas, como gotas de agua, que estimo fueron producidas por el personal policial que actuó previamente. No hay signos de que el cuerpo fuera movido, lo que será verificado en la morgue mediante la observación de las manchas marmóreas. A simple vista el examen traumatológico no indica lesiones o heridas. No se ven heridas punzantes, cortantes, de arma de fuego, ni por explosión. Tampoco se observa rastro alguno de sangre”.

Le solicitó a su asistente que revisara mi lividez cadavérica, es decir el color de mi piel, la rigidez de mi cuerpo, que se verifica cuando comienza la putrefacción, a las tres horas de la muerte, y la temperatura de mi cuerpo, ya que el enfriamiento de mi cuerpo le indicaría la hora de mi deceso. La temperatura baja aproximadamente a razón de medio grado cada hora, después de la muerte. 

“33,5 grados”, dijo el asistente, mientras seguía grabando. “Hora aproximada de muerte del occiso, 21.15 horas del 17 de enero de 2013, labios color morado, piel color rojo cereza, rigidez normal. Procedo a retirar del occiso, pelos, fibras y un bidón sin tapa con aproximadamente tres centímetros de un líquido color azul, probablemente combustible, un blíster de alprazolam de diez unidades, de 0,5 miligramos, conteniendo cinco grageas y el GPS del automóvil. Procedo a retirar seguidamente el contenido de la gaveta donde encuentro un juego de llaves, una hoja de papel con una redacción manuscrita en su frente y dorso dentro de un folio plástico, un birome tipo bic, un manual de uso del automóvil, una billetera de cuero. Todo se coloca en bolsas de evidencia”.

Y sigue: “Siendo las 2.30 horas del 18 de enero de 2013, yo doctor Álvarez Guzmán autorizo y ordeno el traslado del occiso hacia la morgue judicial sita en el Hospital General de la ciudad de Córdoba, en calle Menéndez Pidal sin número, previa preparación del cuerpo a esos fines y colocación del mismo en bolsa cadavérica”. 

Bajo la mirada atenta del Dr. Álvarez Guzmán, fui introducido en la ambulancia.

A muy escasa velocidad, me llevaron hasta el nosocomio.

Minutos después estoy sobre la fría mesa de acero inoxidable de la morgue, aún vestido, dentro de la bolsa. 

No siento nada. No siento miedo. Sólo la oscuridad que me rodea.

El Dr. Álvarez con voz firme y con autoridad, solicita a su asistente que inicie la grabación y filmado de mi autopsia. Comienza exponiendo a viva voz quienes se encuentran presentes: sus tres asistentes, el perito y la abogada de parte designados por mi familia. Nombra por su nombre y apellido a cada uno de los presentes, incluyéndose.

Me retiran la bolsa cadavérica y me desvisten muy cuidadosamente. A viva voz el Dr. Álvarez, deja constancia de que la ropa del occiso se encuentra impregnada de vómito. Acto seguido sus asistentes comienzan a realizar el hisopado de distintas partes de mi cuerpo. Boca, nariz, ano, orejas, manos, material debajo de mis uñas. Puede que ellas tengan algún elemento transferido, del posible asesino o de la policía. Es una de las hipótesis. Todo se envía al laboratorio, junto con las muestras tomadas a la vera del Guadalquivir. Me toman muestras para análisis toxicológico e inmunohematológico, grupo, factor y ADN.

Estoy desnudo, siento pudor ante tanta gente. Comienzan la descripción externa de mi cuerpo. Caucásico, estatura 1,71 metros, 76 kilogramos de peso, pelo corto y oscuro, contextura más bien pequeña, buen estado atlético, ojos color marrón claro. El tatuaje a la izquierda de mi cuello, el símbolo de la flor de Lis, reconocido por la abogada, le permitió aseverar que se trataba de mí. Igualmente, el forense le advirtió que esperaría la identificación policial mediante mis huellas dactilares.

Comienzan con lo que denominan el “tiempo craneal”. Me afeitan la cabeza, muy despacio, con cautela. Estoy muerto, pero no quieren lastimarme. Con algo parecido a una sierra, me retiran lo que denominan la “calota craneal”, es decir la “tapa de la cabeza”. Mi corazón se detuvo y ha dejado de bombear, pero brota sangre de cada uno de los cortes que me realizan. Me “miran” el cerebro. Buscan y no encuentran indicios de un accidente cerebro vascular o embolia cerebral. Nada encuentran. 

Con la misma herramienta me cortan el “pecho” y me retiran las vísceras, sacan muestras de cada una de ellas. Orina, contenido gástrico y una muestra de humor vítreo de los ojos, todo con el fin de realizarle los correspondientes análisis toxicológicos y de anatomía patológica. Así sabrán si estaba drogado o padecía alguna enfermedad, al momento de mi deceso.

El Dr. Álvarez seguía grabando a viva voz y ante las cámaras: “Confirmo que atento a la ubicación de las manchas marmóreas en nalgas, antebrazo y codo izquierdo, el cuerpo no había sido movido. Fue encontrado en la posición que murió”.

Me toman las huellas digitales mediante un lector electrónico, a los fines de que la Policía Autonómica, ratifique o rectifique mi identificación.

Intercambian hipótesis y opiniones entre el jefe forense y ayudantes, acerca de si morí por inhalación de monóxido de carbono o si bebí combustible. 

No lo saben. Dialogan de manera hipotética. Les llama la atención el sangrado y que los pulmones se vean edematosos.

Ya casi no tienen dudas, pero no adelantan opinión.

Pero sospechan. No es común que una persona se suicide con monóxido y menos aun inhalando combustible, habiendo otros métodos más rápidos y menos cruentos.

Mientras se tramitaba mi autopsia, otro equipo forense analizaba el GPS del Fiat, las llamadas entrantes y salientes de mi teléfono y se encargaban del auto. 

El vehículo fue removido y trasladado a accidentología vial apenas horas después de que me encontraran con el fin de resguardar la prueba en el lugar, y luego de que todos los peritos hubieran hecho su trabajo. Encuentran el caño de escape tapado con un pedazo de paño de casi un metro de largo.

“Estaba lloviendo y había barro”, fue la descripción oficial. Difícil resguardar la escena en las condiciones climáticas imperantes. Se defendieron.

Finalizó por fin el proceso, mi cadáver es cerrado nuevamente, lo limpian con extremo cuidado.

El Dr. Álvarez expone que siendo las 21 horas del día viernes 18 de enero de 2013, da por finalizada la autopsia, con la conformidad de todos los participantes, del cuerpo del Sr. Jesús Williams Emerico Suárez, y habiendo confirmado su identidad, firmando el acta correspondiente y entregando el cuerpo para su sepelio a los representantes presentes de la familia. “Se estiman cinco días hábiles para la entrega a la fiscalía del informe de la presente autopsia. Firma a mi lado el perito de parte de la familia del deudo y hago entrega del cadáver. Se emite el certificado de defunción correspondiente, a los fines de la inhumación.

Prohíbo en forma preventiva, la cremación del cuerpo.

Sugiero a la señora fiscal interviniente que, existiendo la posibilidad de estar ante un suicidio, complemente la presente con una autopsia psicológica del occiso con el fin de determinar si tuviera inclinación suicida”. 

Piden la autopsia psicológica porque tienen dudas. 

No saben si me suicidé o fui asesinado. Quieren saber si mi personalidad me empujó o me empujaron a la muerte, si tenía pensamientos suicidas o auto agresivos, si hablé del tema con alguien, si intenté suicidarme antes. Lo llaman estudio “indirecto” de la conducta.

La fiscal, mientras tanto, nada descartaba: quizás homicidio, quizás suicidio o quizás accidente. Desde la policía, dicen que me suicidé. Las cartas que dejé a mis hijos, avalan esta idea. 


Inmediatamente la fiscal adhirió al pedido del médico legista y facilitó a los peritos designados todos los elementos que tenía a su alcance: el expediente de la investigación, mi notebook, las cartas que dejé en el auto. Interrogaron a casi todos quienes hablaron conmigo en los últimos quince días, mi novia, amigos, hermanos, socios, exesposa, mis hijos. 

Todos coincidieron. 

No había elemento alguno de mi personalidad que pudiera siquiera hacer pensar en un suicidio. Sin embargo, los peritos hicieron hincapié en que habían encontrado en el historial del buscador de mi notebook, averiguaciones acerca de “cómo morir mediante la inhalación de monóxido y combustible”. Y las cartas dirigidas a mis hijos, de mi puño y letra. 

A ellos sólo palabras de amor y perdón.

Eso los convenció. O prefirieron convencerse.



La fiscalía señalaba que se logró avanzar de manera firme en las actividades que realicé antes de llegar al lugar en el que fui hallado.

Ayudó el GPS. Por donde pasé, dejé una marca, como quien va dejando rastros, en un sendero para no perderse.

La fiscalía pudo reconstruir los momentos previos y lugares que visité. Todo ayudaría a rearmar lo que había ocurrido. 

Mostraba el camino que había seguido, algunas de mis actividades, como comprar un bidón, y mi último viaje.

El ritmo de la investigación era acelerado y sin pausa, porque querían asegurar toda la prueba cuanto antes. Conocido es que a medida que el tiempo pasa, las pruebas y rastros se difuminan, desaparecen o se las roban.

De todas maneras, temo que con mi caso ocurra lo mismo que con aquella mujer de cuya muerte aún no se sabe nada, acaecida el 25 de noviembre de 2006. Recuerdo que sucedió en Quinto, en la Provincia de Zaragoza y paradójicamente, si bien fue encontrada al día siguiente, aquella mujer, madre y esposa fue asesinada el Día Internacional de la Violencia contra la Mujer. 

Una verdadera ironía.

INFORME DE AUTOPSIA

De los informes recibidos del laboratorio y las pruebas realizadas sobre el cadáver de don Jesús Williams Emerico Suárez no surgen lesiones producidas por golpes, armas, heridas de arma blanca, pero sí determinan la presencia de monóxido de carbono en el flujo sanguíneo.  Por ello, puedo afirmar que su deceso se produjo por inhalación de monóxido de carbono, lo que le produjo, además, crudas heridas en las vías respiratorias. También puedo afirmar que se encontró resto de fármaco derivado de la benzodiacepina, suficiente como para provocar una pérdida de conciencia. Dejo constancia que, habiendo recibido el informe correspondiente al cuerpo de Bomberos del Ayuntamiento de Córdoba, se ha podido determinar la falla que permitió el ingreso del monóxido de carbono al habitáculo del vehículo, habiendo ingresado al mismo por las troneras del sistema de distribución de aire acondicionado/calefacción. Dicha falla se produjo debido al taponamiento del caño de escape de gases del automóvil, en el que se encontró al occiso, mediante un paño de aproximadamente un metro de largo. Dado el estado de dicho paño, resultó imposible determinar al autor del taponamiento. Dejamos asentado en autos, que el taponamiento pudo haberlo realizado el occiso, o un tercero.

Dr. Álvarez Guzmán. Médico Forense. MP 4850.


El informe de la autopsia fue simple y conciso. 

La autopsia psicológica fue tan contundente como la de mi cuerpo. Se supone que un dictamen en este sentido debe describir el estado emocional de la persona en cuestión, previo a su muerte y en mi caso si tenía o no, algún comportamiento pre suicida. Tienen dudas. No saben si me suicidé o fui asesinado. Quieren saber si mi personalidad me empujó, o me empujaron a la muerte, si tenía pensamientos suicidas o auto agresivos, si hablé del tema con alguien, o si intenté suicidarme en el pasado. 

El informe de la autopsia psicológica presentado a la fiscalía de la Dra. Gálvez fue el siguiente: 

Teniendo en cuenta las pericias realizadas a las personas de su entorno, las que son citadas en el anexo del presente y la pericia realizada a la computadora personal comúnmente denominada “notebook”, de don Jesús Williams Emerico Suárez y que nos facilitara la fiscalía actuante, puedo afirmar que si bien su conducta ante el resto de las personas definitivamente dista de ser una conducta pre suicida, sí puedo afirmar que la búsqueda de métodos de suicidio, a través de la inhalación de combustible y gases tóxicos, encontradas en el historial del buscador de su computadora personal, refiere a pensamientos de muerte o al menos a un estado depresivo previo a su deceso. Como en toda autopsia psicológica no puedo afirmar que el sujeto se haya quitado la vida a sí mismo.

Dra. Ernestina Guzmán Tapia – Psiquiatra – MP 0584

Don Edmond Locard, aquél famoso criminalista, se equivocó esta vez. 

Al menos conmigo.





Capítulo 7 – La crisis del 2008

Viajé a Argentina, mi país de origen, más precisamente a Córdoba, en octubre de 2008. Allí donde nací.

— ¡Hola a todos! ¿Cómo andan? Por lo que se ve a nuestro alrededor, este bar está cada día más atractivo, rodeado de bonitas mujeres. ¿Alguna novedad? 

—Aunque no me crean, me acabo de bañar.

—Sí, claro, y yo cacé diez jabalíes ayer. Eso sí que sería una gran novedad.

—No sé para qué les cuento, si nunca me creen cuando me baño. ¿Cómo estás tú, Jesús?

— ¡Muy bien! Anoche después de mucho pensarlo, me decidí a pasar unos días de vacaciones en Argentina. Más bien de visita y a buscar algún negocio interesante.

—Entiendo lo de visitar a tu familia. ¿Pero ir a buscar un negocio a la Argentina? ¡Esos viven de crisis en crisis!

—Tienes razón, “Gordo”. Pero tienen tantas crisis en su historia, que se volvieron más capaces que gran parte del resto del mundo para adaptarse y salir adelante.

— ¿Cuándo te vas?

—El jueves que viene. 

—Deberíamos hacerte una buena despedida y unos cuantos encargos.

—Me imagino lo que necesitas. ¿Alguna Bersa?

—Así es, veo que me conoces bien.

—Ellos tienen una gran fábrica de pistolas, que funciona desde la época de Juan Domingo Perón. Incluso se dice proveían a los nazis.

—No conocía esa historia.

—Historia o leyenda, no se sabe. La fábrica está en un suburbio al que llaman Ramos Mejía. Tuve la oportunidad de andar por allí.

—Aprovecha, trae un poco de detergente para nuestro amigo abogado y una bella argentina para Carlos. Paco, hoy ausente con aviso, seguramente prefiere un libro de humor.

—Organicemos una buena paella el sábado y dada la ausencia de Paco, votemos para que sea el anfitrión.

— ¡Buena jugada!

   

La caída de Lehman Brothers Holdings Inc. que fuera fundada en 1850 en los Estados Unidos de Norteamérica, debido al derrumbe de la burbuja inmobiliaria y con 613.000 millones de dólares de deudas que jamás serán pagadas, había producido la mayor depresión económica mundial desde 1930. Habían desaparecido cientos de años de historia financiera y cientos de miles de millones de dólares. Tras Lehman Brothers, el mundo entero tiritó. 

Cientos de bancos desaparecieron y España fue alcanzada por la crisis, de manera feroz. Hasta ese momento, era muy fuerte el mercado financiero español, formado por cientos de bancos, cuyo principal negocio radicaba, en los préstamos hipotecarios y los sofisticados instrumentos financieros denominados subprime. Esto consistía en “juntar” hipotecas, y volver a venderlas a los bancos de inversión, con el fin de conseguir nuevamente dinero para volver a prestarlo. En algunos casos hasta tres hipotecas sobre el mismo inmueble. El brusco aumento de la tasa de interés y, como consecuencia, el exponencial aumento de la mora produjo la caída del principal negocio de los bancos: las hipotecas. Comenzó el derrumbe de los bancos y cientos de miles de clientes perdieron sus depósitos, se disparó el desempleo y miles de personas perdieron sus viviendas, ante la imposibilidad de hacer frente a las cuotas de los préstamos hipotecarios. Y todo esto sucedió en pocos meses.

Yo fui una víctima más de aquella crisis. Dediqué los últimos cinco años de mi vida al sector inmobiliario. Compré y vendí unos cuantos inmuebles. Hice algún dinero. Años de trabajo terminaron tirados a la basura. El sector quedó destruido. Nada para vender o comprar y los precios cayeron a la mitad, mientras los clientes debían gran parte del préstamo. Como la frutilla del postre, la vacancia de los locales comerciales y de oficinas era récord. Carecía de demanda. Nada tenía por hacer.

Como en toda crisis, hay gente que gana y gente que pierde. Me tocó perder. Terminé en la calle con algún patrimonio y amigos que ganaron mucho dinero.

Sin embargo, en idioma chino, crisis se traduce como “weiji”, palabra formada por dos ideogramas:  

“Wei” que se traduce como “peligro” y “ji” que se traduce como oportunidad: “Detrás de todo peligro hay una oportunidad”.

Estando España en serias dificultades, salí a buscar mi propia oportunidad, en el lugar en el que nací. En Córdoba, la de Argentina, la del río Suquía, la de la Cañada, la de Don Jerónimo Luis de Cabrera. Y donde papá algún contacto me había facilitado.

No sabía qué buscaba. Sólo sabía que algo tenía que encontrar. Un viejo refrán español dice que “nunca tiene razón quien no tiene dinero”, y a mí me gusta tener la razón.

Aterricé el domingo 26 de octubre de 2008. 

Muy temprano, a las siete de la tarde, estaba cenando en el hotel Sheraton donde me hospedé, sobre calle Duarte Quirós. Pedí un mapa de la ciudad. Prefiero un mapa a la app de Google. Me resultó difícil aprender el nombre de las calles. Ya no tenía memoria de mi niñez. Logré comunicarme con Carlos Rivera, amigo de papá y reconocido hombre de negocios de la ciudad. 

—Él te podría orientar, hijo. Me comentó que estaba ocupando una banca en el Concejo Deliberante de la ciudad. 

Acordamos encontrarnos en el bar El Quijote, inconfundible tasca cordobesa, sobre Av. Vélez Sarsfield, a las 11 de la mañana del lunes. Cené y a dormir.

Al día siguiente, después de un buen desayuno salí, temprano, a recorrer el centro comercial de la ciudad. Su peatonal, sus iglesias, su gente. 

Llegué a “El Quijote” unos quince minutos antes. Podría reconocerlo rápidamente. Tenía una fotografía suya. Más bien petiso, pelo canoso y largo, de unos 65 años, su cabellera daba la impresión de haberse conseguido mediante un trasplante de pelo, sus patillas enormes, tapaban gran parte de sus mejillas. 

A las 11 en punto ingresó. 

—Doctor Carlos Rivera, Jesús Suárez hijo de Pepe Suárez, para servirle.

—Hola, Jesús, gusto en conocerte. Bienvenido a nuestro país.

—Tome asiento por favor. Acompáñeme. Entiendo que usted es médico.

—No, Jesús. Soy abogado. Aquí a los abogados se nos llama “Doctor” debido a un acuerdo de los miembros del Tribunal Superior de Justicia. Le llaman acordada.

—Parece raro, pero gracias por su comentario. Tengo algunos días para ir aprendiendo usos, costumbres y vocabulario de esta bella Córdoba.

— ¿Llevas mucho tiempo sin regresar?

—Desde que partimos con toda la familia. Papá pudo hacer un par de viajes, pero yo quedaba al cuidado de mis hermanos.

—Verás una ciudad muy distinta a la que recuerdas, bella, muy bella, pero con un tránsito y un servicio urbano de transporte caóticos. ¡Camina con atención, acá nadie respeta al peatón!

— ¡Qué extraño! ¿No respetan al peatón?

— No respetan a nadie. Pero, déjame ver, ¿en qué puedo ayudarte? Y te pido disculpas, pero estoy algo apurado. ¡Tengo una sesión del Concejo en unos minutos!

— Mire, don Rivera, soy un estudioso de las finanzas y vengo a ver, si es que hay, algún negocio acorde a mis intereses. Había pensado también en ver alguna parrillada bien Argentina y llevarme alguna franquicia. Creo podría ser una buena sorpresa en la Córdoba de Andalucía. 

—Mira, tengo que irme, pero puedes visitar de mi parte al contador García en calle Rivadavia 621. No deberías irte sin observar allí, como “la guita llama la guita”.

—Disculpe, pero ¿qué significa “la guita llama la guita”?

—Primera clase de vocabulario muy nuestro: “el dinero llama al dinero”. Significa que, si tienes mucha guita, podrás hacer aún más. Poco le cuesta a mi amigo García contar acerca de su trabajo. Y si le caes bien, ni te cuento. Observa bien el negocio que han montado. Te mandaré un dato de una parrillada bien Argentina que podrías visitar en el hipermercado La Liberté. Es la mejor, y su dueño suele cerrarla al público sólo para atenderme a mí y a mis invitados. Jesús, debo retirarme. Me alegra haberte visto. García hablará contigo sin inconvenientes. Ya le avisé de tu visita.

—Gracias, Carlos. ¿Me permite una pregunta más?

—Sí, te escucho.

— ¿Qué es un contador? ¿Cuentan qué?

—Es parte de lo que debes aprender. En tu España les llaman “contables”. ¡Y saluda a tu padre de mi parte!

— ¡Ahora entiendo! ¡Gracias por todo! 

Me estrechó la mano, no sin antes hacer gala de sus relaciones en la cuidad. No a cualquiera le cierran un restaurant sólo para él, pensé.  

Caminando por calle 25 de Mayo, me encontré con las típicas franquicias de hamburguesas, casas de electrodomésticos, indumentaria y calzados y bancos, muchos bancos. Pero noté que, además de los acostumbrados bancos comerciales como el Santander, el Banco de Córdoba o el BBVA, también existían empresas no bancarias. Empresas que prestan dinero propio.

Después de andar un rato y de perderme unas cuantas veces por las calles de esta Córdoba que apenas recordaba, pasado el mediodía llegué a calle Rivadavia 621. 

La fotografié. Se llamaba “LGC” y debajo anunciaba sus actividades: LOGÍSTICA – GESTIÓN - CUSTODIA de su DINERO. 

Rápidamente despertó mi curiosidad, tal como Rivera me lo había sugerido. Entré y pregunté por el contador García. Tardó unos cuantos minutos en atenderme.

Mientras tanto, aproveché para observar su funcionamiento. Era como un banco comercial, pero no era un banco. Entonces me pregunté: ¿qué es esto? Promueven las actividades bancarias, pero no es un banco. 

Un concepto muy interesante, me dije. Interesante porque carece de los límites que imponen los Bancos Centrales. 

Mi acento español y ceceoso causó gracia y empatía a quien se presentó como el contador Luis García quien, además de destacar al amigo Rivera que teníamos en común, me comentó todas sus capacidades y estudios. Contador Público Nacional Matriculado, especializado en finanzas. Había pasado gran parte de su tiempo, trabajando para diferentes bancos locales que habían desaparecido, y otros que crisis tras crisis fueron absorbidos por bancos más importantes y locales o bancos internacionales. Me comentó incluso que sabía que ocupaba la gerencia de LGC más por su amistad con uno de los accionistas que por sus ventajas como empleado jerárquico. Pero su valor no estaba sólo en la confianza que se depositaba en él. Me dio la impresión de ser un gran conocedor del sistema financiero. Creo que andaba con su autoestima baja.

Apenas minutos después estaba sentado con él, en el bar El Quijote, tomando un café primero, y merendando después.

Un par de horas, tiempo suficiente para comprender cada una de las actividades comerciales y financieras que comandaba. Mi primera impresión fue que, en al menos algunas de las actividades que desarrollaban, estaban fuera de la ley. Al menos de las leyes europeas que yo conocía. Me pregunté si en este país estarían autorizadas.

—Luis me puede explicar qué significa el “cepo cambiario”. Un concepto difícil de comprender para quienes venimos del viejo continente.

Con aires de comprenderlo todo, García me dijo: 

—Traba que impuso el Estado nacional a los efectos de impedir el libre mercado de la compra y venta de moneda extranjera, básicamente dólares estadounidenses y euros. Como consecuencia, esto agrandó el “mercado negro o paralelo” de compra venta de dólares.

Me explicó que el “cepo” había disparado por las nubes la cantidad de operaciones de cambio que a diario realizaban. Para mí, acostumbrado a España, nunca entendería lo del “cepo”, pero me resultó muy claro el beneficio que les brindaba.

—Todas las operaciones de compra de dólares, moneda que los argentinos aman más que a la propia, y no pueden ser canalizadas a través del sistema financiero formal, son captados por nuestra empresa, entre otras. 

—En nuestra Córdoba, la de don Jerónimo Luis de Cabrera, LGC somos pioneros y grandes, muy grandes. Pero no los únicos.

Imaginé lo que sería en España: dinero que proviene de origen no declarado, lejos de un banco, más lejos del Banco Central Europeo que controla el sistema financiero español, y aún más lejos de la AFIPRE -Administración Federal de Ingresos Públicos del Reino de España- encargada de la recaudación de impuestos y de perseguir a los evasores. Era como tener un banco propio, sin control del estado.

Tal como Carlos Rivera me lo anticipó, el “amigo” García seguía hablando.

Mucho había leído e incluso escrito acerca de la inestabilidad política argentina del año 2001. Igualmente, preferí preguntar.

—Dígame, Luis ¿qué herramienta financiera es aquella que denominaron “corralito”?

Nuevamente haciendo gala de su sapiencia y perspicacia, me comentó: 

—En diciembre de 2001, más exactamente el segundo día de aquel mes, nuestro otrora famoso ministro de economía, anunciaba aquello por lo que usted me pregunta, el “corralito”. Dado que la crisis económica reinante había producido una corrida bancaria, y todos los bancos corrían el riesgo de venirse abajo, no se le ocurrió mejor idea a nuestro ministro que evitar que la gente recuperara su dinero. Aunque estoy convencido de que no había otra solución, el resultado fue una profundización de la crisis. El gobierno encabezado por el expresidente Dr. Fernando de la Rúa cayó apenas unos días después, el 20 de diciembre, y el 2 de enero de 2002 asumió el Dr. Eduardo Duhalde. Mientras tanto tuvimos cuatro presidentes en diez días. Todo un vergonzoso récord mundial.

Obviamente el Cr. García no tenía la menor idea de con quién, ni de qué estaba hablando. Lo escuché atónito. Él no sabía que el corralito ya se había aplicado en otros países incluso europeos. Igual me quedó grabado el concepto de “corralito”. Inimaginable en la Europa de esta época, aunque un par de años después se aplicó a un banco en Francia y a todo el sistema financiero en Grecia. 

Hasta en mi tesis durante el Master de Finanzas escribí sobre ese tema, el corralito, en la Argentina de la post convertibilidad. La convertibilidad fue un sistema monetario inaugurado por el expresidente Menem, caracterizado por la relación “un peso equivale a un dólar y viceversa”, que intentó controlar la inflación persistente y galopante. Explotó en el año 2002. 

Todavía era un idealista y me invadía la utopía.

Por aquella nota que publiqué en el blog de la universidad, recibí un par de felicitaciones y cientos de críticas:


EL SISTEMA FINANCIERO ARGENTINO y UNA SOLUCIÓN TARDÍA QUE CONFORMA SÓLO A UNA PARTE DE LA SOCIEDAD

Desde el punto de vista legal y técnico, un banco es lo que se denomina un intermediario del dinero. Esto significa que toma dinero de los depositantes pagando por ello una tasa de interés y, presta ese mismo dinero a una tasa más alta, siendo la diferencia de tasas el margen del banco, denominado spread.


Puedo entonces determinar tres actores principales: los depositantes o ahorristas, los tomadores de préstamos y el banco.
Antes de seguir, es importante que destaque  que ningún banco del mundo incluso el más importante o solvente, soporta que todos sus depositantes se presenten más o menos al mismo tiempo y soliciten su dinero, ya que gran parte de dicho dinero, previa deducción de los encajes correspondientes, está en manos de los tomadores de préstamos, quienes tienen la obligación de devolverlo en el plazo acordado.

A fines del 2001, nació “el corralito” que más allá de las causas que lo originaron (políticas para salvar un banco o económicas y de estado para salvar el sistema financiero), la corrida de los depositantes había comenzado meses antes de manera incipiente, profundizándose aceleradamente hacia fin de año. Mediante el corralito el Estado Argentino impidió el retiro de los fondos por parte de los depositantes.


El Estado Nacional a través del Ministerio de Economía fue ofreciendo a los depositantes diferentes maneras de hacerse parcialmente del dinero “acorralado” incluyendo en su oferta los hoy denominados BODEN (Bonos Soberanos de deuda del Gobierno Nacional Argentino) que deberá pagar la sociedad TODA.


Es momento, entonces, de hacerme algunas preguntas: ¿Es justo que la sociedad en general pague parte de los depósitos de particulares?
No es justo. ¿Es justo que el ahorrista, motor de la economía, no pueda recuperar su depósito? No es justo. ¿Es justo que quienes compraron un inmueble mediante un crédito hoy pesificado (es decir convertido a pesos, cuando la deuda original era en dólares), el valor del inmueble al menos se haya duplicado o triplicado y siga pagando casi la misma cuota en pesos como durante la “convertibilidad”, en el “1 a 1”? No es justo. ¿Es justo que, a ese mismo tomador de crédito, eventualmente, se le triplique la cuota, de manera tal que le impida que pueda seguir honrando su deuda? No es justo. ¿Es justo que la sociedad en general a través de los impuestos pague los BODEN y particularmente quienes menos tienen? 

Sólo a modo de ejemplo puedo afirmar que una familia que gana $700 mensuales (50% de la población argentina según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos – INDEC) aporta sólo en concepto de IVA unos $121. Definitivamente no es justo.


Por lo antes expuesto, se me ocurre una solución a mi criterio más equilibrada para todas las partes y particularmente para los que menos tienen: a los tomadores de préstamos, alargarles los plazos lo suficiente como para mantener el valor de la cuota actual, revisando la tasa de interés hacia abajo para no dejar en manos de los bancos un nuevo negocio producto de la crisis, pagando así lo que realmente vale el inmueble adquirido. A los depositantes, alargarles el plazo de devolución de los depósitos lo suficiente como para calzarlos con el nuevo plazo ofrecido a los tomadores de préstamos, recuperando así el dinero depositado. A los bancos no debería arrojarles ganancia alguna o incluso pérdidas si la hipótesis de salvar el sistema financiero fuera el real objetivo del corralito. A la sociedad en general y, permítame que lo repita, a los que menos tienen en particular, evitarle tener que pagar los BODEN que en definitiva serán recursos que no irán a educación, ni seguridad, ni salud, ni justicia, que son los deberes primordiales del estado y que ¡oh, sorpresa!, los que menos tienen más necesitan.



JESÚS WILLIAMS EMERICO SUÁREZ


Por fin, le pregunté: 

— ¿Qué simboliza LGC?

—LA GRAN CUEVA —me dijo—. Así le dicen aquí, en mi Córdoba, a este tipo de “empresas”. Cuevas. Fue una humorada que se nos ocurrió en la segunda reunión de socios de la que participé, y cuyo único objetivo fue elegir un nombre para la empresa. El significado jamás salió, ni debía salir de aquella reunión. A su vez, coincidía con la primera letra de cada servicio que brindábamos.

— ¡Logística, gestión y custodia!

—Exacto.

Llegó el momento de conseguir la información más importante: necesitaba entender lo mejor posible, cuáles eran las actividades comerciales de LGC, más allá del cartel.

—Mire Jesús, le sigo comentando en honor a quien lo envió. Es un hombre de confianza de la empresa y poderoso en la ciudad. Pero es información muy sensible. Le ruego absoluta discreción.

—Luis, no se preocupe. Tampoco puedo permitirme quedar mal con él ni con usted.

—Tenemos tres unidades de negocios que se correlacionan y potencian unas con otras. Miento, son cuatro, aunque la cuarta no se expone en el cartel que tanto le llamó la atención. Las Cajas de Seguridad fueron nuestro puntapié inicial. Estas nos permitieron atraer clientes con mucho dinero que “posiblemente” escondían en sus cajas, dinero de origen incierto. Luego, desarrollamos lo que llamamos Gestión de Tesorería, cuya actividad principal es la cobranza de servicios. En tercer lugar, la compra de cheques diferidos. Además, tomamos dinero a plazo y otorgamos préstamos a quienes lo necesitan a cambio de un precio, es decir, a cambio de una tasa de interés. Y por último la compra-venta de moneda extranjera, esta última expresamente prohibida por la ley. 

El negocio que habían desarrollado era el “sueño del niño”. Ideal para mí. El entusiasmo me invadió. Me despedí de don García, le agradecí su sinceridad, ante lo que insistió en mi discreción y hasta me hizo una sugerencia.

—Jesús, le recomiendo estudiar la legislación argentina que regula el mercado financiero. Los bancos, en el mundo entero, son regulados más o menos de la misma manera. Creo le será útil. Al menos tendrá una idea de cómo funcionan.

Nos despedimos a lo argentino, con abrazo y beso. Una extraña manera de tocarse entre desconocidos. Como si hubiera una confianza inexistente.

Googleando, encontré la ley 21.526 y sus normas reglamentarias que regulan el sistema financiero argentino. La estudié al detalle. 

Me llamó la atención que estuviera firmada por el ex dictador Videla y aún vigente en plena democracia. 

Pero al fin, comprendí la génesis de LGC y el rumbo que tomaron sus negocios. 

Prefirieron ser libres de tomar decisiones de hacer con el dinero lo que quisieran. 

Llegué a la conclusión de que el Banco Central de la República Argentina, el BCRA como le llaman habitualmente, controlaba de manera estricta el sistema financiero y supuse que sería similar en España.

Me resultó muy útil estudiar las leyes argentinas, muchas ideas saqué de allí. 

También dediqué tiempo a estudiar a los clientes de LGC. Si bien don García me ayudó bastante, un detalle en la vidriera del local de calle Rivadavia, expresaba con orgullo: “Atender a quienes no son bien recibidos en el sistema bancario tradicional es nuestra Misión. Usted es el centro de nuestro negocio”.

Lo más extraño es que todo se hacía sin esconder nada. A la vista de quien quisiera tomar los servicios de LGC. 

Hasta habilitación municipal tenían.

Capítulo 8 – Mi regreso: el plan de trabajo

El 27 de diciembre de 2008 regresé a mi Córdoba andaluza con una idea muy clara. 

Replicar el negocio de LGC.

Como la mayoría de los cordobeses andaluces, estudié en la Universidad de Córdoba, más conocida como UCO que si bien fue fundada en 1972, tiene su antecedente en la Universidad Libre, con más de doscientos años de historia. En 1987, recibí el título de Licenciado en Gestión de Empresas. Me sentí orgulloso.

En 1998 finalicé el Máster en Dirección y Gestión en Finanzas en la “UB”, Universidad de Barcelona. Mi segundo orgullo. 

Conocer el manejo del dinero. Ver que se multiplica con escaso esfuerzo, me subyugó. 

LGC me venía “como anillo al dedo”. Era lo que buscaba. Me sentía perfectamente preparado para manejarla.

Comencé a armar el plan de la futura empresa. 

Una vez que terminara el plan, me ocuparía de elegir a los socios.

La universidad me enseñó la tremenda importancia de tener un plan de negocios, para disminuir los desaciertos y aumentar la probabilidad de hacer las cosas bien. 

Así ganar dinero es menos aleatorio. 

Imaginé mucho dinero.

Como primer paso, me dispuse a elegir el nombre de la empresa. Podía usar LGC, ¿por qué no? Pero no me convencía el origen. Era una humorada y yo no estaba para humoradas. Pero debo admitir que me resultaba interesante y nadie sabría su verdadera historia.

El nombre debía guiar psicológicamente a los clientes a los distintos negocios que desarrollaríamos, ni bien lo leyeran. Todos ellos referidos a inversiones, dinero seguro los 365 días del año y en Córdoba.

Googleé, inventé, mezclé, busqué hasta el cansancio. Armé una lista de opciones. 

Se me ocurrieron algunas, y deseché otras tantas:

LGCD – Logística, Gestión y Custodia de su Dinero

LGC 365 – Logística, Gestión y Custodia

LGC – Logística, Gestión y Custodia

DINERO SEGURO

SEGURIDAD 24 x 365

CAJAS 24 x 365 & INVESTMENTS

BUSINESS & INVESTMENTS

CBI – CÓRDOBA BUSINESS & INVESTMENTS

Me tomé un tiempo para decidirme. La primera y la tercera llevaban ventajas. Eran las que mejor aglutinaban la idea de negocio que tenía en la cabeza. Siendo la marca el identificador clave del negocio, tenía que pensarlo. No quería participar a los eventuales socios de la decisión. Una vez seleccionada, habría de registrarla e imponerla.

Avancé con un listado de servicios que brindaríamos. Comenzaríamos por ofrecer el servicio de CAJAS DE SEGURIDAD PRIVADAS, la gran sorpresa para el mercado financiero español. 

En España, salvo en Madrid, no existe este servicio. Esta unidad de negocio estaría dirigida a todos aquellos que no quieren tener sus anillos, rubíes y esmeraldas, en sus casas ni su dinero en los bancos. Teníamos que aprovechar la crisis bancaria del 2008 y la desconfianza que había generado en ellos. También a quienes ganan dinero a espaldas del estado y no pagan impuestos por él. Hasta algún jugador de fútbol o deportista podría ser nuestro cliente.

Un target ideal.

¿Qué mejor que guardar su dinero en cajas de seguridad privadas? 

Lejos de un banco, más lejos del Banco Central Europeo que controla el sistema financiero y aún más lejos de la AFIPRE.

Sabía que quienes prefieren mantenerse lejos del sistema bancario tradicional nos elegirían. 

Negocio redondo.

El negocio funcionaría con plata de otro.

Las CAJAS eran sólo el anzuelo.

Por la necesidad de dinero en efectivo, de toda “cueva”, imaginé el orden de los servicios que prestaríamos. El segundo sería un servicio de COBRANZA de IMPUESTOS y SERVICIOS. Así conseguiríamos efectivo diariamente. Junto con el alquiler de cajas de seguridad, serían las únicas unidades de negocios enteramente legales y habilitadas.

Muchos cordobeses necesitan de financiamiento para sus pequeñas empresas, ergo, el tercer servicio que brindaríamos sería el de CANJE de CHEQUES por EFECTIVO, contra una tasa de interés, para lo que necesitaríamos dinero en efectivo, provisto por la cobranza de servicios e impuestos. 

Todas las “cuevas” funcionan más o menos de la misma manera. Su tamaño depende en gran medida de la capacidad de la “cueva” de conseguir dinero en efectivo, para poder venderlo.

Me puse como objetivo lograr que el dinero recaudado por cobranzas, estuviera en nuestras manos al menos por 72 horas hábiles antes de liquidárselo al “dueño del dinero”, para poder aprovecharlo y canjearlo por cheques. 

Una unidad de negocio provee a la otra. 

Pura sinergia. Un círculo virtuoso.

Esa noche soñé con la cenefa del local: 

LGC – LOGÍSTICA – GESTIÓN de CAJAS DE SEGURIDAD – COBRO DE IMPUESTOS y SERVICIOS.

Desperté y lo decidí. Nada discutiría con mis eventuales socios, la empresa se llamaría: “LGC”. 



Empecé a redactar el plan de negocios propiamente dicho.

Como todo Plan de Negocios debía comenzar con la definición de su Visión, Misión y Valores.

Seríamos pioneros de un nuevo concepto de negocio, con una ideología central. Esa ideología debía nutrir los valores que guiarían la conducta de LGC, desarrollando una verdadera Cultura LGC, y de esto debían impregnarse la visión y misión de la empresa.

Visión: “Ser la empresa líder en el desarrollo de la custodia del dinero de nuestros clientes destacándonos por nuestra capacidad de ingresar en nuevos negocios”.

Misión: “Atender a quienes no son bien recibidos en el sistema bancario tradicional, es nuestra Misión. Usted es el centro de nuestro negocio”. Brindar a los vecinos de Córdoba de Andalucía la oportunidad de disfrutar de la tranquilidad de que sus pertenencias están en las mejores manos. 

Valores:

Diversidad: “Fomentamos la cultura interna diversa integrando las distintas visiones de nuestros colaboradores promoviendo su crecimiento personal, valorando el compromiso y la iniciativa”.

Vínculos humanos: “Estamos convencidos de que la mejor manera de crecer es promoviendo los vínculos de confianza, un clima de cooperación entre nuestros colaboradores y la comunidad, donde desarrollan su vida cotidiana”.

Integridad: “Logramos nuestros objetivos a través de conductas transparentes y responsables”.

Cultura interna de emprendedores: “Promovemos una cultura interna de emprendedores, clave para aprovechar la experiencia y la intuición de nuestros colaboradores”. 

Una de las cuestiones más importantes de cualquier nuevo negocio es saber reconocer las cualidades, ventajas y desventajas del negocio, lo que se denomina ANÁLISIS FODA, o sea el de fuerzas, oportunidades, debilidades y amenazas. Todos los conocimientos que aprendí en la UCA, me ayudarían.

Lo cierto es que estaba tan entusiasmado con la idea de replicar LGC que jamás hice este análisis.

Este fue mi primer gran error. De haberlo pensado, hubiera reconocido los riesgos que, con el tiempo, se convirtieron en verdaderas amenazas. 

De todas maneras, el entusiasmo me ganaba. 

Comencé a imaginar el lugar ideal para desarrollar el negocio. 

Dadas las necesidades de seguridad que teníamos, no podíamos correr riesgo de robo ni “aprietes”, ya que un evento de esa naturaleza, terminaría con nuestro negocio. Los bancos y Caixas contaban con sus propios sistemas de seguridad, y la gente los percibía seguros. Debíamos ser percibidos de la misma manera. Debíamos lograr transmitir tranquilidad.

Recorrí el centro de la ciudad a pie, de punta a punta. Me resultaba difícil imaginar un lugar lo suficientemente seguro para nuestros clientes y su dinero. 

Encontré tres terrenos cercanos al centro de la ciudad en el que eventualmente podría construir, más que una bóveda, una fortaleza. Pero los costos y particularmente los tiempos de ejecución, se extenderían en el tiempo.

Hasta que caminé por la calle El Sabio. Allí se me “prendió la lamparita”, cuando tuve a la vista el Complejo Comercial NUEVOCOR ARGENTAVIS.

Un gigantesco centro comercial, con tiendas de distintos rubros; bares, sucursales bancarias, confiterías, cines, patio de comidas y visitantes, muchos visitantes, con altos ingresos, gastándolos dentro de Nuevocor, una catedral del consumo. Todo en un mismo lugar, incluyendo LGC.

Trabajan con horarios extendidos, hasta altas horas de la noche y los fines de semana. 

Ideal.

Allí estaba frente a mí. Era exactamente lo que necesitaba.

En plena zona comercial cordobesa: Nuevocor Argentavis, en calle Alonso El Sabio 10. La excitación y la curiosidad me llevaron a averiguar el significado de argentavis magnificens, posiblemente el ave extinguida más grande de la historia de la humanidad, con una envergadura de alas de hasta ocho metros. Toda una analogía entre el tamaño del complejo y aquella ave propia de la época jurásica.

Comencé a recorrer el Nuevocor, de punta a punta. De arriba hacia abajo. Subí al ascensor y noté que el centro comercial tenía tres pisos comerciales, un garaje descubierto y gratuito para el aparcamiento de automóviles en la terraza del tercer piso y dos subsuelos de garaje con costo para el automovilista. Bajé en el tercero, doblé a la derecha e inicié mi caminata. Encontré una escalera que me llevó a un único local ocupado por una agencia de modelos, maquillaje y belleza para la mujer. A su derecha una puerta que se encontraba cerrada, con un cartel que decía PRIVADO–PROHIBIDA LA ENTRADA. Las clientas aparcaban sus autos y a escasos metros las embellecían. En los pocos minutos que tardé en caminar el garaje vi muchas “diosas”. Cuando me convencí de que no había local alguno disponible, volví sobre mis pasos y comencé a recorrer hacia abajo.

Prácticamente todos los locales del tercer piso estaban dedicados a indumentaria y calzado, bijouterie y accesorios. Me decepcionaba a cada minuto. La misma oferta en el segundo piso, aunque con marcas distintas, más alguna perfumería y electrodomésticos. Nada que me interesara. 

Mi última oportunidad era el primer piso. 

Me recibió el patio de comidas. Eran casi las 8 de la tarde, no cabía un alfiler. Todas las mesas ocupadas, gente y bandejas por doquier. Levanté la vista y vi que, por la otra punta del piso, casi no caminaba transeúnte alguno. Lo entendí cuando llegué. Era el sector servicios: varios bancos, La CaixaBank, un telecentro y un cyber.  

Mi corazón empezó a palpitar con mayor fuerza, como si supiera lo que aún yo mismo no sabía. Levanté la vista y un pequeño cartel indicaba LOCAL 58 – EN ALQUILER – CONSUTE EN ADMINISTRACIÓN. En sus vidrieras podía leerse, medio borroneado, algo así como hamburguesas y gaseosas. Para ese rubro estaba fuera del patio de comidas y por lo tanto muy mal ubicado. Un hermoso local comercial, de grandes dimensiones, mal ubicado dentro del complejo comercial. Eso revelaba el motivo de su vacancia. 

Para mis planes me pareció interesante, así que inmediatamente consulté a un guardia. 

—Buen día caballero, debe dirigirse al segundo subsuelo, detrás de la cochera 350. Siga las flechas pintadas en la pared, lo guiarán. Al terminar, encontrará el cartel de la administración del complejo y seguramente otro guardia.

A metros del ingreso al local, estaba uno de los ascensores que llevaba a la cochera, en el subsuelo del NUEVOCOR. Subí en él y apreté el -2. 

Eso me hizo vibrar de exaltación. 

Imaginé a los clientes, entrando con su auto a la cochera, con sus baúles llenos de dinero estacionando cómodamente. Nadie los molesta. Nadie los ve. Entrando a nuestro local, con bolsos llenos de dinero y alhajas. Era el local ideal. No tenía contraindicaciones. Todo un descubrimiento. Desconocía su superficie.

Pasé la cochera 350 y me encontré con un guardia que interrumpió mi intención de llegar al portero eléctrico.

— ¿Viene a la administración caballero?

—Sí. Buenas tardes. Soy Jesús Williams Emerico Suárez y deseo realizar una consulta acerca del local 58 en el primer piso.

—Lo comunicaré con la asistente de la Sra. de Navarro. Ella se encarga en persona de los alquileres.

El guardia tocó el timbre por mí y me anunció.

Una bellísima morocha, de pelo largo hasta la cintura, ojos verdes, un vestido apretado al cuerpo y tacos altos, abrió la puerta.

— ¿En qué puedo ayudarlo caballero?

Otra vez la misma presentación.

—Soy Jesús Williams Emerico Suárez y deseo realizar una consulta acerca del local 58 en el primer piso.

—Mi nombre es Abigaíl. Soy secretaria de la Sra. de Navarro. Ella no se encuentra en este momento y no regresa hasta mañana. Igualmente pase y tome asiento, por favor. Deme tres minutos le preparo un café y lo escucho.


— ¿Puede comentarme para qué rubro necesita el local? Somos grandes defensores del “tenant mix”. El “tenant mix” es la mezcla de locales de distintos rubros que ofrecemos a nuestros visitantes.

Tuve que escuchar con buena cara su explicación como si yo no supiera de qué se trataba. Le expliqué en forma muy sucinta el proyecto, mientras tomábamos un café. Cruzamos un par de miradas. No pude evitar mirar sus piernas.

—Sr. Jesús, me comprometo a conseguir una cita con la Sra. de Navarro, lo antes posible.

—Abigaíl, prométame que será mañana mismo. No puedo perder más tiempo.

—Soy yo quien maneja la agenda de la señora. Deme un minuto.

—Tiene disponible sólo unos quince minutos, mañana a las 9.45 horas. No me comprometo. Si las dos reuniones precedentes le insumen más tiempo que el previsto, usted será quien pague las consecuencias. ¿Le será útil?

—Es muy poco tiempo, pero aquí estaré. Prefiero correr riesgo y aprovechar el poco tiempo disponible. Muchas gracias, Abigaíl. Ha sido muy amable. Mañana nos volveremos a ver. Que tenga un buen día.

Tomé mi celular y agendé: “Mañana 9.45 horas reunión con Sra. de Navarro, local 58, NUEVOCOR”.

Regresé a mi apartamento y en voz baja, en unos minutos, repasé la historia de quien se conocía como la “Reina” Helena Artemisa de Navarro. Jamás usaba su apellido de soltera. Siquiera se lo conocía. 

Dicen que empezó siendo administrativa y que, rápidamente, habiendo demostrado una inteligencia suprema, fue ascendida a jefa de operaciones en una empresa de ómnibus de transporte de pasajeros. Se relacionó con su actual socio. Un hombre de mucho dinero. Él aportaba euros, mientras ella hacía lo propio con su tiempo y su inteligencia. Sé que empezaron con dos colectivos y el sistema de leasing combinado con una licitación, les permitió despegar. En poco tiempo llegaron a tener su propia empresa de transporte de pasajeros de media distancia. 

Aprendió a invertir su dinero sin miedo. 

Siempre apuesta fuerte. 

Es una empresaria que marca rumbo en la historia de esta ciudad. Creó y desarrolló la cadena de supermercados INDEPENDENCIA. Cuando estaba “comiéndose” a sus competidores, vendió su cadena a un grupo internacional suizo por una suma en euros que, si bien nunca trascendió, debió ser multimillonaria. Al menos eso comentaba la prensa de la época. Años después, por la misma venta, hubiera recaudado la mitad.

Ante la sorpresa de sus pares, cinco abriles pasaron y regresó al rubro supermercadista con la cadena Argentavis.

Otra vez comenzaba un desarrollo desde la nada, pero con la experiencia de los años. Rápidamente logró una rápida porción de la demanda, ante la sorpresa de sus competidores.

Una mujer cuya mejor virtud es desafiar. 

La cadena Argentavis creció con la forma de un paraguas. Debajo de él, siempre conviven un supermercado con cientos de locales comerciales, los edificios de oficinas ARTEMISA y los hoteles ZEUS, otro de los dioses de la mitología griega. 

Mujer muy inteligente, de poca bondad señalan las “malas lenguas”, difícil de tratar. Tiene fama de decir su opinión a cualquier precio, independientemente hasta de lo que podría ser políticamente correcto. Y esto, pese al peso que tiene su opinión en la ciudad y en los estamentos provinciales. 

Más de uno le endilga una ética reprochable.

Helena en griego significa “Antorcha”, el símbolo de la “chispa divina”, la “iluminación” necesaria para convertirse en una diosa. 

Aunque por ahora era sólo una “Reina”.

Hizo mucho dinero la “Reina”. Lo que toca lo convierte en riqueza, en euros. 

Supo aprovechar todos los vaivenes de la economía y de la política española. Aunque hay que reconocer que erró en el último llamado a elecciones para ocupar la alcaldía de mi ciudad de Córdoba. Apoyó al candidato equivocado. Por primera vez en la historia de la ciudad, una mujer, Soledad Andarre, se convertía en alcaldesa.

Varias veces le ofrecieron puestos políticos, pero siempre los rehusó. Hubiera sido una buena alcaldesa. Helena tiene fama de ser una persona inteligente, práctica, muy trabajadora.

Proviene de una familia de origen humilde y se convirtió en millonaria. Mujer de carácter difícil, siempre impecablemente vestida, con estilo italiano. Acostumbraba a ser acompañada por sus asesoras, todas mujeres: la contable Josefa Garay Almeida, depositaria absoluta de su confianza. Se dice que era la única a la que la Reina escuchaba. Garay Almeida lograba influir y participar en sus decisiones. La famosa y mediática abogada Pilar Bendamon y la gerente de Recursos Humanos, de origen argentino Cleopatra Alarcón, reconocida selectora de recursos humanos de la ciudad, con pésima leyenda profesional, completaban su famoso staff de asesoras. Cleopatra es de una belleza excepcional. Piel color beige oscuro, ojos verdes, pelo negro azabache cortado a la altura de sus hombros y un lunar que la distinguía, en su pómulo derecho. Si uno la imaginara vestida como la última reina de Egipto que fue, hija de Ptolomeo VII, la confundiría con aquella. Supe tratar con ella en alguna empresa que trabajé. Su personalidad era más bien extrovertida, pero cambiante, y gozaba de la venganza. Jamás olvidaba a alguien que pudiera contradecirla. 

Su capacidad de seducción era tal, que los empresarios que la contrataban rápidamente sucumbían ante su supuesta sabiduría. Le entregaban el mando de la empresa y, más tarde o más temprano, la destruía. Lejos de lo que todo libro de Recursos Humanos sugiere a los fines de mejorar el clima laboral dentro de las organizaciones empresariales, Cleopatra se encargaba de lograr que los empresarios odiaran a su personal, les pagara lo menos posible incluyendo prácticas desleales pero legales, a tal punto que los registros de rotación de personal se elevaban de manera astronómica. Pero su poder de seducción podía más. Era inteligente, bella, obediente y servil. Quizá por ello la Navarro la sostenía como asesora.

Terminé de repasar la historia de Helena y sus asesoras, y seguí con el plan de negocios de LGC. Mientras, se me ocurrió que, si teníamos éxito con LGC, podríamos armar una consultora, proveer de servicios de planificación de distribución de productos y servicios, selección de recursos humanos, planificación de negocios, estrategias de marketing y, más específicamente finanzas, ampliando los servicios de LGC. La cartera de clientes de LGC sería la primera a la que le ofreceríamos los servicios de LGC-NEXO. Imaginé mucha sinergia entre ambos negocios.  

Después de desenfocarme con LGC-NEXO, volví al plan de negocios.

Los clientes serían aquellos que querían escapar del sistema financiero español y de la AFIPRE y millonarios que querían esconder a buen resguardo sus excedentes.

Les daríamos una alternativa. La mejor.

Esconder sus ahorros lejos de casa, en Suiza, como lo hacen hasta ahora.

O esconder sus ahorros al alcance de su mano, a minutos de su casa. El gancho serían las CAJAS DE SEGURIDAD, la cercanía y la posibilidad de tener sus ahorros a mano en un horario extendido los 365 días del año. 

LGC no tendría ninguna obligación de preguntar acerca del origen de los ahorros, esto era problema de conciencia y “pecado” de cada cliente. Según la AFIPRE, en España alrededor de 2600 euros por habitante por año, provienen de actividades ilegales. El mercado era lo suficientemente grande como para garantizar el éxito de LGC. Sólo debíamos comunicar adecuadamente nuestro primer servicio. Volví a tomar mi celular y agregué una nota de voz: ¡desarrollar plan de marketing!

Seríamos pioneros, únicos. 

No había en Córdoba ningún servicio de Cajas de Seguridad privado fuera del sistema bancario.

No había competidores.

Mañana podría ser un día de gloria. Había iniciado el camino al éxito. Sería un gran primer paso.

Me senté en mi escritorio, mientras aprovechaba algunos rayos de sol que entraban por la ventana. Abrí el buscador de internet y me propuse encontrar rápidamente un proveedor de módulos de cajas de seguridad. 

Pasadas un par de horas la conclusión era definitiva. 

Flor de sorpresa me asaltó. Imaginé que sería difícil conseguir proveedores de cajas, pero no fue tan así. En cada búsqueda que emprendía, sólo una empresa se colaba en ellas. Bancos y Caixas, sin excepción eran aprovisionados por el mismo proveedor: PROCUSTODIA SA. Era una empresa española que representaba a una fábrica alemana, quien a su vez no vendía en forma directa, sino sólo a través de sus representantes.

Procustodia era conocida en gran parte del reino, por ser una transportadora de caudales, la más desarrollada del país. Tenía el monopolio de la recaudación y distribución de billetes. No por casualidad acudía diariamente a Argentavis. Retiraba la recaudación del supermercado de Nuevocor y la depositaba por su cuenta y orden, en los bancos de la ciudad. Además, monopolizaba la recaudación de la municipalidad y de la Provincia de Andalucía. No había elección. 

Los dueños eran otra reconocida familia de la ciudad de Córdoba: las Muralla, madre y dos hijas. 

El patriarca de la familia había muerto varios años atrás. 

Volví a tomar mi celular y grabé una nota de voz: solicitar reunión con la Sra. Juana Muralla – Procustodia.

Capítulo 9 – Los primeros pasos: Helena

Me levanté tranquilo con la serenidad de tener agendada la reunión con la “Reina” Helena Navarro.  

De esta manera, si conseguía el local, podría avanzar con la provisión de las cajas.

A las 9.45 de aquel 5 de enero de 2009, estaba montado en el ascensor del Nuevocor Argentavis. Abigaíl me había advertido que me recibirían en las oficinas del primer piso. En el subsuelo sólo funcionaba el área operativa. 

Esperé unos minutos en el lobby, desde donde se administraban los negocios del GRUPO NAVARRO ARGENTAVIS. 

A las diez en punto una Abigaíl más bella que la tarde anterior, exquisitamente vestida de negro, con tacos aguja, se hizo presente. 

—Sr. Suárez, tenga usted un buen día, sígame por favor.  

Caminamos unos veinte metros hasta el final de un pasillo con oficinas a ambos costados. Abrió una puerta de roble de unos tres metros de alto, por al menos dos de ancho.

Quedé abrumado, atónito.

—Pase y póngase cómodo, en un par de minutos lo atenderá la Sra. de Navarro. Hoy la suerte lo acompaña. La Sra. Helena se ha preocupado por tener algunos minutos para atenderlo. Siéntase un privilegiado.

—Muchas gracias, Abigaíl. Es usted muy amable y más bella aún.

—Me halaga. Pase y póngase cómodo.

La palabra oficina tiene origen en el latín, viene de “officium” y hace referencia a un lugar de trabajo. Lejos estaba lo que veía de un lugar de trabajo. Era un centro de control con un lujo impactante.

A la derecha, una barra de bar, adornada con dos floreros con rosas rojas y blancas. Eran no menos de treinta rosas en cada uno. Detrás de ella, un mueble de roble que alcanzaba el techo, con una gigantesca colección de vinos y bebidas blancas. Los había tintos de las mejores bodegas, rosados, blancos y hasta torrontés argentino; jóvenes y añejos; varietales como Cabernet Sauvignon, Merlot tempranillo o Malbec; espumantes de las bodegas más importantes del mundo.

El sueño de cualquier cultor de la buena bebida.

A la izquierda un juego de living o de sala como se dice por acá, claramente español, de los denominados “renacimiento”, muy antiguo, de roble, restaurado a nuevo, de una belleza inimaginable. El cuadro se completaba con una delicada mesa ratona. 

Pero la biblioteca. Esa sí, era sorprendente, de roble. Roble oscuro. El sueño de un anticuario. Tuve la sensación de que miles de volúmenes me invitaban a ser leídos uno a uno. Estaba organizada por tema, cientos de novelas, atlas geográficos que ni bien los vi me llevaron a la época de mi escuela primaria, cientos de libros de historia, cuentos para niños, biografías. 


 

Cuando levanté la vista, me encontré con “el desk” de la Sra. Helena. Un escritorio cuyas dimensiones asustaban. Decir que era gigante es poco; de una belleza inconcebible. Desde su sillón, le bastaba girar su cabeza hacia la derecha y podía apreciar el movimiento del supermercado y de gran parte de la administración, a través de un enorme ventanal espejado, que impedía que la vieran. Sobre su escritorio, fotos de su familia y mucha tecnología con el logo de la manzanita. El sueño de una reina.

Me acomodé en uno de los sillones individuales del living, crucé las piernas, puse el celular en “modo no molestar”, ya que no quería interrupciones, al menos de mi parte, y me dispuse a esperar, mientras veía el intenso movimiento en el súper.

Recordé la historia de Helena. Yo no tenía nada que opinar. Me deshice de todos los comentarios y me preparé para tener la mejor de las reuniones. 

Era una reunión de negocios, no de santos.

Sentí que la puerta se abría. La “Reina” hizo su aparición.

Me miró. Estaba sobriamente vestida. Pero de una elegancia insinuante.

—Sr. Jesús Suárez, Helena Artemisa de Navarro, a sus órdenes. Gusto en conocerlo. Conozco su interés en esta reunión, Abigaíl me lo adelantó y si bien no acostumbro a tratar estos temas, reconozco en sus padres un intenso trabajo a favor de la comunidad. Espero siga el ejemplo que brindan. Sólo ese antecedente, le abre mis puertas. Tengo muy poco tiempo, pero estoy lista para escucharlo.

Me extrañó el comentario. Es cierto, trabajan para el prójimo. Mi papá armó el primer comedor comunitario del barrio. Daba de comer diariamente a más de cien niños de una pobreza inimaginable. Es un hábil experto en pedir donaciones, y mamá una especialista en la distribución de recursos. Con poco, lograban hacer mucho.  

Yo soy un perfecto egoísta. Nada aprendí de ellos.

—Muchas gracias por atenderme personalmente y más aún por su opinión sobre mis padres.

—Es importante reconocer a quienes trabajamos por nuestra comunidad, así más gente se suma a nuestra causa. El país necesita hombres y mujeres como sus padres.

Comentario pedante, pero acertado. Alababa a mis padres y al mismo tiempo, se incluía en la alabanza y me excluía a mí.

—Coincido con usted, señora de Navarro.

—Llámeme sólo Helena, por favor. ¿Qué le sirvo? Café, whisky o prefiere champaña.

—Un café es suficiente para mí.

—Yo, a media mañana, prefiero medio whisky japonés, del mejor. Me ayuda a pensar más lentamente, pero de manera más certera. Mientras preparo las bebidas, cuénteme su proyecto y en qué lo puedo ayudar.

—Estoy detrás de una idea de negocio, creo excepcional. Recorriendo mi ciudad natal, la Córdoba Argentina…

Me interrumpió.

—Así que usted nació allá y es español por elección.

—Así es Helena. Mi padre decidió traernos a España y buscar mejores horizontes laborales. Estaba muy difícil en Argentina. Nos han tratado muy bien en este país. Me siento más español que argentino.

—Me alegro por usted también. ¡Cuénteme! Continúe, por favor.

—Días pasados regresé de mi Córdoba natal. Me llamó la atención la presencia de una empresa dedicada sólo al alquiler de Cajas de Seguridad. Si bien es cierto que todos los bancos comerciales tienen este servicio, ninguno lo ofrece de manera autónoma. Le soy franco, no lo discutí con mucha gente, pero me resultó un negocio innovador y atractivo, por diversos motivos. Lo más importante a mi criterio, es ofrecer el servicio en horarios extendidos, incluyendo sábados y domingos, acompañando el horario de su complejo. Rastrillé esta semana toda la ciudad. Llegué a la conclusión que el lugar perfecto es este complejo comercial. Su ubicación y alto nivel de tráfico de personas de altos ingresos, lo hacen el lugar ideal. Estimo no estar equivocado. Quedé boquiabierto al encontrar el local 58, que a simple vista parece útil para la actividad.

Me estaba dando la espalda y pese a no terminar de servir las bebidas, se dio vuelta inmediatamente. Pero rápidamente, siguió su tarea.

—Creo entender la idea. Usted quiere ofrecer un servicio de Cajas de Seguridad, independientemente de los servicios financieros típicos bancarios. Francamente no los imagino separados. Un banco tiene una serie de servicios que satisfacen distintas necesidades de sus clientes. El cuidado de sus ahorros, sus necesidades financieras mediante préstamos, y la atención puesta en la gestión de su patrimonio. No conozco los números del negocio que desea desarrollar Jesús, pero a “ojo de buen cubero”, puedo decirle que la idea es lo bastante original como para sorprenderme. Parece una idea interesante, pero me gustaría entender qué características tiene un cliente que busca sólo el servicio de cajas de seguridad. Tiene sabor a oferta escasa.

—Gracias, Helena, sabía que coincidiría conmigo, que al menos es una idea creativa. ¿Sería tan amable de mostrarme el local 58?

Más allá de sus dudas y de un trago, vació su medio vaso de whisky. Diría que hasta con bronca.

Volvió a ponerse de pie, se acercó a su escritorio, apoyó su torso sobre él, y mientras me mostraba gran parte de sus piernas, y de su celulitis, levantó el teléfono. 

—Abigaíl, por favor dígale a la contable Garay y a la abogada Bendamon que vengan urgente. Si estuviera Cleopatra que se sume, por favor. Tendrán la misión de cerrar eventualmente algún acuerdo con el Sr. Suárez. A Ud. le pido tenga a bien realizar una visita al local 58 acompañando al Sr. Jesús Suárez. Por favor comuníquese con el guardia de Procustodia de turno, para que los espere en la puerta. Me avisa cuando terminen. Estaré en mi despacho del subsuelo. También la quiero en la reunión. Y, gracias Abigaíl.

—Entendido Sra. Helena. Salgo a buscarlos y les aviso. Ni bien regrese con el Sr. Jesús, y cumplan la misión, bajarán a su despacho, conforme su deseo.

— Jesús, cuente con mi favorable opinión, si el local le resulta útil, arregle los detalles, con mis colaboradoras. Lamento tener que dejarlo, pero me esperan otras obligaciones. Un gusto conocerlo.

Se despidió con un fuerte apretón de mano, pero con mala cara, y salió.

Una dicharachera Abigaíl, me llevó a conocer esa joya que había descubierto. Casi 400 metros cubiertos, pisos de porcelanato de un tenue gris, tres oficinas, y gigantescas vidrieras que daban tanto al frente como al pasillo central. Cortinas tipo blackout recorrían todas las vidrieras. El ascensor de los garajes a metros del ingreso. Más no se podía pedir. Era un sueño cumplido. Incluso mejor de lo que había imaginado.

Volvimos a la oficina de Helena y Abigaíl me pidió que esperara.

—Sírvase lo que prefiera. En unos minutos las colaboradoras de la Sra. Helena estarán con usted. 

Esperé una media hora. Se abrió la puerta y allí estaban, ante mí, el trío de ayudantes. Supuse que estaría Abigaíl, pero no volví a verla hasta unos años más tarde.

Me trataron excelentemente. En tiempo récord, apenas un par de horas, salí con el compromiso de reserva del local 58, sus planos, y las condiciones de alquiler pactadas. Contrato de arrendamiento a cuatro años, lo habitual en el mercado. 

Agradecí el cálido trato que me había dispensado cada una de mis anfitrionas. Me despedí.

Sin embargo, un sabor amargo me invadió.

Tuve la sensación de que todo había sido demasiado fácil.

Me tomé el resto del día para disfrutar la batalla ganada.


Mientras tanto la Sra. Helena esperaba en su despacho del subsuelo. Nadie tenía permitido ingresar a él, salvo Abigaíl. 

Sus colaboradoras entraron una a una. Abigaíl cerró tras de sí. Sabía lo que sucedería.

Y así fue. Helena empezó a los gritos.

—Díganme, manga de inútiles, ¡a ninguna de ustedes, mis “grandes asesoras” se le ocurrió que necesitamos cajas de seguridad para nuestro futuro banco! ¿En qué pensaban?

Silencio absoluto.

— ¡Son una sarta de inservibles! ¡Desaparezcan ya de mi vista!

En segundos, todas desaparecieron sin esbozar comentario alguno.

—Abigaíl, usted se queda conmigo. 

Una vez que sus asesoras cerraron la puerta tras de sí, continuó.

—Comuníqueme con Juana Muralla. Urgente por favor. Y gracias. Sólo contigo estoy dispuesta a disculparme por mis exabruptos. No los mereces. 

—No se preocupe, Helena. 

Con miedo, Abigaíl continuó hablando.

—Sra. Helena, mientras venía para acá, vi a la Sra. Juana en el local Louis Vuitton.

—Llámala urgente y dile que la espero en el tercer piso. Ya sabes dónde. ¡Y que nadie nos moleste por un par de horas!

—Sí, señora.

—Y avísale a Cleopatra que la esperamos.

Abigaíl se retiró sabiendo lo que eso significaba. Siempre le llamó la atención esos largos encuentros entre ambas reinas de la ciudad y Cleopatra, pero su silencio y lealtad eran absolutos. Jamás comentaría con nadie sus sospechas. Cada encuentro se desarrollaba detrás de aquella puerta en el tercer piso, contigua al salón de belleza.

Mientras Helena esperaba a Juana, su corazón empezó a latir con mayor rapidez. No soportaba la espera.

Sonó su celular. Era Abigaíl.

— ¡Buenas noticias! La Sra. Juana estará con usted en cinco minutos. Alcancé a detenerla en la guardia del subsuelo. Tenga un poquito de paciencia. Cleopatra, también va hacia “el tercero”.

Así le decían, “el tercero”.

—Gracias, Abigaíl.

Helena metió su mano entre sus piernas, mientras imaginaba su inminente encuentro con Juana. Gemía como una gata en celo. 

Sonó una chicharra. Miró su pantalla de control y la cámara le permitió ver a Juana y a Cleopatra de cuerpo entero. El encuentro era inminente. Abrió desde su escritorio. Juana permitió el ingreso de Cleopatra, empujó la puerta y la aseguró desde adentro. 

—Ya sabes qué hacer. Espera la señal.

—Sí, señora.

Cleopatra ingresó a una oficina separada del resto, mientras apagaba todas las luces y cerraba la puerta tras de sí.

Helena, jadeando, prendió un par de velas y las puso a ambas puntas de su escritorio. Se desnudó por completo. No tenía ropa interior. Se sentó, abrió sus piernas y esperó a que Juana llegara hasta ella. Era un rito que ambas conocían a la perfección. Helena la dominatrix, Juana la dominada. Juana también ya desnuda, caminó hacia ella en la penumbra de las velas, se arrodilló delante de Helena y empezó a lamer su vagina. Los gemidos se multiplicaron. Elevó sus brazos y coordinadamente acariciaba los pezones de Helena. Un par de minutos pasaron hasta que comenzaron a besarse como dos enamoradas.

Como era su costumbre Helena interrumpió el acto.

Estiró su brazo y tomó un cinturón polla, que se colocó rápidamente.

—Ya sabes qué hacer mi princesa.

Juana se dio vuelta, introdujo el consolador en su vulva, mientras, jugaba con sus dedos, con la vagina de Helena. Ambas ardían de pasión.

— ¿Cómo vas, mi reina?

—Estoy a punto —contestó Helena mientras seguía empujando con el cinturón.

Jadeaban, suspiraban, sollozaban.

Hasta que en un momento se escuchó a ambas gritar de gozo. Explotaron.

Como siempre, sabían terminar a la misma vez. Se conocían demasiado. 


Juana salió de su posición, desprendió el cinturón y se echó a los brazos de Helena.

Allí permanecieron unos minutos. Calladas. Acariciándose una a la otra. 

Era una bella postal de dos amantes. 

—Juana, ¿estás preparada para tomar nuestro champán preferido?

—Sí, lo necesito. Llámala.

Helena se acercó al intercomunicador y le pidió a Cleopatra que entrara.

Helena y Juana saboreaban su presencia. Se acercó vestida con una ceñida túnica corta, de lino con pliegues, sandalias con tiras trenzadas hasta las rodillas, peinada y maquillada como la reina de Egipto. Traía una bandeja y dos copones dorados, que apoyó en el escritorio y agachó su cabeza. 

—Mi reina, mi princesa, vuestra esclava a sus pies.

—Gracias Cleopatra, cada día estás más bella. Quizás algún día puedas sumarte con nosotras. Si así lo deseas —dijo Helena.

Juana no estuvo conforme con el comentario.

—Puedes retirarte. Cámbiate y vete. 

Cleopatra volvió sus pasos por donde entró y regresó a la oficina. Limpió lo que le resultaba un ridículo maquillaje y cambió su ropa, volviendo a la normalidad. 

—Sra. Helena, Sra. Juana, me retiro.

Salió del despacho de Helena, extremadamente ofuscada, no sin antes jurar que algún día se vengaría de ambas. Ya no soportaba la humillación a la que era sometida sistemáticamente.


Mientras ambas se vestían, Helena comenzó a hablar de negocios.

—Juana, hoy me vino a visitar un tal Jesús Suárez. Quiere alquilar el local 58. Me interesa la idea que trae. Por favor ponte a su disposición.

—Si tú me lo pides mi reina, así será. Creo conocerlo. ¿Qué quiere hacer?

—Que él te lo explique, pero no lo dejes escapar. Es un negocio con cajas de seguridad. Necesito que Procustodia sea su proveedor. Y, por favor, atiéndelo personalmente. Dile que yo te llamé. ¡Sé que llamará tu atención! 

— ¡Eso sí que me gusta! No te preocupes. Yo me encargo.

Se abrazaron, se besaron entrelazando sus lenguas y se despidieron.  

 

 




  

Capítulo 10 – Los primeros pasos: Juana

Al día siguiente 6 de enero, el mismo ritual. Pese a ser el Día de Reyes, en sus oficinas administrativas, se trabajaba normalmente. El dinero nunca descansa.

A las 9.45 estaba en la calle Venerable Juan de Santiago, muy cerca de Argentavis, en las oficinas de Procustodia.

A diferencia de Argentavis, hallé oficinas minimalistas, pequeñas, sólo para trabajar, sin mayores comodidades.

Me hicieron pasar a una pequeña recepción y apenas diez minutos después, la señora Muralla en persona, me escuchaba atentamente.

En mis averiguaciones previas supe que Juana Muralla tiene 56 años de edad, enviudó hace cinco años, cuando su marido falleció después de ser encarcelado por actividades financieras poco claras. Justo es decirlo, fue un juicio con una exposición mediática desproporcionada. Condenado antes de ser condenado. A los pocos días de haber ingresado a la cárcel, el Sr. Juan Ignacio Muralla, perdía su vida por un paro cardiorrespiratorio. Ella siempre usa su apellido de casada, y es famosa por manejar Procustodia con mano dura. Sus empleados la temen.  

—Sr. Jesús, quiero comentarle que parece que tenemos una amiga en común. Ayer recibí una llamada de la Sra. Helena Navarro, quien me pidió el mayor de los apoyos para su proyecto. Estoy al tanto, dígame en qué podemos ayudarlo, aunque me lo imagino. 

Quedé impresionado con la belleza de la mujer que tenía enfrente. Un cuerpo escultural. Aparentaba no más de cuarenta. Una blusa blanca de seda prácticamente transparente, dejaba ver su sostén y unos senos de tamaño más que interesante, siliconados seguramente, pero a mí poco me interesaba su material. Un pantalón negro del que asomaban un par de tacos aguja, cuando cruzaba sus piernas. Su pelo recogido, permitían ver unas pocas arrugas en su cuello. 

Una verdadera mujer de carácter, para hombres de mi edad, pensé.

—Muchas gracias por atenderme personalmente, Sra. Juana. Sé de sus obligaciones. Conocerla, para mí es un verdadero honor. Admiro a los empresarios exitosos. 

—Voy a permitirme tutearte, Jesús. Por favor haz lo mismo. ¿Sí?

— ¡Estaba esperando a que me autorizaras!

Reímos.

—Juana, eres de una belleza fascinante. Te había visto en alguna foto, pero lo que ven mis ojos es muy distinto.

— ¡Epa! ¿Has venido con ganas de hacer negocios o de conocerme? 

—Por ahora, Juana, sólo vengo por negocios. Ya tendremos oportunidad de tratarnos. 

—Espero que así sea. Te escucho Jesús, entonces.

—Juana, quisiera saber si pueden proveerme en carácter de alquiler de 10 módulos de 100 cajas de seguridad cada uno, y un módulo de cajas extra grandes, dentro de los próximos 90 días. Sé que son expertos en esto y proveen a casi todos los bancos del país.

—Jesús, veo que has ido al grano y estás bien informado. Estás en el lugar indicado. No tendremos problemas en arrendarte lo que necesitas, aunque posiblemente, nos demoremos unos 30 días para dos de los diez módulos que nos solicitas. Así podrás inaugurar tu empresa dentro de los plazos previstos.

—Y agradécele a mi amiga Helena. Tenemos varios pedidos que entregar previamente. Pero ella hizo hincapié en que quiere tu local funcionando lo antes posible. 

Una hora después me retiraba con el borrador del contrato de provisión, y el compromiso asumido por ambas partes para firmar en una semana el contrato de alquiler de los módulos. Adicionalmente me entregaron un resumen de las exigencias del Banco Central Europeo y del Ministerio del Interior del Gobierno de España, respecto de la bóveda que contiene las Cajas de Seguridad.

Lo más importante estaba hecho.

Estaba cansado y estresado.

Me tomé la tarde para disfrutar de otra batalla ganada, y me dije, “Jesús, te mereces unas buenas tapas”.

Quince minutos después estaba sentado cómodamente en el viejo y reconocido BAR SANTOS, sobra calle Magistral González Francés, con una salsa salmorejo y pinchos de tortilla de langostinos con espárragos verdes y una cerveza, delante de mí.

Con el primer bocado, abrí la carpeta que traía conmigo y me dispuse a leer las exigencias del Banco Central Europeo, respecto de la bóveda de contención de las Cajas de Seguridad y las cajas propiamente dichas.

PROCUSTODIA SA-MEMORANDUM INTERNO N° 263 

Resumen de medidas mínimas de seguridad en entidades financieras. 

Banco Central Europeo – Secretaría de Intervención de armas y explosivos – Ministerio del Interior – Cuerpo Especial de Policía del Gobierno de España.


Lo leí por completo. 

Veinte hojas de exigencias técnicas de las que poco entendía. Torretas de custodia, cajas de seguridad con doble cerradura, sistemas de ventilación, sistemas de cámaras, bóveda con cerradura de retardo y 100 millones de combinaciones, cientos y cientos de kilos de acero.

Pero además finalizada su construcción, se debía se remitir al Banco Central Europeo y a la Secretaría de Intervención de Armas y Explosivos, dependiente del Ministerio del Interior del Gobierno de España, y al Cuerpo Especial de Policía, el certificado de la obra con todos los detalles constructivos que avalen su aptitud, con el tiempo burocrático que esto suponía.

Debía llevar la firma de un profesional específicamente autorizado en este tipo de bóvedas. Estaban debidamente registrados en el Banco Central Europeo.


Al terminar de leer, estaba al borde del infarto. Jamás imaginé todo el trabajo que había por delante. Más aún, me había comprometido con Helena y con Juana, sin saber lo difícil que sería.

No pude cenar. Quedé atónito. Había “corrido” en vez de “caminar”. Demasiado rápido. Ni siquiera se me había ocurrido pensar en el peso de la bóveda o las exigencias para su armado.

¿Cómo meteríamos toneladas de acero de un centro comercial?

Había cometido una estupidez. 

¿Quién firmaría?

Estaba muy preocupado.

Tenía la opción de olvidarme del proyecto. 

Pero no. Creía en él. Creía en el éxito y en la soga que ganaríamos. Seguí adelante.


Estaba obligado a comenzar a armar el equipo de trabajo y buscar inversores en forma urgente. Los plazos eran muy cortos. Quizás demasiado.

Pero lo más importante era conseguir alguien que tuviera conocimientos acerca del armado de una bóveda.

¡Y que estuviera registrado en el Banco Central Europeo!

Empecé a pensar en voz baja. Mínimamente el equipo de trabajo debería estar conformado por un experto en finanzas en el que recayera la responsabilidad del negocio. Sería el encargado de guiar el negocio y agregar nuevas unidades de negocios, aunque yo lo ayudaría en este tema.

Un ingeniero o arquitecto que nos ayude con la armonía del local, su imagen, el lay out de recepción, la ubicación de las cajas de cobranzas, salas de negocios, y el tránsito de los clientes con su dinero; un gerente general, encargado de lo operativo, básicamente movimiento de dinero, control y auditoría. Y específicamente debía saber mucho, mucho, sobre bóvedas. 

Adicionalmente al menos invitaría a tres inversores más. Necesitábamos euros, muchos euros.

Varios nombres se me vinieron a la cabeza. 

Sin dudarlo invitaría a ser parte del proyecto a mi amigo experto en finanzas, José Gónca, Contable Público de profesión y especialista en finanzas. No era un incondicional, pero siempre valoré su inteligencia. Hicimos amistad siendo compañeros en algunas materias básicas en la UCA. Recibió merecidamente la medalla de oro. Un desempeño académico excepcional. Con sus conocimientos podría ser el Ministro de Economía de la zona Euro o discutir de igual a igual con el presidente del Fondo Monetario Internacional. Multimillonario, alto, siempre de pelo corto, morocho, delgado. Por su cola chata se le caían los pantalones, lo que lo obligaba permanentemente a hacer un raro gesto con la mano para levantárselos. Un chofer siempre a su disposición, detesta manejar. Sus empresas son una especie de caño de cien milímetros, por el que se transporta el dinero que producen. Lástima que era un enamorado del dinero y no del familión que tiene. Nunca terminé de entenderlo. Quienes alguna vez trabajamos con él observamos el pésimo cambio organizacional que se produjo en su empresa y en su propia personalidad, cuando contrató a Cleopatra Alarcón. La misma consejera de Navarro. Al renunciar Cleopatra, todo volvió a la normalidad. Hace unos años dejó de trabajar en sus empresas y delegó el mando en sus hijos. Pensé que podría interesarle volver a trabajar.

Recordé al arquitecto e ingeniero Otoniel Sánchez. Amigo íntimo de papá. Me llevaba unos cuantos años. A su edad trabajaba como si tuviera treinta. Era un apasionado de su profesión. Otoniel era cincuenta por ciento, lealtad y el otro cincuenta por ciento, capacidad. Nada más necesitábamos. Desarrolló su experiencia principalmente en locales comerciales, dentro y fuera de los grandes centros de consumo. Esto nos sería muy útil. Aún recuerdo su primer gran trabajo del cual siempre se enorgullecía. Ni bien regresó de los EEUU de profundizar sus estudios, y casi sin experiencia alguna, un empresario que pertenecía a una reconocida familia cordobesa y que había vendido su participación accionaria en su empresa, porque ya le había afectado la salud, le encargó proyectar un bar. Fue proyectado al finalizar la Galería de la Inquisición, sobre calle Manríquez. Un pequeño espacio en el que además de la necesidad de brindar los servicios propios de un bar, la imagen fuera única. Y lo logró. El dueño lo llamó SNACK 78, año en que se inauguró. En aquel momento era un novel arquitecto, casi sin experiencia, con innovadoras ideas. Un par de años después conseguía el título de ingeniero. Ya mostraba uñas de ser un brillante profesional. Sabía que había participado en la concepción de Procustodia. Ergo, experiencia no le faltaba. 

Pensé en el contable Luis Miguel de los Ángeles, como gerente general. Tenía años de trabajo en la tesorería de varios bancos, entre ellos el Banco Nacional de España. Hombre de profundos conocimientos en operaciones financieras, y con amplia experiencia en la logística del dinero. 

Hice una lista con más de diez nombres. Elegí a tres de ellos, como inversores y socios. El primero Héctor Hércules Romero, prominente empresario venido a menos, a quien se le reconocía a la distancia por su marcada metrosexualidad. Visitaba a diario el gimnasio, desarrollando sus músculos que mostraba orgullosamente, hidrataba su piel a diario con cremas importadas de Francia, su pelo muy cuidado corto y brillante, vestía siempre a la moda. Lo ayudaba su metro noventa de estatura. Una especie de escultura humana, con un buen patrimonio. El segundo, Juan Alfonso, un adinerado hombre proveniente del negocio de las tarjetas de crédito, con valiosos contactos a nivel político; y el tercero Diógenes Albir, el mejor abogado de todos los tiempos. A los tres los invitaría a invertir en la empresa, y a integrar el directorio de LGC.

Salvo Otoniel, a quien conocía desde mi infancia, con el resto había tejido en diferentes ocasiones una incipiente amistad. Había tres elementos que nos unían: la ambición, el gusto por el dinero, y la buena vida, entendida como una vida de ostentación. Me resultaba difícil pensar que alguno no aceptaría el convite.  

Cité a Otoniel, en el bar SNACK 78, para las nueve de la mañana del día siguiente. Tuve que convencerlo para que cambiara su agenda, adelantándole parte de la idea que tenía.   

Esa noche estaba exhausto y asustado. Estuve al borde de chocar el auto un par de veces de regreso a casa. Los nervios me estaban traicionando.

Tomé una píldora de alprazolam de un miligramo, me di un buen baño de agua caliente, comí un par de claras de huevo, un cuarto de palta, dos galletitas y caí en mi cama. 

Ni siquiera recuerdo haberme dormido.

A las siete de la mañana, sonó el despertador de mi celular. Apenas si podía moverme. Pese a mis nervios había dormido muy bien. Me sentía descansado y con la cabeza despejada. La resaca del alprazolam sólo se supera con un baño de agua fría y un mucho movimiento corporal. Hice unos ejercicios para superarla, me vestí sin apuro y caminé hasta el SNACK 78.

— ¿Otoniel cómo estás? ¡Tantas cosechas sin vernos! 

—Jesús, a ti no te pasa el tiempo. Apenas se te asoma la pelada.

No me gustó su comentario, pero debía reírme.

  • ¡Ja! Amigo mío, necesito de tus servicios de manera urgente. 

— ¡Pues cuéntame!

Me tomé casi una hora y media para explicarle el proyecto de las cajas de seguridad con lujo de detalles. Los nombré, pero omití detalles del resto de los servicios. Otoniel rápidamente se entusiasmó. 

Pero, cuando vio los planos del local 58, le cambió la expresión. 

Su cara entró en pánico.

A simple vista le resultaba imposible imaginar una bóveda con mil cajas de seguridad y las necesidades de servicios que teníamos. A esta altura, para mí, la idea era un hecho y los futuros socios incorporaciones seguras. Ya pensaba en plural.

—Jesús, soy un hombre que no huye a los desafíos, pero no será fácil lo que me pides. Necesito un tiempo prudencial para analizarlo. También me interesa participar como socio del emprendimiento. En una semana tendrás la solución ante tus ojos. Habré de encontrarla. La idea de negocio me resulta indiscutiblemente única.

—Gracias, Otoniel, necesito de tu mejor saber y entender y de ese contagioso entusiasmo que tienes. No puedo fracasar. Ya me comprometí con Navarro, y a los Muralla ya les solicité los módulos.

—Déjamelo a mí. En siete días volvemos a vernos.

—Otoniel, sé que tú puedes. Y déjame preguntarte algo. ¿Estás registrado en el Banco Europeo para firmar este tipo de proyectos?

— ¡Me extraña tu pregunta Jesús! Obviamente que sí. Soy uno de los tres autorizados en España. Apliqué para los proyectos de Procustodia.

En la siguiente hora y media, seguimos dialogando sobre “bueyes perdidos” y más precisamente sobre su participación. Salí del bar más tranquilo. Otoniel era muy bueno en lo suyo. Acordamos su participación en un 10% en la sociedad, por el proyecto y dirección técnica de la obra. Aportaría un 5% en dinero en efectivo.

Lejos estaba de resolver el problema, pero lo dejé en muy buenas manos.


Tampoco había iniciado el estudio de mercado. Necesitaba tener una idea de los precios vigentes. Visité en una mañana cuanto banco y caixa operaba en la Córdoba andaluza, consultando los precios de alquiler de cajas. 

De 1000 a 1200 Euros al año, la de mayor tamaño.

Recordé las palabras del Cr. García de LGC de mi Córdoba natal: nuestros precios son superiores a la de los bancos. Los clientes valoran nuestra discreción y horarios de atención. Adoran contar dinero los fines de semana. Adoran la ausencia de miradas de extraños. La guita llama a la guita.

Nuestro precio del servicio de Cajas de Seguridad estaría entre un 30% y un 50% superior al de los bancos. 

La discreción y el horario extendido debían cobrarse.

Lo importante es que los clientes estén dispuestos a pagar. Y no tengo dudas de que así será.

Con estos precios y calculando un promedio de 70% de ocupación de las Cajas disponibles, la rentabilidad sería excelente. 

Y era sólo el comienzo.



Mientras caminaba hasta el auto, cité uno por uno al resto del equipo que imaginé a comer una paella en casa. Evité a Otoniel. Era el que menos entendía sobre finanzas, el de mayor edad y quizás, el de mayor aversión al riesgo. A todos les dije lo mismo. 

“Los espera una sorpresa. Una lluvia de dinero caerá sobre vosotros”.

Fui al gimnasio, y me preparé para recibir a mis invitados. Todos se conocían o al menos habían escuchado hablar unos de otros. Todos eran reconocidos en sus actividades.

A las diez de la noche, todos mis invitados estaban presentes. Tal como lo preví, asistencia perfecta. Definitivamente la soga atrae la soga. Había preparado una presentación como si estuviera en un congreso de marketing y finanzas. Antes de empezar, les hablé sobre la necesidad de mantener la confidencialidad, sobre el proyecto que les iba a comentar, lo que aumentó el interés de mis comensales.

Tenía sólo esta oportunidad.

Debía convencerlos. 

Si bien les presenté la idea, el presupuesto y el flujo de caja, faltaba ajustarlo, darle la última puntada. 

José pidió la palabra. Supuse que lo haría.

—Dime, Jesús. ¿Podrías enviarme ese flujo de caja que has preparado para poder revisarlo más profundamente?

—De un experto en finanzas como tú, no esperaba otra consulta de tu parte. Te lo envío por mail y te agradecería que ajustes todo lo que creas necesario. Yo trabajé sobre determinados supuestos. Puede que haya sido demasiado optimista. Necesitamos de tus conocimientos.

—Es exactamente lo que me preocupa. Es una idea innovadora, pero no estoy seguro de que el mercado la acepte. Los bancos satisfacen varias necesidades de sus clientes. Quiero comprender por qué nos elegirían.

Me pareció haber escuchado recientemente, algo parecido. Pero despejé mi mente rápidamente. 

El siguiente fue Hércules.

—Por favor envíamelo a mí también. Quiero revisar los aportes necesarios, y la participación que tendremos cada uno, si decidimos hacerlo. 

—Se los envío a ambos, y les ruego tengan mucho cuidado. No quiero que nos roben la idea.

Ambos se miraron y asintieron con un gesto.

Esta vez Luis Miguel de los Ángeles pidió la palabra. 

— ¿Somos conscientes de las características de la bóveda que necesitamos?

Me entusiasmó su pregunta, pero más aún el uso de la palabra “somos”. Sin darse cuenta los incluyó a todos. Eso de alguna manera sumaba al resto.

Estaba más que preparado para la respuesta. Tenía una segunda presentación que contenía la información.

—Gracias por tu pregunta, Luis. El arquitecto Otoniel Agustín Sánchez, amigo personal y experto en bóvedas, ya se encuentra trabajando. Obtuve de la normativa del Banco Central Europeo, cada una de las exigencias. Si me das unos segundos y me permites abrir una segunda presentación que preparé, podrán verlas.

—Lo primero que debo decirles es que debemos tener además de la bóveda, un castillete de vigilancia panorámica. El castillete es lo de menos. Lo importante es la bóveda que contiene las cajas.

Resumen de medidas mínimas de seguridad en entidades financieras

Banco Central Europeo – Secretaría de Intervención de armas y explosivos – Ministerio del Interior – Cuerpo Especial de Policía del Gobierno de España.

Castillete: cabina blindada en altura, que permita vigilancia panorámica amplia, con cámara de circuito cerrado de televisión, alarma a distancia y personal policial armado necesario que asegure la observación permanente del área afectada.

Blindaje: vidrios tanto opacos como transparentes deberán proporcionar protección contra impactos de munición calibre 7,62 mm. Nivel de protección balística RB4.

Troneras: deberán anularse para impedir su utilización.


—Y aquí la bóveda, seguramente lo que más les interesa.


BÓVEDA - TESORO

Tesoro blindado (cemento y acero) paredes, techo y piso, de 300 mm de espesor como mínimo, de hormigón armado de alta resistencia a la penetración, con dos mallados construidos en acero aletado de una sección de 25,4 mm, formando cuadrículas de 150 mm de lado, medidas entre centros, atado con alambre de acero en todos sus cruces o soldados eléctricamente. 

El hormigón deberá poseer una resistencia no menor de H-17 (170 kg por cm2).

Puerta principal: puerta constituida por una placa de acero exterior en un espesor no menor de 5/8" (15,9 mm) y una tapa de espesor sólido en chapa de acero no menor de 3/16" (4,75 mm) y, en el interior de esa cámara, un block de fundición de aleación de acero con una dureza uniforme no menor de 450 Brinell, altamente resistente al soplete oxhídrico, perforaciones mecánicas e impactos de alto poder de una sola pieza, en un espesor mínimo de 60 mm, que cubra la superficie total de la puerta. 

Deberá poseer 2 cerraduras de combinación numérica (para el tope individual de dos guías de movimiento de los pasadores) del modelo de eje indirecto, de cuatro discos con 100.000.000 de combinaciones, con cambio de clave a llave desde su plataforma interior, que no permita retirar su tapa posterior sin el previo armado de la clave en uso, garantizando el secreto del código en uso, provistas de dial anti espía y dispositivo de protección o cuellos salientes que impidan forzar sus ejes; o cerraduras electrónicas que proporcionen similar prestación.

Módulo interior bóveda tesoro con cerradura de retardo.

Las paredes, piso y techo de la bóveda deberán contar con un sistema de sensores sísmicos con microprocesador o con procesador de señales o de tecnología superior, con cumplimiento de alguna de las siguientes normas: VDS, CE, DIN, ISO o las que le resulten aplicables.

Todos los sensores, cámaras del circuito de cerrado de televisión deberán estar conectados al sistema de alarma a distancia enlazado al organismo de seguridad o policial de la jurisdicción.

Finalizada su construcción, se remitirá al Banco Central Europeo y a la Secretaría de Intervención de Armas y Explosivos, dependiente del Ministerio del Interior del Gobierno de España, el certificado de la obra con todos los detalles constructivos que avalen su aptitud. 


Evité mirarlos mientras leía. Cuando volví la vista hacia ellos, francamente me asusté. Quedaron atónitos. Se miraban unos a otros.

— ¿Qué opinas Luis?

—Es un buen resumen, nada que no hubiera leído antes. La pregunta no es sólo qué debe hacerse, sino cómo. Es decir, ¿estás seguro de que esto puede hacerse en el local elegido?

—Quédense tranquilos. El arquitecto e ingeniero Otoniel, a quien les mencioné hace unos minutos, ha preparado sin cargo alguno, una serie de bocetos, algo detallada, que me permiten afirmarles, que además de ser factible, en un par de meses podríamos estar operativos. Incluso consultó acerca de la resistencia del hormigón dentro del Argentavis y la respuesta fue “no habrá problema alguno”. 

Al unísono y con las mismas palabras Hércules y José dijeron: 

— ¡Quiero ver un juego de esos bocetos!

Eso distendió por completo la reunión y me comprometí a enviárselos a todos. 

Mentí. Otoniel, me había comentado que tenía la solución y me enviaría unos bocetos en unos días. No existían todavía. La única alternativa que me quedaba era demorar el envío unos días.

—Les tengo una sorpresa para terminar la velada: churros o arroz con leche para el que prefiera, café Luwak traído de Bali, Indonesia e independientemente del resultado de esta tertulia, brindaremos con espumante Pol Roger Sir Winston Churchill de 1988.

Elegí el espumante pensando en un liberal, visionario, y líder como Sir Churchill.

El abogado Albir y Juan Alfonso, quienes prácticamente no habían expresado palabra alguna, se pusieron de pie, levantaron sus copas y pidieron un brindis: por nuestro anfitrión y por el éxito que nos espera.

Se propagó el entusiasmo. Se veía en sus caras. Sólo Hércules y José seguían hablando en voz muy baja, impidiendo que los escuchara. Chocamos las copas y después de algo dulce y mucho espumante, se retiraron.

—Y les recuerdo que “la guita atrae la guita”.

Todos me miraron. 

—En la Córdoba de Argentina, significa que la “soga” atrae y multiplica la “soga”. 

 

Estaba exhausto, pero seguro del éxito. 

A las dos de la madrugada despedí al último invitado de aquella noche. Todos, en principio, aceptaron participar en la empresa y en las funciones que yo mismo había propuesto. Sólo quedaba establecer claramente participación y aportes definitivos de los futuros socios. 

Y que José y Hércules terminaran de revisar la información que les enviaría.

La pasé mal aquellos siete días. Los nervios me carcomían. Decidí que el Guadalquivir, mi río, fuera mi válvula de escape. Fui a casa de mamá y saqué del galponcito del fondo lo poco que quedaba de mi Cinzia. Salí a correr por sus orillas, tres días mientras alistaba mi vieja y amada bici. 

Estirando por completo el caño del asiento, apenas si podía pedalear mientras las rodillas pasaban la altura de mi cintura. Me vi raro, pero lejos de ver un cincuentón, veía aquel niño que fui, cuando me subí en ella.

Ante de mi primer paseo por el río, pasé a visitar a Antonia.

Sonrió a carcajadas. No podía detener su risa.

—Pero, ¿qué ven mis ojos? ¿De dónde salió esa “cosa”?

—No es una “cosa”. Es mi vieja bicicleta.

— ¿Eso es una bicicleta? ¿Una bici que se parte al medio? ¡Qué cosa interesante!

—No le llames “cosa” a mi bici. Es plegable. Papá tiene otra. Las plegábamos, las atábamos sobe el techo del Citroën, salíamos a recorrer el río.

—Está un poco oxidada, pero ¿llevas a este amor tuyo a dar una vuelta?

— ¡No! ¡Reíste de mi “cosa”! Solía tener como una parrilla para llevar a otra persona, pero no pude encontrarla. Te dejo sola.

— ¿En ese caso me la prestas para dar una vueltita?

—Tampoco.

—Bueno, seguiré trabajando y me vengaré en nuestro próximo encuentro.

Me fui sabiendo lo que eso significaba. Me haría sufrir un poco en nuestro próximo encuentro. Ya estoy excitado. 

— ¡Adiós! ¡El río me espera!  


Cumpliendo como siempre, siete días después, mi amigo Otoniel, me explicó sus ideas, nuevamente en el SNACK 78. La desesperación me invadía. José y Hércules reclamaban los bocetos y carecía de excusas.

Traía una docena de planos. Mis ojos no podían creer lo que estaban viendo. Una maravilla de la arquitectura con el lay out resuelto. Había dibujado a nuestros clientes y empleados, y el eventual camino que seguirían cada uno para recibir el servicio que necesitaran. 

Era como un mapa de servicios. No sólo factible, sino que había lugar suficiente para las distintas unidades de negocio que tenía en mente. 

Me volvió el alma al cuerpo. 

—Otoniel, eres el mejor, lo lograste. El proyecto me parece casi un milagro. Pero debo hacerte una pregunta importante. ¿Has hecho algún cálculo del tiempo de obra que necesitaremos, para poner todo a punto?

—Jesús, imaginé tu pregunta. Y tengo la respuesta. Disponiendo de los recursos necesarios, en noventa días deberíamos estar listos para recibir los módulos de Procustodia. Llegados los módulos, no creo que nos tome más de una semana el armado de los mismos dentro de la bóveda. Habría que aprovechar el primero de mayo, uno de los pocos días al año que Nuevocor Argentavis estará cerrado, y eso nos permitiría trabajar con tranquilidad el ingreso de los módulos. Su excesivo peso dificulta su traslado. Será un verdadero dolor de cabeza. Necesitaremos rodillos, grúas y elevadores hidráulicos. Pero ya lo he hecho sin mayores inconvenientes, en varios bancos. También consulté acerca de la capacidad de soporte de fuerza y peso de la estructura de Nuevocor y no habrá ningún problema. Quédate tranquilo. Ni bien me confirmes el trabajo, me pondré en ello de cabeza.

Luego de ratificarle el trabajo, y adelantarle un cheque de tres mil euros, nos despedimos. 


La realidad es que estaba muy preocupado. Hasta que Otoniel me mostró su proyecto. 

Una solución brillante. Pensé que era imposible. 

Una vez más, mi horóscopo como siempre me acompañaba y me guiaba hacia el éxito. 

Recuerdo que la primera vez que leí mi horóscopo aprendí que Libra es uno de los signos cardinales que representa el equilibrio y la armonía; de allí la balanza. Pero cierto es decir que los librianos simbolizamos la dualidad de la mente, la capacidad de ver las dos caras de una misma moneda y es la diosa Venus la encargada de inclinar uno de los platillos. 

La inclinó, una vez más, hacia mí. 

Somos versátiles. El aire es nuestro elemento favorito, tenemos la capacidad de comunicarnos, la iniciativa en los negocios, alta capacidad intelectual, adoramos los viajes, a los hermanos, a los amigos de la infancia, los idiomas y, particularmente, el desarrollo de la mente.

Dicen que la estación preferida de los librianos es el otoño, que son de carácter divertido, amables y elocuentes.  Pero también son bastante charlatanes, mentirosos y muy superficiales. Usualmente utilizamos esos atributos para conseguir nuestros propios objetivos y lamentablemente somos capaces de recurrir a la mentira sin perder el encanto, para lograr lo que queremos. Se dice que somos de carácter doble, bastante complejos y contradictorios.

Así era yo, un poco de cada cosa.

No todo le conté a Otoniel. 

No le mentí. Sólo omití alguna información. Me guardé mis planes futuros.

Temí que la actividad de prestar dinero lo asustara.

Estoy tranquilo. Quiero seguir adelante.

Capítulo 11 – Nace LGC

LOGISTICA, GESTIÓN y COBRANZAS. S.A. eligió sus primeras autoridades, formalmente, el 9 de diciembre de 2009. Como dicen los notarios “conforme” Asamblea General Ordinaria N° 1 de Elección de Autoridades Ley 19/1989/17832 del Gobierno de España. Aquel día se designaron como presidente al Sr. José Gónca, Contable Público de profesión, a mí, Jesús Williams Emerico Suárez como vicepresidente y a cargo de la gerencia de Desarrollo de Nuevos Negocios y Marketing, y a los Sres. Otoniel Sánchez, Héctor Hércules Romero, Juan Alfonso y Diógenes Albir, como directores. El contable Luis Miguel de los Ángeles, sería nuestro gerente general. Constituimos domicilio en calle Alonso El Sabio 10, Local 58 del Centro Comercial NUEVOCOR ARGENTAVIS.

Habíamos previsto inaugurar el domingo 7 de junio, casi 6 meses antes. Las obras se retrasaron. Tuvimos problemas de todo tipo y tamaño. No terminamos la bóveda a tiempo, pero eso no tuvo importancia. Procustodia no cumplió con la fecha de entrega de los módulos, sino hasta tres meses después.

Por fin, para los primeros días de diciembre, todo estuvo casi listo. Sólo restaba la instalación del sistema de administración y facturación, y capacitar a los primeros seleccionados como colaboradores.

El 20 de diciembre presentamos LGC ante la prensa. 

Gacetillas de prensa, quince medios locales, invitaciones personalizadas a casi cuatrocientas almas, entre ellos periodistas, comunicadores sociales, los más de ciento cincuenta arrendatarios de NUEVOCOR, personas influyentes, todos invitados al Hotel NH Córdoba Califa, en calle Lope de Hoce. 

Contratamos, para la presentación, a la actriz más famosa de la Córdoba Andaluza: Carmen Antonia Díaz. 

Un buen brindis para empezar y ensalzar a nuestros invitados y luego la “frutilla del postre”.

Paré a hablar con José a medida que saludaba a los invitados.

—José, esto es un éxito.

—Mi Jesús querido, aquí hay demasiada gente. Tu capacidad en el marketing debo admitir que es impresionante, pero no me place tanta exposición.

—José, esto es lo que necesitamos. Hacer ruido, mucho ruido. Mañana el local explotará de interesados.

—Seguiré saludando amigos. Pero me parece demasiado. Después nos vemos.

Nunca entenderé a José. No aprecia las ventajas de estar en la cresta de la sociedad, pese a estarlo. Cultiva el bajo perfil.

La convocatoria fue un verdadero éxito. Incluyó un “paseo” en 3D, en el que yo mismo y la señora Díaz, como protagonistas, ingresábamos al local 58, éramos atendidos con sobrada soltura por Gastón, a quien presentamos como nuestro primer colaborador, contratamos nuestra CAJA de SEGURIDAD, fuimos acompañados hasta la misma, nos mostraban las condiciones de seguridad excepcionales de la bóveda tales como la doble cerradura con retraso de apertura y 100 millones de combinaciones posibles. 

Aplausos. Muchos aplausos recibimos.

—Les pido un aplauso más. Sólo uno más para nuestra anfitriona, la señora Helena Navarro.

Ella se puso de pie mientras el iluminador la encontraba y el sonidista acompañaba con música instrumental. Su vestido gris a la rodilla, de lentejuelas, brillaba. Agradeció con un leve movimiento de cabeza y volvió a su silla.

La presentación fue una verdadera conquista. Causamos sensación.

Los diarios reflejaban la imagen que queríamos promover. “Sus ahorros cerca de su casa los 365 días del año”.

El Diario Córdoba, tituló “ARGENTAVIS dio un paso adelante en la atención a su público. Ahora cajas de seguridad para sus clientes”.

El diario El Día de Córdoba, en primera plana: “Un nuevo servicio para los ahorros de los cordobeses”.

Cordobainformacion.com, la web de noticias más visitada de la ciudad se sumó a nuestro slogan: “Ahora en Córdoba, sus ahorros cerca de su casa los 365 días de año. Inauguró LGC”.

Francamente le auguro poca vida al diario de papel. Tengo la impresión de que, si no se suben a internet, correrán riesgo de desaparecer.

Diario Sur, en su portada, mostraba, “LGC, un nuevo servicio para los cordobeses”. 


Y así fue. El lunes 21 de diciembre, LGC tuvo que cerrar sus puertas en varios momentos del día, debido a la imposibilidad de atender como correspondía a cada uno de nuestros eventuales clientes., Diría que un caos que organizamos como pudimos. Nos sobrepasaron. 

  En apenas treinta días el setenta por ciento de las cajas de seguridad habían sido alquiladas. Y la demanda crecía día a día.

Rápidamente logramos consolidar la imagen de la empresa.  

Aumentamos los precios. Pese a ello la demanda no se detenía. Si algo aprendí aquellos días fue que el dinero no se toma descanso, vive en movimiento. Y sus dueños tampoco descansan. 

Aquí estaba la clave del crecimiento del negocio.

A fines de mayo de 2010 con casi la totalidad de las cajas alquiladas, el informe interno y confidencial, muy breve y conciso, presentado por nuestro Gerente General, era muy elocuente. 


Sr. presidente, Sr. vicepresidente, Sres. directores y accionistas:

El 80 % de las visitas a la bóveda se producen los sábados y domingos. 

Profundizo. 

Claramente, nuestros clientes esquivan al sistema financiero tradicional. Esquivan a los bancos. O al menos disfrutan del horario extendido.

Nuestros titulares de cajas de seguridad ya pueden guardar su dinero lejos de las autoridades de control y moverlo sin que quede asentado en registro alguno. 

Ya podían olvidarse de Suiza.

Y me permito sugerir un nuevo slogan.

 “LGC ES SEGURIDAD SUIZA A METROS DE SU CASA”.

Por los comentarios que reciben nuestros colaboradores de los clientes, en un 90% guardan dinero. El resto alhajas. Valoran poder ir a una fiesta, retirar sus alhajas esa misma noche y devolverlas, a primera hora del día siguiente. Lo consideran un excelente servicio.

Saludos,

Contable Luis Miguel de los Ángeles.


Hubo algo en este primer informe que me quedó dando vueltas en la mente: el 90% de nuestros clientes guardan euros.

Me sentía agrandado, mi sueño se había cumplido. El equipo funcionaba muy bien. Era un verdadero equipo de gente preocupado por su futuro y el de LGC.


Capítulo 12 – Comenzamos a crecer

Dentro del lay out, estaban previstas dos cajas recaudadoras para el cobro de servicios e impuestos. Había imaginado cerrar algún acuerdo con PRONTOPAGO o PAGOCÓMODO. Pero preferí crear nuestra propia marca; simple, sencilla, pero eficaz: LGC-COBRANZAS.

Logré cerrar varios acuerdos rápidamente con distintos “mandantes”: algunos de los ocho municipios en que se divide la ciudad ya se habían acercado a pedirnos el servicio de cobro de tasas e impuestos, edificios y sus gastos de comunidad y la UCA, lo mismo algunas academias y escuelas. 

Cerrados los acuerdos; ya teníamos una masa crítica suficiente para hacer frente a los costos adicionales para brindar el nuevo servicio. Sólo restaba seleccionar el cajero.

Lanzamos el nuevo servicio en abril de 2010. 

Con una pequeña campaña de distribución de folletos dentro de Nuevocor Argentavis, previa autorización de su gerente, el servicio tomó vida rápidamente.

Reiteradamente, el horario extendido y la atención durante los fines de semana era lo más valorado por los clientes.

Dos problemas debimos enfrentar rápidamente. La cantidad de gente que formaba una larga cola, molestaba a otros locatarios y vecinos, y el excesivo tiempo de espera fastidiaba a nuestros clientes. Es cierto que todas las bocas de cobranzas de este tipo de sistema funcionan igual de mal, pero yo quería cambiar la historia. 

En la facultad aprendí lo poco que sabía sobre la teoría de las colas, que estudia los factores que afectan el tiempo de espera y cómo resolverlos. 

Telefoneé a Sergio, “El Armero”, estaba seguro de que podría ayudarme. Una vez que le expliqué el problema, me respondió.

—Mira, Jesús. En una obra de un tendido eléctrico cerca de Málaga a la vera de la autopista AP-46, tuvimos un problema que no pude resolver. Había que coordinar de manera muy precisa el ingreso de camiones que traían postes, la colocación de ellos, el tendido de cables y la salida de camiones. A simple vista parecía muy fácil, pero en el terreno resultaba un desastre. Tarde o temprano nos veíamos obligados a solicitar el corte de media calzada a la Dirección de tráfico del ayuntamiento. Hasta que desde allí me solicitaron que resolviera el problema o se verían obligados a parar la obra. Como el contrato preveía esta sanción, al problema había que resolverlo.

—Perdona, Sergio, pero no entiendo la relación entre un caso y otro. 

—Tú no la ves, como yo tampoco comprendía cómo resolver mi problema. Di con don Pedro Lorenzo Guillomia, un especialista en matemáticas e investigación operativa. Te recomiendo hables con él. Tengo la impresión de que podrá ayudarte.

—Sigo sin entender, pero pásame su teléfono.

—En cinco minutos te llama mi secretaria y te pasa el dato. 

—Ok. Gracias, Sergio. ¿Algún nuevo escabeche de ave para probar?

—Te sorprenderé la semana entrante. Con un par de disparos conseguí algo muy especial.

—Me imagino. Paso a verte en unos días.


Un par de días después de que le enviara por mail a don Pedro Guillomia la información con detalles, “lo más preciso que pudiera”, tal como me lo pidió, lo tuve frente a mí. 

Un hombre petiso de un metro sesenta de estatura, prácticamente pelado, gruesos y viejos anteojos, tan viejos como sus portafolios. No usaba computadora. Sólo un cuaderno, lápiz y papel. Todos los cálculos los hacía con su mente. Excepcionalmente se ayudaba con una calculadora de mano.     

Me explicó la teoría aplicada a nuestro caso en particular y las soluciones que había pensado. 

—Don Jesús, lo suyo es muy sencillo. Los clientes requieren el servicio, ingresando a la fase de entrada, sumándose a la cola. Mientras otro miembro de la cola es seleccionado para ser atendido por el cajero. Una vez atendido se retira del sistema. En su caso, el problema se denomina tamaño de la cola, que no es más que la cantidad de personas que requieren el servicio al mismo tiempo. Según usted me lo explicara en su mail tienen momentos del día en que la cola es corta, y momentos en la que parece infinita. La manera más fácil de resolver el problema, es agregar un cajero. Así lo aconsejan mis cálculos. Pero mis cálculos también me dicen que los costos incrementales de agregar un cajero, son superiores a los ingresos que produciría el servicio. Por lo tanto, descarté esta posibilidad. 

Por fin don Pedro, el matemático, sugirió una solución aplicable.

—Lo que tengo para decirle es que en este caso la lógica matemática, es la que me ha llevado a una posible solución, con muy pocos costos incrementales. Pero la solución no la encontré en las matemáticas. 

Me explicó paso a paso su sencilla idea. Básicamente se trataba de entretener a quienes esperaban su turno. Como cuando uno va a un odontólogo y lee alguna revista, mientras espera. 

La primera decisión fue que colocar seis pantallas publicitarias led. Allí pasábamos video clips musicales, publicidad de LGC-COBRANZAS y de los vecinos, aquellos a quienes molestábamos con la cola que formaban nuestros clientes. Para los últimos de la cola colocamos un conjunto lineal de treinta sillas, con una mesa ratona cada seis, cuyo frente daba a las vidrieras de esos vecinos y aprovechamos, por último, las mesitas ratonas para organizar junto a nuestros vecinos, la distribución del ofertario semanal. 

Resultó un éxito. El servicio comenzó a funcionar casi a la perfección. Los tiempos de espera no se redujeron, pero los clientes se entretenían, con las distintas actividades que les propusimos y se retiraban con la sensación de haber sido muy bien atendidos.

El famoso don Pedro había acercado una solución que debió salir de nuestras propias cabezas. Era pura aplicación del “buen criterio” y de la observación. 

Costó casi cuatro mil euros.


A la semana que empezamos con el nuevo sistema, apareció la bella Cleopatra. Era casi el mediodía.

—Buenos días. ¿El Sr. Jesús se encuentra?

—Señora, buenos días. Mi nombre es Fermín, y si me da un momento, la anuncio. ¿Su nombre?

—Sí. Muchas gracias, espero. Dígale que Cleopatra lo busca.

—Tome asiento, por favor.

Fermín tocó a mi puerta.

—Sí, ya la vi, Fermín. Estos vidrios espejados son una maravilla. Veo, pero no me ven. No la dejes pasar, ya voy a su encuentro. Gracias.

A medida que Fermín se acercaba, Cleopatra se puso de pie e intentó pasar antes de que le permitieran traspasar mi puerta.

—Tome asiento Sra. Cleopatra por favor. En un minuto el Sr. Jesús estará con usted. Termina una llamada y la atiende.

La observé desde mi oficina. Parecía incómoda y a la vez oteaba a cada uno de los miembros de la empresa. Tomé aire y salí a su encuentro. Definitivamente esta mujer no me “piache”, pensé.

—Cleopatra, qué gusto tenerte por aquí. ¿A qué se debe tu visita?

— ¡Tanto tiempo Jesús! No me invitarás a tu oficina.

—Por supuesto que sí. Sígueme.

—La Sra. Helena me ha enviado a agradecerte los cambios que han realizado. Ha recibido una serie de felicitaciones de vuestros vecinos, que les pertenecen y quiere hacérselos saber. LGC se comporta tal como lo necesitamos.

—Así que Helena te ha enviado para ello.

—Así es, ¿hubieras preferido a Abigaíl?

—Por favor, Cleopatra, no he dicho semejante cosa. Sólo es que creo hubiera sido suficiente una llamada telefónica. Y dile por favor que le agradezco su mensaje y la visita de la mensajera.

—Es parte de nuestro protocolo.

—Mira, Cleopatra, son casi las dos de la tarde. ¿Quieres almorzar conmigo, algo rápido, aquí dentro del Argentavis?

—No puedo rechazar semejante invitación. Mi esposo está de viaje, así que no tenía con quien almorzar.

—A comer entonces.

No me gustó ninguno de sus dos comentarios. Elegí la mesa más expuesta que encontré. No quería malentendidos. La tuve que soportar con mi mejor cara, casi dos horas. Me cae peor que antes.   

  


Al final de cada día, se contaba el dinero, y se lo conciliaba con los comprobantes de cobro emitidos, y se cerraba la caja. El dinero en efectivo se guardaba en la bóveda, donde ya habíamos previsto una CAJA de SEGURIDAD de grandes dimensiones, para ese fin.

Todos los días disponíamos de dinero en efectivo. Mucho efectivo que liquidábamos a nuestros mandantes 72 horas hábiles después. 

La pregunta era: ¿qué se puede hacer con ese efectivo, mientras lo tenemos en nuestro poder?

Y en este momento recordé al gerente de LGC de mi Córdoba natal.

Así nació la segunda unidad de negocios de LGC.

Dar préstamos a corto plazo, era la respuesta. Trabajar el dinero de nuestros mandantes. Lo hablé con nuestro experto, Gónca.

—José, ¿qué opinas si empezamos a dar préstamos cortos, de pago diario, con el dinero de LCG-COBRANZAS?

—Jesús me has leído la mente. Si bien el dinero no es nuestro ¿eso lo entiendes? —interrumpió.

—Sí, por supuesto.

—Sigo entonces. Si bien el dinero no es nuestro, sabes como yo que la clave es calzar el dinero que entra con el que sale. Déjame que haga algunos números y te los muestro.

— ¡Listo! Me alegra que el que más sabe crea en la idea. 

—No te apures, déjame que lo estudie. 

   

Entonces, como señala el dicho, pusimos “manos a la obra”.






Capítulo 13 – ¿Empezamos a prestar?

— ¡Hola, papá!

— ¡Hola, hijo mío, llevas un par de semanas sin hablarme!

—No me digas eso. He hablado con mamá y estoy al tanto de todo lo que sucede en casa.

—Sí lo sé, pero estoy celoso. ¿Está mal?

—Eres siempre el mismo. Tienes siempre en mente la posibilidad de molestarme cada vez que puedes. 

—Es que extraño aquellos paseos contigo recorriendo el Guadalquivir.

—Yo también papá, pero debo trabajar.

—Hablando de eso. Leí que han lanzado un nuevo servicio. ¿Puede ser?

—Así es. Nos va mejor de lo que habíamos planificado. Y ya que te tengo al teléfono quiero pedirte un favor. ¿Podrás prestarme la casa el próximo domingo 6? Necesito un lugar cálido y donde me sienta “como en casa”. Quiero presentar una nueva idea a mis socios.

—No hay problema. Nosotros cocinaremos para ustedes.

—No, papá. La reunión debe ser sólo para los socios.

— ¿Nos estás echando de mi propia casa?

— ¡Algo así! Pero les he reservado dos habitaciones en la Villa Dolores. ¡Pago yo!

—Me estás ofreciendo un negocio que sabes no puedo rechazar. Odio que me corras de mi casa, pero si es por mí acepto. Hablo con mamá y te llamo.

—Gracias, papá. Te mando un beso.

—Dos besos hijo. Y antes de que cortes déjame decirte algo. Trabajas mucho para ti mismo, ganas dinero, más que suficiente o al menos eso parece. ¿Cuándo contaremos tu madre y yo con tu ayuda en el comedor para los niños? De nada te servirá tanto dinero si no lo compartes. Yo nada quiero para mí. 

—Te debo una, papá. Prometo visitarlos y ver en qué puedo ayudar.

—Sólo necesitamos tu presencia y tus manos, hijo mío.

—Dame unos días, te lo prometo.

Corté. Una vez más, me sentí en deuda. Creo que a mi padre le gustaría que mirara la realidad de otra forma, que me fijara en las necesidades del prójimo. Nos movemos en mundos distintos.


El domingo 6 de junio 2010, recibí al Directorio y a nuestro Gerente General en una segunda gran paellada en casa de mis padres. De postre, pastel cordobés hecho por mamá, petiños, churros, y mi favorito, arroz con leche.

Todo casero y a elección. 

Mientras tanto, a cocinar me dije. Corté en trozos el cerdo y los filetes de pollo a lo que agregué unos dientes de ajo, unas cuantas cebollas, pimientos rojos picados, evité los pimientos verdes porque los detesto y puse todo al fuego hasta que tuvieran el color adecuado. Preparé en un sartén los camarones y langostinos hasta dorarlos; agregué los calamares y el tomate. Cuando todo estuvo cocinado, eché todo a la paellera, junto con agua hirviendo y el arroz. Aquí está el secreto de toda paella, cocinar por separado los ingredientes y tener lista el agua hirviendo, para sacar a punto el arroz. Luego sal, pimienta y el rey de la paella, el azafrán. 

¡Azafrán, mucho azafrán argentino, a gusto del chef! 

Entre las once de la mañana y el mediodía fueron llegando uno a uno.

Asistencia cien por cien. No esperaba otra cosa. Los sorprendí. Sólo gaseosas para beber. Todos saben de mi interés en el éxito de LGC. A todos nos convenía el éxito de la empresa. 

Debíamos estar sobrios.

Almorzamos como “chicos prestados”. Nada quedó. Todos fascinados con la paella y variedad de la mesa de dulces. Durante la sobremesa no se hablaba de otra cosa más que del éxito de la empresa. Momento ideal para pedirles su atención.

Pasé la noche entera preparando una digna presentación en Prezi. Armé una primera parte recordando los problemas al inicio, una segunda parte con el flujo de ingresos y egresos, demostrando una verdadera victoria en las ventas, es decir en el alquiler de cajas de seguridad. Una tercera parte con el flujo de LGC-COBRANZAS, con un resultado neutro, en el que no ganábamos, pero tampoco perdíamos dinero. 

Y la sorpresa final, una nueva unidad de negocios.

Interrumpí abriendo un espumante cuyo corcho dio en la frente de Hércules. No le causó ninguna gracia, pero el resto retuvo una gran sonrisa. Me tenté, pero no debía ponerlo en ridículo

—Hagamos un brindis por LGC. Hemos hecho hasta aquí un trabajo excepcional, un trabajo lleno de éxito. 

Aproveché para contarles el origen del brindis.

—Quizás no lo sepan, pero chin chin proviene de Italia, Cin - Cin, recreando el sonido del golpe de las copas, nuestras copas, nuestro éxito. Pues entonces ¡Cin-Cin!

Al unísono, esperé a que se pusieran de pie, cruzamos y chocamos las copas. Observé que había mucho entusiasmo. Era el momento que esperaba. Estaban listos para escucharme. 

—He preparado una “bellísima” presentación para todos, que contiene un resumen del estado actual de situación de la empresa. 

Logré robar la curiosidad de mis invitados durante media hora. Justo lo que tenía previsto. Sabía que sólo José estaría al tanto de los números. El resto se limitaba a percibir lo que iba sucediendo en la empresa.

—Por favor pongan mucha atención ahora, que se viene una nueva unidad de negocios, más trabajo y más euros en nuestros bolsillos: LGC-CHEQUES. 

Debo confesar que vi como los ojos de mis invitados se agrandaban de manera anormal. Nada entendían. 

—Les cuento. Dado que, en nuestra empresa, si hay algo que sobra es dinero en efectivo, la idea es prestar ese dinero, que no es nuestro, a plazos muy cortos, insisto NO es nuestro y a plazos muy cortos, ya que somos meros mandatarios, a cambio de una tasa de interés. El mecanismo, amigos, es muy sencillo: el cliente que necesita dinero, nos entrega un cheque a tres días hábiles de plazo, o a cinco días, si hubiera un fin de semana de por medio. A cambio recibe dinero en efectivo, menos la tasa de interés acordada. Ese cheque recibido será depositado en una nueva cuenta corriente bancaria. En ese momento reponemos el dinero que tomamos prestado sin autorización.

— ¡Momento! —gritó Otoniel.

Me preocupó su tono de voz. Había miedo en ella.

—Te escucho, amigo Otoniel.

—Cuando me sumé a este proyecto nada me dijiste acerca de prestar dinero. No entiendo mucho, pero me parece que no estoy muy de acuerdo con esto.

El resto lo miró como si no entendieran su reacción. Era distinto a nosotros. Estaba preocupado por el giro que tomaba el negocio.

—Otoniel, es cierto, nada te dije. Pero también es cierto que no lo había pensado. Para eso es esta reunión. Presento la idea y la sometemos a votación. Te agradecería que me escuches con atención y no dejes de hacer todas las preguntas que desees. Verás que la idea es buena. Pero aún es sólo eso, una idea.

—Te escucho entonces, pero sigo pensando que no me convence la idea.

Seguí como si nada hubiera ocurrido, porque noté a los otros invitados ávidos de escucharme. 

—Se preguntarán qué sucede si un cheque es rechazado. Simplemente debemos depositar el dinero de nuestros propios bolsillos, hasta que se realicen las acciones de reposición del dinero no cobrado. Para ello tengo previsto que cada uno de los socios de nuestra empresa, haga un aporte a un fondo compensador, que nos permita hacer frente a dichas contingencias, y encomendar a un call center la tarea de recupero. Así prestamos dinero que no es nuestro, y nos quedamos con la ganancia, descontadas las contingencias y el costo de la tarea del call.

Se produjo un silencio absoluto. Todos boquiabiertos. Me asustó un poco la primera impresión. Pensé habría más frenesí

— ¿Qué opinan?

El contable Luis Miguel de los Ángeles, nuestro gerente general, pidió la palabra.

—Jesús, ¿es legal esta nueva actividad?

Me hicieron la única pregunta que esperaba no me hicieran.

—He realizado una consulta a una abogada que conocí recientemente, la letrada Bendamon, quien trabaja para Navarro. Su dictamen es claro: no es legal, ya que estaríamos prestando dinero ajeno. Hay sin embargo una zona gris, ya que mientras dicho dinero permanece en nuestra caja recaudadora y por el lapso de 72 horas hábiles, plazo en el que tenemos obligación de liquidarlo a nuestros mandantes, es “como si fuera nuestro”, somos custodios de ese dinero.

El silencio se volvió a apoderar de la sala. Esta vez era sepulcral.

José Gónca pensó en voz alta.

—Esto es una cuestión de riesgo. Sin lugar a dudas hay riesgo legal y riesgo financiero. No temo a ninguno de los dos. Creo que mientras concentremos la actividad de LGC-CHEQUES, dentro de la cartera de clientes que ya tenemos, los riesgos están acotados. Me gusta la idea.

El resto de los socios no abrió la boca.

—Gracias José, pienso igual que tú. Me gusta la idea y el flujo de ingresos, considerando una mora del orden del 5%, es definitivamente muy positivo. Pueden verlo en este gráfico. Podemos ganar buena soga, o “buena guita” como se dice en Argentina. Qué les parece si lo piensan unos días y votamos el nuevo proyecto, el próximo domingo. Quedan invitados a un banquete de salmorejo cordobés y turrolate de postre. Como siempre, todo casero.

Una hora más tarde y después de una distendida charla, nadie quedaba en casa. Con la tarea realizada y con la seguridad de que el proyecto, pese a sus riesgos, sería aprobado.

Toda la actuación de José, de algún modo fue fingida. Antes de sumar al resto, habíamos trabajado conjuntamente. Valió la pena el esfuerzo y la omisión.


Muchas preguntas sencillas me hicieron durante toda la semana. El mayor miedo era, claramente, la cuestión legal. El resto de las consultas fueron más operativas que otra cosa. Otoniel estaba muy preocupado. Hasta me planteó la posibilidad de venderme su participación. Lo entiendo. Su aversión al riesgo es muy distinta a la del resto de los accionistas. 


El domingo 13 de junio, después de almorzar y mientras tomábamos el cafecito de sobremesa, pedí la palabra.

—Amigos es hora de tomar decisiones. Los invito a votar de manera informal, a favor o en contra, del lanzamiento de la nueva unidad de negocios, LGC-CHEQUES.

No me sorprendió el resultado. Aprobado por unanimidad. A todos nos gusta demasiado la “soga”. Sobraba la disposición a asumir riegos. Otoniel votó a favor a regañadientes. Fue el último en levantar la mano.

Inmediatamente armamos dos grupos de trabajo. Los especialistas en finanzas, por un lado, serían quienes se ocuparían de establecer el precio, o sea la tasa de interés, para los distintos plazos y montos; y los operativos, que tenían a su cargo definir el proceso, desde el ingreso del cheque, la liquidación del dinero, la cobranza, y particularmente la forma en que abordaríamos a los clientes. 

Como premisa, se estableció que sería un servicio sólo destinado a clientes de cajas de seguridad. 

Hasta tanto probáramos la demanda del producto, no lo ofreceríamos a desconocidos.

El grupo de los financistas encontró un escollo muy importante en el que yo al menos, no había pensado: el impuesto a los débitos y créditos bancarios. La tasa de interés tendría un piso de costo del 1,2 por ciento, por cada compra de cheques que hiciéramos, conforme a la ley vigente. Pero, lo que parecía un problemón se solucionó rápidamente. Conforme a la misma ley, las entidades recaudadoras de impuestos y servicios como LGC-COBRANZAS, están exentas del pago de dicho impuesto. Ergo, sólo debíamos usar la cuenta recaudadora de LGC-COBRANZAS, en vez de abrir una nueva cuenta corriente bancaria.

El grupo de los operativos tenía serias dudas acerca de la legalidad del negocio. Se les ocurrió registrar el proceso en un servidor distinto del destinado a las cajas de seguridad. Le llamaron la “CAJA NEGRA”. Su nombre refería a la caja negra de los aviones que guarda toda la información de cada uno de los vuelos que realiza. Guardábamos nuestra información. No era una “caja” ni un “servidor” en todo el sentido de la palabra. Sugirieron contratar un servicio de hosting en el exterior, en el que se instalaría el programa de administración de compra y liquidación de cheques, con doble acceso de seguridad, es decir que al menos dos miembros de LGC, con la sola excepción del presidente y vice, debían loguearse, para poder acceder a la “CAJA NEGRA”. Era una idea brillante que ayudaba a evitar eventuales inconvenientes con la AFIPRE. 

Muy entrada la noche terminamos de hilvanar el proceso del nuevo servicio, y dimos por terminada la extenuante y fructífera tarea.

 

Apenas tres semanas más tarde, lanzábamos, con muy bajo perfil, el nuevo servicio, en forma exclusiva entre nuestros titulares de cajas de seguridad. Utilizamos sólo folletos vía email, asignamos una persona a la que denominamos “oficial de crédito” cuya misión era la de explicar y promover el servicio, y le destinamos una pequeña oficina para mantener la discreción propia de este tipo de negocios. Ploteamos los vidrios con un logotipo de excelente diseño, y como consecuencia de ello, también aumentamos la privacidad. Nos parecía la mejor manera de “comprar cheques”, con mucha discreción.

La noche anterior al lanzamiento, como nunca en mi vida, tuve un ataque de miedo. Me senté a pensar en el sillón del escritorio. Estaba preocupado. Acostumbro a no dudar de mis decisiones. Soy bueno manejando dinero, pero Otoniel me había abierto una duda en la cabeza. ¿Estaba haciendo lo que debía o sólo mi ambición me empujaba, pese a los riesgos? 

— ¡Hola, Cabezón! Necesito que me des tu opinión. Estás en tu casa. Podría llegar en 15 minutos.

— ¡Hola, amigo Jesús! No esperaba un llamado tuyo hasta el jueves. Pero no tengo problema alguno en recibirte. Estoy solo. Leyendo un libro con un vaso de buen wiski. ¡Muy tranquilo! Por supuesto puedes venir. Pero te hago una pregunta. ¿Ya decidiste, aquello que vienes a pedirme opinión?

Quedé mudo. 

—La verdad “Cabeza” es que sí. Ya está decidido.

—Y si te dijera, hipotéticamente hablando que estás equivocado, o que no me cierra tu idea. ¿Qué harías?

—Seguiría adelante.

—Entonces Jesús, no perdamos el tiempo. Te espero con un buen wiski y hablaremos de los viejos tiempos. 

Tuve que darle la razón. ¿Cuál era el sentido de consultarlo si mañana lanzábamos el nuevo servicio?

Nos bajamos una botella de whisky en un par de horas, charlando sobre “bueyes perdidos”. La pasamos bien. Como siempre. 



El 1 de julio 2010, lanzamos el servicio. Todos los titulares de cajas de seguridad habían sido contactados, vía email. A las tres de la tarde el primer interesado se hizo presente, folleto en mano. Había impreso el mail que le enviáramos. Admito que cuando me llamaron y me dijeron quién era, me desconcertó. 

La Sra. Helena en persona. 

Pedí que la retuvieran y la invitaran con una café, hasta que yo llegara. Quería atenderla en persona. En quince minutos estaba frente a ella.

—Helena, ¿cómo está usted? ¡Bienvenida! Desde la inauguración de LGC que no nos veíamos. 

—Así es, Jesús. Mis actividades me ocupan demasiado tiempo para mi gusto. Preferiría un poco más de tranquilidad. Pero debo ocuparme de los negocios y del bienestar de los trescientos empleados que pertenecen al Grupo Argentavis. Recibí noticias del nuevo servicio y quise ser la primera en apoyar sus ideas. 

Extendió su mano derecha, y me entregó un cheque de siete mil euros, con fecha de vencimiento el domingo 5 de julio. Un cheque a cinco días. No había imaginado una primera operación de esa envergadura. Había supuesto un promedio por cheque del orden de quinientos euros. Pero no podíamos negarnos. Me llamó la atención que el cheque fuera del SERVICIO ANDALUZ de SALUD, debidamente endosado por apoderado de Argentavis. Cuál era la conexión entre Argentavis y la Obra Social, me resultaba un misterio, pero no podía preguntar. Tampoco me interesaba. 

Invité a nuestro oficial de cuentas a sumarse a reunión, le presenté a Helena, y le pedí que registrara la operación y la liquidara. 

El proceso funcionó a la perfección. Treinta minutos más tarde y luego de una amable charla, la “Reina” se retiraba con seis mil ochocientos euros en efectivo. 

Extrañamente no se quejó ni peleó la tasa de interés que le cobramos. Me resultó inverosímil en una comerciante como ella. Sin lugar a dudas nos estaba probando. 

LGC-CHEQUES había ganado sus primeros doscientos euros. 

Los hechos sucedidos posteriormente explicaron muchas cosas que hasta aquí no terminaba de advertir. 

Capítulo 14 – Crece el negocio de LGC

Pronto, demasiado pronto; rápido, muy rápido. Así fue el nacimiento y el desarrollo de LGC. El negocio principal es prestar dinero en distintas formas. Crecíamos casi en forma paralela a lo que ocurría con LGC, en mi Córdoba natal. Crecíamos en forma exponencial. No era la idea, pero no hubo forma de evitarlo.

Empezamos a justificar el negocio por su función “benéfica”: “financiamos a quienes nadie quiere financiar”. Pero con el paso del tiempo, el negocio creció y cambió. Además de atender a quienes eran rechazados por el sistema bancario tradicional, enormes cantidades de dinero, cuyo origen no preguntábamos, comenzaron a llover sobre LGC. Debo ser honesto alguna vez, ya no nos interesaban los rechazados.

Los clientes quieren verlo moverse, quieren que la soga produzca más soga. Miserablemente, cada vez más soga. El dinero debía rotar.

No éramos baratos. La tasa de interés que cobrábamos era alta, pero definíamos las operaciones en minutos. 

Caro, pero los mejores; los más rápidos. 

Mientras el sistema bancario tradicional dormía, nosotros movíamos más soga que nunca.

Prontamente nos vimos obligados a desarrollar el “fondo” de reposición del dinero, que habíamos presupuestado. Los clientes traían cheques a plazos más largos que las 72 horas que habíamos previsto. Más de una vez, cuando los plazos se descalzaban, es decir que debíamos reponer dinero antes de que se venciera el cheque que el cliente nos había dejado, nos vimos obligados a meter mano en el fondo de reposición para poder liquidar el dinero que recaudábamos a través de LGC-COBRANZAS. 

La demanda de dinero seguía creciendo. Cobrábamos altas tasas de interés y sin embargo la demanda aumentaba.

Definitivamente mucha gente se proveía de dinero fuera del sistema bancario. A nuestros clientes les decíamos “los auto expulsados”. No querían pagar impuestos sobre sus actividades.

La soga que recaudábamos, al tiempo resultó escasa. Había que buscar inmediatamente proveedores de dinero en efectivo. Qué mejor lugar para conseguirlo que en Procustodia: una recaudadora de caudales.

Una corta reunión con José y la idea prendió rápidamente.

El círculo virtuoso era muy sencillo: la tarea de Procustodia era retirar diariamente el dinero en efectivo de prácticamente todas las sucursales de los supermercados de la ciudad.

Necesitaba información acerca del proceso del dinero que recolectaba Procustodia. Me resultaba indispensable saber si ese dinero se quedaba en sus bóvedas algunas horas, algunos días o se enviaba a los bancos inmediatamente.

—Fermín, puedes venir a mi oficina por favor.

—A su servicio, señor Jesús.

—Te vi hablando con una persona de Procustodia. ¿Quién es? ¿Lo conoces?

—Resulta que días atrás un camión de Procustodia me chocó el auto en el segundo subsuelo. Fui derivado con un supervisor de zona, para su reparación. Se llama Antonio Olite y hemos trabado alguna amistad. Incluso es conocido de mi novia, que también trabaja en Procustodia.

— ¿Cuento con tu confianza y discreción?

—Usted sabe que sí.

Le expliqué detalladamente lo que necesitaba, ya que con Fermín resultaba fácil hablar.

— ¿Me entendiste lo que necesito y quiero proponer? No metas a tu novia en esto. Consulta sólo a Olite. ¿Está claro?

—Sí, Jesús. Deme un par de días, profundizo mi amistad con él y veo hasta dónde puedo llegar.


 

Poco tardó Fermín en conseguir la información. Muy buena información. Eran buenas noticias: Olite le explicó que ese dinero permanecía en sus bóvedas, un promedio de siete días cuando pertenecía a un supermercado que abría sus puertas incluso los domingos. Seis días promedio, en aquellos casos en que no operaban los domingos. 

Cada lunes, Procustodia recibía la orden de entrega de efectivo de cada sucursal supermercadista. En ella especificaban cuánto dinero necesitaban para su operatoria del día y cuánto dinero debía ser depositado en sus respectivas cuentas bancarias.

Hasta aquí era información no oficial, así que a De los Ángeles se le ocurrió que debíamos hablar con doña Juana Muralla, personalmente. 

—Buena idea, Luis, la llamo ya.

Intentar un acuerdo con Procustodia era el objetivo.

La señora Juana Muralla nos pidió que la visitáramos dentro de la próxima hora, no más allá de las tres de la tarde. Viajaba a Francia unos días.

A las 14.45 estábamos en la puerta de la Mansión Muralla. Me anuncié con el custodio en el portón de rejas. 

—Pueden pasar. Señor Suárez, la señora Juana los espera en el hall de ingreso.

—Juana, muy buenas tardes, le presento a nuestro Gerente General, Luis De Los Ángeles, responsable de toda la operación de LGC. Muchas gracias por recibirnos. Sé que está a punto de salir de viaje.

—Jesús, bienvenido a mi casa. Señor De los Ángeles, pase usted también por favor. En minutos nos servirán un té con masitas caseras.

Estaba vestida con un vestido negro clásico, escote prolongado, como si fuera a una fiesta de noche. Con una imagen entre sobria y elegante. Zapatos de tacos altos, largos pendientes y su piel lucía fresca y cuidada. Su cabello se veía nutrido y con brillo. Caminaba como una modelo, una pierna detrás de la otra en la misma línea. Parecía una reina. Otra reina.

— ¡Juana, no queremos molestarla!

—No es molestia, Jesús, insisto. Tengo entendido que vienen por una cuestión de negocios, así que lo escucho. Pero disculpe, señor De los Ángeles, tome asiento por aquí, quiero hablar unas palabras en privado con Jesús. ¿Nos permite?

Quedé sorprendido, pero fui tras ella, mientras le hacía señas a Luis para que tomara asiento.

Cerró la puerta tras de sí, e inmediatamente, me espetó un duro comentario, mientras cruzábamos una sala hacia el parque de la mansión.

—Si han venido a lo que creo, en LGC están todos locos.

—Pero Juana, es sólo una consulta.

—Cuénteme. Lo escucho, con poco deseo.

Le expliqué con lujo de detalles lo que queríamos hacer.

—En definitiva, el dinero entra y sale de Procustodia, y allí permanece en sus bóvedas, un promedio de seis días. De allí nace la idea.

—Sabe usted, Jesús, que el dinero no nos pertenece, es de nuestros clientes. Sólo lo transportamos y ejercemos la custodia, mientras está en nuestra bóveda. Sin embargo, si usted estuviera dispuesto a compartir con nosotros las eventuales ganancias, estoy en condiciones de cerrar el trato ya mismo.

Puro alarde. Sólo dinero. El dinero era el único problema de la reina Muralla.

—Juana debo admitir que me asustó su bienvenida, pero entiendo que están abiertos a llegar a un acuerdo. Y que no quiere testigos de esta charla. Le propongo compartir la tasa de interés que cobremos por el dinero que Procustodia nos provea. Digamos, en un 40%. Me parece razonable para el riesgo que corren.

—Respecto de mi proceder, disculpe Jesús, pero acostumbro a mostrar fortaleza, ni bien empiezo cualquier reunión. Ya me conocerá y verá lo leal que puedo ser.

—La comprendo. ¿Acepta nuestra propuesta?

—Tenemos un trato Jesús. Con mi hija mayor podrá definir las cuestiones operativas. Lo invito a regresar al salón, y por favor ni una palabra sobre el acuerdo delante de su amigo.

Me abrazó de la cintura, mientras me agradecía haberlos elegido para acompañarnos en la idea. Volvimos al salón hablando de lo lindo que estaba el tiempo. Luis nada entendía.

Cómodamente, tomamos el té y ni una sola palabra se comentó del negocio.

Una hora después, mientras Luis intentaba sostener su cara con un enorme signo de interrogación, nos retirábamos, mientras le explicaba lo sucedido.

Habíamos tenido éxito. 

Pero, claro quedó, el dinero no sería gratis, no como lo habíamos pensado.

—Jesús, no se vaya por favor, quiero hacerle un comentario más. ¿Paseamos un momento por el parque?

Nuevamente Luis quedó rodeado, en esta oportunidad de tazas de té vacías y migas de masitas.

Volvió a tomarme del brazo. Una vez en el parque, debo admitir, soltó una gran idea.

—Jesús, que opina si sumamos a las cadenas de supermercados al negocio. Les ofrecemos una tasa de interés muy baja por el dinero que nosotros tenemos en custodia, se lo proveemos a LGC para que los presten y que ellos reciban a cambio cheques de pago diferido emitidos por LGC, de manera que puedan pagar a sus proveedores con esos cheques. Los supermercados sólo deberían programar sus necesidades semanales de dinero e indicarnos a nombre de quién debe emitirse el cheque. ¿Qué opina?

Pensé en voz alta. 

—Los supermercados recibirían cheques a cambio del dinero que nos facilitan. Cheques a fecha, cheques de pago diferido. Los cheques eran capital más una tasa de interés que compensaba los días que LGC usaría ese dinero para prestarlo a los expulsados del sistema bancario. Procustodia sería responsable de la logística.

—Mientas tanto los supermercados, además, ahorrarían impuestos ya que, al no depositar el dinero en sus bancos, no abonaban el impuesto a los débitos y créditos bancarios, ni el impuesto al valor agregado, ni las comisiones bancarias. Negocio redondo para los “súper”: cobrar intereses y ahorrar impuestos. Con los cheques que recibían de LGC, pagarían a sus proveedores. 

—Juana, eres brillante. Les ofreceremos un sistema simple. Recibimos el dinero recaudado por los súper y que ustedes custodian y distribuyen, junto a una lista de proveedores a favor de quienes deberíamos emitir los cheques. Sólo resta acordar el reparto de la tasa de interés.

—Eso Jesús, déjemelo a mí. Mañana le tengo una respuesta de las cadenas. Casualmente tenemos la reunión mensual con el comité de clientes supermercadistas. No le puedo dejar este tema a ninguna de mis hijas. No estaba en mis planes asistir. Voy a suspender un par de días mi viaje a Francia. Mañana me comunico contigo. Y no me vuelvas a tratar de usted. ¡Ya lo sabes, tutéame!

El tono de su voz me sonó a piropo.  

Todos ganábamos.

La operación fue creciendo y por lo tanto necesitando más dinero.

Capítulo 15 – TARBUS

Empezamos a rechazar operaciones. No teníamos stock de dinero en efectivo. Todo el dinero que entraba a LGC lo prestábamos. A tal punto, que nos quedamos sin efectivo. Estábamos calzados como se dice en la jerga financiera, es decir que los plazos de los préstamos coincidían con los plazos de liquidación a nuestros mandantes. Definitivamente, José era el mejor financista del mercado. La empresa estaba equilibrada. 

Rechazar operaciones no estaba en nuestros planes y los socios tampoco querían hacer aportes de dinero. La calesita funcionaba, pero no aumentaba de velocidad.

El día 9 de septiembre estaba leyendo el diario en el SNACK 78, cuando vi un llamado a licitación de la alcaldía de la ciudad, cuya alcaldesa, Soledad Andarre, había sido mi compañera de estudios en la UCA. Me acomodé para leer más tranquilo en el mullido sillón. Licitaban la venta y distribución de la tarjeta TARBUS, utilizada en el trasporte público de pasajeros y la distribución, retiro y custodia de la recaudación.

TARBUS funcionaba muy bien, pero era opcional. El 47% de la población lo utilizaba. Los eventuales pasajeros comparaban la tarjeta y cargaban un monto de dinero en efectivo. Subían al transporte, sea ómnibus, subte o tren, la presentaban ante la terminal de venta de pasajes, y se descargaba automáticamente el monto del viaje. La tarjeta era contact less, es decir no requería contacto con la terminal, sino que, con sólo acercarla, se descontaba el viaje. Lo más interesante de la licitación era que exigía la liquidación de la recaudación dentro de las 72 horas de la carga del saldo. Ergo, con los fines de semana, podía ser dinero en efectivo, listo para prestar, hasta por cinco días. 

El casco histórico de la ciudad muestra la arquitectura de lo que aquí llaman la Hispania Ulterior. La época de la República Romana y del Califato de Córdoba durante la invasión musulmana, cuando prácticamente toda España estaba en poder del Imperio árabe. 

Los cordobeses tenemos la suerte de haber sido en aquellos años la ciudad más grande del mundo con más de un millón de habitantes, donde la cultura y la opulencia marcaban la calidad de las personas. Las huellas de aquellas épocas están presentes en su antigua arquitectura y en las costumbres que aún subsisten.

Lo más importante para este nuevo negocio era que, por haber sido gran parte de la ciudad declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO, impedía su desarrollo en altura. Por ello la alcaldía no aprobaba proyecto alguno que interfiriera con la arquitectura califal. 

Por lo tanto, la ciudad crecía hacia los cuatro costados con el costo adicional de invertir y planificar en los servicios para sus ciudadanos, como el transporte público de pasajeros. Los puentes de la ciudad, su muralla, sus puertas, complican la movilidad de los ciudadanos, pero aman a su ciudad. Optan por cuidar su pasado califal. 


Con este argumento y como mi ambición no tenía límites, casi que exigí a mis socios entrar al negocio. 

Desde pequeño me preguntaba por qué la gente millonaria quería tener más dinero del que ya tenía, y no tenían límites en sus ambiciones, ni escrúpulos en su proceder. Recuerdo haber pensado que si algún día, lo lograba, y fuera millonario, pondría la ética por delante de los negocios. Estaba en camino a ser millonario y dejé de lado, por completo, la ética y la moral. Sólo quería llegar a mi millón.

Era el negocio ideal para Procustodia, me dije. Tienen todos los recursos, y el know how. A diario recaudan y custodian dinero. Son los especialistas en transporte, custodia y distribución de dinero, de la ciudad.

¿Qué más se puede pedir de un socio? ¿Dónde encontraría un mejor partner que Procustodia? 

Hasta corríamos el riesgo que lo hicieran ellos, sin socios, sin LGC.

La única alternativa a la que le presté un poco de atención y evalué fue que LGC lo hiciera por cuenta propia. Pero imaginé muy enojada a Juana Muralla y hasta que podría interpretarlo como una traición. Lo ideal era ir de la mano con ellos y asegurarnos el contrato.

Al llegar a la oficina, bajé de la página de la alcaldía el Pliego de Bases y Condiciones, para estudiarlo. Me serví un buen café con mucha azúcar, busqué unas galletas de chocolate con dulce de membrillo que había dejado por ahí y me acomodé. Me tomó unas dos horas leerlo en detalle.

Las exigencias eran muy estrictas. Sólo Procustodia y alguno de sus competidores podría participar. Sucintamente, exigían la participación de camiones blindados para el reparto de tarjetas y para la custodia del efectivo. Además, solicitaban la instalación de lo que la alcaldía denominó UNIDADES de VENTA de TARJETAS y RECARGA de DINERO. Eran 500 kioscos cuya única finalidad era, a mi criterio, la de asegurar la distribución equitativa de las tarjetas, en toda la ciudad. La alcaldía se haría cargo de la instalación de las cabinas de venta, pintadas con el escudo y la bandera de la ciudad, de manera que fueran bien visibles, y del equipo de aire acondicionado, necesario para el bienestar del personal de ventas, mientras que el concesionario debía hacerse cargo de la selección, capacitación y costo del personal. 

Por las tres tareas principales, el concesionario cobraría un 4% del precio de venta del boleto de transporte urbano de pasajeros, sea subterráneo, tren u ómnibus. Me pareció interesante que se previera que la tarjeta pudiera tener hasta dos viajes “gratuitos”, que se repondrían a la primera carga de dinero que realizara el pasajero. Ya nadie podría abonar mediante efectivo. El pliego preveía la obligatoriedad para todos los habitantes de la ciudad. El único medio de pago sería la tarjeta sin contacto, con su debido saldo. La obligatoriedad prácticamente duplicaba los ingresos que calculé en un principio, “a ojo de buen cubero”. 

Se me ocurrió que lo mejor del proyecto sería, en un futuro, nacionalizar el producto y manejar una montaña de “soga”, casi inconmensurable.

Mientras regresaba a mi apartamento, iba pensando en el proyecto. Caminé apurado, no sin antes trastabillarme con el cordón cuneta de la vereda. Parecía un loco, hablando solo. 

Llegué casi al mediodía. Me desvestí casi por completo tal como acostumbro a andar dentro de mi casa. Apoyé el IPhone en el parlante, me serví una copa del mejor jerez andaluz, elegí mi lista preferida de música y me dispuse a leer el pliego nuevamente, pero de manera más concienzuda.

Durante tres horas, sólo me levanté para tomar un par de vasos de agua, pero al fin terminé la lectura.

Llegué a la misma conclusión. Delante de mis ojos había un jugoso negocio, que podía proveer de efectivo a LGC tanto para canje de cheques como préstamos en efectivo. Lo resumí en tres carillas, para que me fuera sencillo explicar el proyecto.

Tomé mi teléfono y le llamé a José, convencido de que podría tentarlo a participar del negocio. Si su opinión era positiva, estaba seguro de que no tendría inconvenientes con el resto los socios.

Acordamos que pasaría por las oficinas de LGC a las siete de la tarde. A partir de esa hora, disminuye la circulación de clientes y podríamos discutir tranquilos. No esperaba que fuera fácil. Cerca de la hora prevista, entré con mi pase libre al garaje del Nuevocor Argentavis. Estaba excitado. Estuve a punto de chocar la cabina de control pintada de amarillo fosforescente y la barrera. Jamás entenderé el color de la casilla. Uno de los guardias, salió rápidamente y se interpuso ante mí. Me hizo seña para que me detuviera. Me llamó la atención, en voz alta, por mi actitud. 

Le pedí disculpas una y mil veces, hasta que me permitió ingresar. 

Mientras estacionaba el auto de culata en la cochera, no advertí una columna de hormigón y rayé el costado izquierdo. Imaginé que me costaría una buena cantidad de euros mi entusiasmo.

Envolví en un pedazo de papel el chicle de frutilla que venía masticando y lo guardé en el bolsillo. 

Esperé el ascensor unos segundos, junto a otras cuatro personas. Una de ellas hizo un comentario irónico: 

— ¿Se le cruzó la columna, amigo? 

Me cayó muy mal, sólo atiné a hacer una mueca de falsa risa. Se percibió mi malestar. Se hizo un corto silencio y se abrió la puerta.

Entré a LGC.

—Buenas tardes a todos. Un gusto estar con ustedes. Hacía tiempo que no los veía.

—Es que usted viene poco por aquí.

—Prometo venir más frecuentemente.

Tomé nota del comentario. Estaba dejando la empresa más de lo que correspondía. Me estaba dedicando a la buena vida. Debo aumentar mi presencia. Soy vicepresidente y responsable de lo que suceda en ella.

Pasé directamente a la oficina de José. Me extrañó no verlo. Para él su oficina es como un búnker en plena guerra, el único lugar en el que se siente seguro. Se instala ni bien llega muy temprano por la mañana y no sale hasta el cierre de LGC. Ni siquiera se toma el tiempo necesario para almorzar. 

Escuché sus pasos mientras ingresaba. Me puse de pie y le estreché la diestra.

—Hola, José. ¡Qué bien se te ve! 

Le estaba mintiendo en la cara. Parecía no haber dormido en los últimos dos días.

—Hola Jesús, tanto tiempo sin verte. Pareciera que me estás tomando el pelo, hace no menos de tres días que duermo apenas un par de horas. Esta empresa me está destruyendo. Y a ti, ¿cómo te fue por Miami? A veces siento vergüenza de mí. No sé lo que significa vivir la gran vida, como tú. 

Un buen “cachetazo” me propinó. Volví a tomar nota del comentario acerca de mis reiteradas ausencias.

—Me comprometo a venir más periódicamente.

—Te tomo la palabra, Jesús, pero que no sea sólo de visita. Ven a trabajar. Esta es nuestra empresa, nuestra trinchera, nuestro patrimonio.

—Ok. Ya te entendí. Me necesitas aquí a tu lado. 

—Así es. Con De los Ángeles, que es el mejor colaborador que tengo, no podemos con todo.

—Ocurre que he estado pensando en otros negocios que nos permitan salir de la iliquidez que estamos padeciendo.

—La falta de liquidez a la que te refieres, no es tal. Estamos “calzados” y sin problemas.

—Tenía entendido que nos vemos obligados a rechazar operaciones de compra de cheque y préstamos en efectivo, por escasez de efectivo.

—Algo de cierto hay, pero no es crítico. Y eso a lo que refieres, no es iliquidez.

—Pero José, así el negocio tiene un corsé y no podrá seguir creciendo.

—Efectivamente, Jesús. No quiero que el negocio crezca. Demasiados problemas tenemos como para seguir agregando inconvenientes.

— ¡Va contra el espíritu de LGC!

Había levantado la voz, y me arrepentí. Sabía que José lo interpretaría como un ataque personal.

—Mira Jesús. No me levantes la voz. Es fácil venir una vez al mes y dar órdenes. Necesito ayuda, no órdenes. A las órdenes las dicto yo. Y te pido disculpas si igualmente he levantado la voz.

—Discúlpame, José. Veo que estás un poco fuera de ti, cansado. Si lo prefieres, hablamos otro día.

Inferí que no le podía presentar el proyecto. Fracasaría con seguridad. Había decidido retirarme y regresar en otra ocasión.

—Jesús, toma asiento, por favor. Perdona mi comportamiento, pero estamos desbordados. Demasiado trabajo. Te invito una copa de buen vino, mientras te escucho. El día de trabajo está terminando.

Se levantó, tomó dos copas de la biblioteca, a las que les sacó brillo con papel tisú, se agachó y sacó de la cava una botella de vino Entonado Malbec de 2012, cuyo origen es Luján de Cuyo, Argentina. Acto seguido se tomó los pantalones del cinto tirando hacia arriba, para volver a colocarlos en su lugar. Me provocó una mueca de risa que intenté esconder.

Levantamos las copas, recordando el significado del chin chin y brindamos.

— ¡Por LGC!

— ¡Por LGC!

—Rico vino, se aprecia su sabor a uva morada. Ahora ya más tranquilos te escucho, Jesús.

Demoré unos cincuenta minutos en explicarle con algún detalle el proyecto. De vez en cuando, levantaba la mirada para intentar interpretar la cara de José. Me pareció que había tomado el camino correcto.

—Me permitirás que te interrumpa unos segundos, Jesús. Deduzco que tú vienes a intentar persuadirme para que te acompañe en tu informe al directorio. Si bien estoy muy cansado, necesitaría armar un flujo de fondos, es decir determinar una proyección de ingresos y egresos del negocio. Pero, teniendo en cuenta lo escaso de lo que me has comentado, estoy convencido de que no es una buena idea para LGC. Nuestra empresa está pasando por un estresante momento, estamos al borde del colapso, tal y como te lo he comentado. E insisto, necesito armar un flujo de fondos, para entender con detalle de qué se trata. Francamente me resulta imposible apoyarte. Simplemente no estamos en condiciones. 

—José, sé perfectamente lo que es un flujo de fondos, no necesito que me lo expliques. La licitación es en veinte días. Hoy es el momento de tomar la decisión.

—Si sabes lo que es un flujo de fondos deberías haberlo proyectado. En cuanto a tu apuro, deberás evaluarlo con el resto de los socios, si es que están contigo. Yo no te sigo. Es cierto que nos aportará millones en efectivo, pero también es cierto que habrá que hacer un terrible esfuerzo para colocarlos, con colaboradores que, si bien han aprendido los procesos de venta de dinero, están exhaustos de tanto trabajo. Desde que abrimos nuestras puertas, no les hemos dado tregua alguna. Sólo trabajo y más trabajo. Y lo más importante: estamos al borde del quiebre del stock de dinero. La liquidez nos ajusta el cuello. No podemos distraer un centavo. Estamos calzados, pero un mal paso nos lleva directo al desastre. No tenemos margen alguno. 

—Lamento escucharte, si no obtengo tu aprobación, me empujas a hablar con el resto.

—Haz lo que creas conveniente. Yo debo emprender el regreso a mi casa. Quiero ver a mis hijos. El sol se está escondiendo.

José se colocó el saco, dio la orden a Fermín de cerrar las puertas de LGC ni bien terminaran con el último cliente, pasó a mi lado ignorándome por completo y con su típica y gruesa voz, dijo: “Hasta mañana a todos”. 

Traté de impedir que lo percibieran, pero después de saludar en las oficinas con mi mejor cara, salí indignado con la actitud de José. Al menos podría haber dejado una puerta abierta para indagar un poco más. Pero el cabeza dura se puso en contra de la idea. 

Tengo doble trabajo ahora. Primero persuadir a los socios y después a él.

Regresé al departamento, cabizbajo y meditando mis próximos pasos. No me dejaría someter. Debía cambiar la estrategia que siempre me daba excelentes resultados. Una cena, todos juntos lo antes posible, sería el lugar perfecto para una negativa generalizada. Pensé en qué debía hacer. Dado el apuro que me imponía el pliego de bases y condiciones, sólo tenía una oportunidad: hablar personalmente con cada uno de ellos, convencerlos, y en ese mismo momento hacerles firmar la aprobación del proyecto. 

Comencé inmediatamente a hacer los llamados. 

Uno a uno marqué el teléfono de Otoniel, Héctor Hércules, Juan Carlos Alfonso y Diógenes Albir. 

Dejé a José para abordarlo nuevamente en última instancia.

Todos respondieron sobresaltados por el apuro, aceptaron recibirme a la mañana siguiente. Estimé que al mediodía tendría las aprobaciones del resto. Con ellas en la mano iría a ver a Luis y a José. Con seguridad, Luis Miguel de los Ángeles sabía de las intenciones que tenía. Escuchó desde la oficina vecina nuestra discusión. No sería mi mayor problema. Era un buen hombre, pero leal a José. Convencido José, no habría problemas con Luis.

A las once de la noche, me sentía cansado y abatido. Entré al baño, me desvestí y tomé una ducha bien caliente de una media hora. Me devolvió la vitalidad. Podría haber empezado con la tarea en ese mismo momento. Preferí dejarla para el día siguiente.

Me acosté, rebusqué en mi mesa de luz el libro El Alquimista escrito por el brasileño Paulo Coelho, que había empezado la noche anterior, y me dispuse a leer. De pronto recordé que hacía varios días que carecía de noticias de mamá o papá. Ni hablar de mis hermanos. Llamé a casa. 

— ¿Mamá? ¿Cómo estás? 

—Era tiempo que llamaras. Tu Antonia te aleja de mí y tu ex mujer me aleja de mis nietos.

— ¡Estás celosa! Mamá por favor, tu bebé ya creció. 

—Sí, ya creció. Y sabe manejar. Y tiene el mejor celular que se pueda conseguir. Y tiene un papá que espera sus llamados. Y tiene hermanos que nada saben de él. Y mi bebé tiene una mamá que está celosa. ¿Y qué?

Volví a sentirme un niño. Regresé a las épocas en las que mamá me despertaba con un beso y una caricia, me zamarreaba y me traía el desayuno a la cama. Casi se me cae una lágrima.

— ¡Mi mamá está celosa! Mami, por favor no me digas todo eso. Hoy recibí demasiados reproches.

—Por algo será, hijo mío. ¿Cómo anda mi bebé?

—Algo estresado, pero bien.

—Podrías venir a visitarnos y ese estrés, con un buen postre casero, desaparecerá.

—Me estás extorsionando y adoro tus extorsiones. ¿Cómo andan todos por casa?

—Todos y todo bien, pero nos debes tu visita.

—Sí, ma. Te debo una. Pero la empresa me tiene a mal traer.

— ¡Pero si anda bien esa empresa tuya! Al menos eso imagino. Veo noticias en los diarios y viajas a menudo con Antonia. De todas maneras, sabes que cuentas con nosotros si necesitas algo. 

—Gracias, ma. ¿Y Sultán? 

—Ese caniche “toy” tuyo está cada vez más cerca de la muerte. Lo trituraré con mis propias manos Ya no queda un mueble entero, todos marcados con su orina, incluyendo la heladera.

— ¡Ja! No eres capaz. Amas a ese caniche. Siempre el mismo. Con once años ya no cambia más. Bueno mamá, prometo pasar a verte la semana entrante.

—Mi instinto de madre me dice que cuando algo parece que anda tan bien, en realidad esconde algún problema. 

—Deja de preocuparte. 

—Eres mi hijo. El padre de mis nietos. Desde que te separaste los veo cada vez menos. Nunca podré dejar de preocuparme por ti. Tu padre tampoco. Y no me hagas enojar. Te esperamos y te mando un beso.

—Chau, mamá. Y no le cuentes a papá sobre tus instintos.

—Lo haré si no vienes la semana que viene. ¡Beso!

Corté.

Por un minuto pensé en salir en ese instante a visitarlos. Pero, ¿podría contarles la verdad sobre mis actividades, algunas casi fuera de la ley? No. No tengo la valentía. Prefiero omitirlo. Mi herramienta preferida para evitar la mentira. 

Opté por llamarla a Antonia. Las últimas palabras con mamá no me hicieron bien. Necesitaba calmar mi ánimo.

—Hola, mi vida, ¿quieres venir a dormir aquí?

—Intuía que me llamarías. Voy para allá, pero te advierto que debo levantarme muy temprano.

—Mejor así me despiertas antes de irte. Te espero.

La esperé en el sillón apenas tapado por una toalla, frente a la puerta. La dejé apenas abierta. Apagué toda iluminación. Sólo la luz de la calle se colaba por las cortinas. Cada vez que la espero, siento lo mismo. Mi mente atosigada por su cuerpo y mis genitales reaccionan inmediatamente. No lo soporto. Quiero masturbarme. Antonia sabe que me fascina y me hace esperar. 

Llegó, abrió la puerta y la cerró tras de sí. Venía envuelta en una sacón de no sé qué, abrochado en el frente, con un estampado animal print. Dirigió su mirada directamente a mi pene. Más me calentaba. Metió la mano en el bolsillo y sacó su consolador. Apenas movió su cuerpo, quedó desnuda ante mí. Traté de levantarme para tomarla y meterme dentro de ella, pero me detuvo. Forcejeamos. Se arrodilló de espalda hacia mí e introdujo el juguete en su vagina, mientras gemía como una gata hambrienta de sexo.

—Ven conmigo, sabes que no lo soporto.

—Ya lo sé y no iré.

Un minuto después ensucié toda su espalda, mientras mis testículos acariciaban su cola Me tiré sobre ella y ambos hacia un costado. Pretendía seguir. Intentó tomarme el pene, pero sabe que me duele, así que se lo impedí. Media hora después volvimos a hacerlo. Logró enloquecerme con su juguete.   

Nos acostamos, leí unos minutos hasta que me dormí profundamente. El alprazolam funciona como el golpe de un boxeador. A minutos de ingerirlo, te sientes aplastado por el sueño. 

A las nueve de la mañana, con el sol del este en mi ventana, estaba despegando los ojos. 

Olvidó despertarme.

 Capítulo 16 – El estado financiero de LGC

Como todas las mañanas, el contable José estacionaba su auto en el subsuelo, de allí iba directamente al local 58 y saludaba a viva voz a todos sus colaboradores de LGC.

—Buenos días a todos. Que tengan un excelente jueves. Fermín, te necesito en mi oficina en cinco minutos con el informe financiero diario. 

Bajó el volumen de su voz.

—Necesito, además del informe diario, que me prepares uno adicional que incluya las obligaciones de pago de toda la semana entrante. Lo quiero en diez minutos, sobre mi escritorio, para que lo repasemos juntos.

—Pero José, me tomará media mañana hacer lo que necesita. El informe diario está listo, puede llevárselo.

—Por primera vez estoy de acuerdo contigo. Quiero un buen informe y sin errores. Ven a mi oficina, repasamos el informe diario y luego a las dos de la tarde me entregas el correspondiente a la próxima semana.

Ambos ingresaron a la oficina privada de José, mientras se quitaba el saco y lo dejaba en el perchero. Se dio la vuelta y comenzó a preparar dos cafés en su Nespresso.

—José, está preocupado, ¿o es mi impresión?

—Estoy preocupado, Fermín. Desde hace dos semanas, y bien tú lo sabes, porque me acompañas todas las mañanas, estamos usando parte de los euros de reserva, con el fin de cubrir las obligaciones diarias. Este proceso, imaginarás, que no puede extenderse en el tiempo, por un simple motivo: el fondo de reserva es finito y más tarde o más temprano, se acabará y me vería obligado a pedir un aporte a los socios. Y pese al tiempo transcurrido, desde que comenzamos las operaciones, aún no somos lo suficientemente rentables.

—Lo entiendo. Nos está resultando cada día más difícil calzar la oferta con la demanda.

—Exactamente. Si bien colocamos todo lo disponible, tener dinero sin colocar dos días a la semana, cuesta dinero. ¿Cuánto necesitamos hoy, Fermín?

—Casi cincuenta mil euros.

— ¿Cuánto? ¿Estás seguro de lo que has preparado?

—Siempre termino este informe muy temprano por la mañana, para tenerlo listo, ni bien usted llegue. Dado el resultado que obtuve, volví a revisar todos los antecedentes y de nuevo el mismo resultado. Es más, me llamó la atención que el faltante promedio de la semana anterior fuera de 20.000 euros, y trepara sin motivo aparente, a los 50.000 el día de hoy. 

—Esto sí que es alarmante. Nos estamos descalzando a una velocidad mayor a la que creía. Fermín vuelve a tu puesto y comienza con el informe de la semana entrante.

—Una consulta antes de irme. ¿Incluyo las operaciones registradas en la “caja negra”?

— ¡Obviamente! Si, por favor. Quiero tener una clara imagen del estado financiero en el que nos encontramos.

—Ok. Gracias, don José, me retiro.

—Adelante. Te espero en un par de horas.

 José se levantó de su silla, cerró las persianas de la ventana y la puerta de su oficina.  La aseguró con la llave, y tomó del segundo cajón su teléfono celular descartable. Estaba extremadamente nervioso y desencajado.

—Hola, Héctor ¿puedes hablar?

—José, ya lo hemos discutido y sabes que no quiero llamadas. Prefiero que sea en forma personal.

—Sí, lo sé, pero es importante.

—Te escucho.

—Fermín acaba de mostrarme el informe diario de operaciones. Nos estamos descalzando en forma más acelerada que lo que había calculado.

—Entonces equivocaste tu opinión cuando te propuse lo que te propuse. 

—Muy pronto habrá un escándalo. Se sabrá que falta dinero y me temo que apunten a mí. Necesito ayuda para resolver el problema.

— ¿De cuánto es el descalce?

— 20.000 diarios los próximos días. A partir del lunes no menos de 50.000.

— ¡Es una barbaridad! ¡Cómo pudiste llegar a esto! ¡Pareces principiante!

—Oye, amigo Hércules, tu nombre no me asusta, si te tuviera cerca, te daría un buen golpe y te reventaría la cara. Te recuerdo que estás hasta el cuello conmigo.

—Cálmate, José. Creo que tengo la solución.

— ¡Cambiaste rápido tu tono de voz! Dime.

—Jesús está buscando apoyo para un nuevo negocio.

—Sí, lo sé. Ya pasó por aquí y lo rechacé. Requiere de aportes de todos los socios.

—Allí está la clave. Dejemos que nos convenza.

—Nos estamos llevando no menos del 10% de LGC y ¿quieres aportar dinero a LGC?

—No precisamente. El negocio TARBUS corregirá todos los problemas de iliquidez que tenemos, pero dado que no tengo la menor intención de poner un centavo, aprobamos el proyecto, pero, y aquí está nuestra picardía, que ponga la plata sólo Jesús.

—Sería un estúpido si lo hace.

—Nos comprometeremos con él a aportar la parte en efectivo que nos corresponda, pero una vez que el sistema está funcionando. Sólo tenemos que detener lo que estamos haciendo por un par de meses. Luego podremos duplicar las extracciones.

—Si Jesús acepta, le podemos ofrecer el apoyo operativo de LGC, así no sospechará y podremos seguir adelante. Me parece buena idea.

—Aprobaré el proyecto ni bien me llame y me mostraré entusiasmado. También le diré que te convenceré a ti. Y no vuelvas a llamarme.

—Listo. Nos hablamos en otro momento.

—Dos actividades que debemos corregir. Inventa una excusa y aleja a Fermín de los registros. Es una persona muy capacitada, podría descubrir lo que estamos haciendo. Y, por favor, deja de hacer extracciones al menos por un mes.

—Héctor, podríamos seguir con las extracciones. ¿Por qué detenernos?

—José, tu ambición nos va a matar. Eso nos expone. Por favor te pido, no extraigas más dinero y mantén a Fermín lejos.

—Ok. Nos hablamos.

Luego de cortar con Héctor Hércules, José abrió muy despacio la puerta de su oficina con el fin de evitar que el resto de los colaboradores notasen que la había cerrado con llave. “No tenía nada que ocultar”. Se movió hasta su silla y se acomodó. Se sentía observado, pero cuando levantó la vista se encontró con que sólo Fermín lo miraba. Bajó la vista inmediatamente y comenzó a pensar en cómo evitar que Fermín siguiera trabajando en el informe que él mismo le había pedido. Se sintió un verdadero estúpido. Por crear condiciones de credibilidad, casi había estropeado el negocio paralelo que habían desarrollado junto a su gran amigo Hércules.

No se le ocurría excusa alguna para detenerlo.

Levantó el teléfono marcó el interno 101.

—Fermín, ¿puedes acercarte por mi oficina por favor? Gracias.

—Sí, don José. ¿En qué puedo ayudarlo?

—Toma asiento. Creo haber descubierto lo que está pasando. Deja el informe que te pedí de lado y sigue con tus actividades habituales. Ni bien termine con lo que estoy preparando, lo compartiré contigo para que opines al respecto. Gracias.

—Como usted lo desee, pero yo sigo preocupado.

—Confía en mí Fermín. Gracias.

Mientras Fermín regresaba a su puesto de trabajo, cargado de dudas, José siguió con sus tareas habituales, y eventualmente oteaba a Fermín. 

No creía haber sido convincente. 

Capítulo 17 – TARBUS: su implementación

Lejos de mi categórico fracaso con José, el resto de los socios aceptó la idea de participar junto a Procustodia de la licitación de la alcaldía, por TARBUS. El que más había apoyado la idea fue Héctor Hércules, que extrañamente es quien más se quejaba de la escasa rentabilidad de LGC. Sorpresivamente, Hércules veía en TARBUS una gran oportunidad para la empresa. Incluso se comprometió a convencer a José.

Empero, Hércules había insistido con una última reunión con la presencia de todos los socios. No había adelantado el temario. Citó a un desayuno, para el jueves nueve de setiembre en el hotel Córdoba Centro sobre calle Jesús María. 


No esperaba otra cosa. Obviamente asistencia perfecta de los miembros del directorio. Héctor Hércules tomó rápidamente la palabra. 

Apenas si habíamos tomado asiento en la confortable sala que nos asignaron.

—Hola a todos, que tengan un excelente día. José, gracias por venir, me ha costado mucho persuadirte de las bondades de intentar participar en un nuevo negocio. Nos halaga tu presencia. Si bien no hay un orden del día, ya que la presente reunión de directorio es de carácter informal de todas maneras estamos por tomar una decisión muy importante para el futuro de nuestra empresa.

De repente golpeó la puerta el jefe de cocina del hotel impecablemente vestido. Camisa blanca, pantalón negro, una chaqueta de chef azul francia y una bandana blanca sobre su cabeza. Lo seguían dos mozas que empujaban sendos carros de camareras con desayunos para todos los presentes: tostadas, mermeladas de duraznos, membrillo y pera, huevos revueltos, salchichas, jugos de diferentes frutas, café, leche y té. Todo en cantidades exageradas.

Era un despilfarro de comida, digno de una reunión de reyes a quienes nada les importa todo lo que va a parar a la basura. Creo que el dinero ya nos había cambiado la forma de vivir. 

Era una postal de la pérdida de humildad. 

Comenzaron los típicos diálogos referidos a las familias de cada uno, hijos, madres y esposas. Cuarenta y cinco minutos hablando sandeces, con el apuro que yo tenía.

Hasta que Hércules volvió a tomar la palabra. 

—Dice un viejo refrán, “barriga llena, corazón contento”, y como estimo que todos están satisfechos, podemos iniciar el tratamiento del tema que nos convoca. 

Mirándome prosiguió.

—Jesús, nos ha presentado la idea de participar en la licitación por TARBUS, el servicio de tarjetas de transporte de la alcaldía de nuestra ciudad. Jesús, querido amigo, nos parece una idea interesante, pero de muy alto riesgo. Hemos acordado con el resto de los miembros del directorio participar, pero con una condición: tú realizas los aportes necesarios junto a PROCUSTODIA, y nosotros dentro de tres meses y una vez que se encuentre funcionando el sistema, comenzaremos a devolverte el aporte, en forma proporcional a nuestra participación en LGC. 

Quedé boquiabierto. Mudo. 

Me dejaban solo. Si funcionaba se convertían en socios, y si no funcionaba, estaría quebrado. Paralelamente yo mismo les había vendido la idea como la mejor. Estaba entre la espada y la pared. Me dije: Tómalo o déjalo.

Tomé la palabra.

—Amigos y socios, muchas gracias por haberme escuchado y aceptar la idea. Me han puesto en un lugar embarazoso, pero dado que no acostumbro a huir de los desafíos, aceptaré con mucho placer. Sólo les pido que me faciliten la estructura de LGC para apoyarme en ella.

Hércules y José cruzaron una mirada de entendimiento.  

—Permite que te interrumpa, Jesús. No lo dije, pero así lo previmos. La idea es que TARBUS se desarrolle dentro de LGC y la operación sea supervisada por José, nuestro actual presidente.

—Bien, en ese caso les agradezco el apoyo y, si no les molesta, me retiro para iniciar el proceso. Aún me queda sumar a la Sra. Juana Muralla. Les voy informando de los avances. Que tengan un buen día.

Salí del hotel apurado, quería desaparecer de la vista de mis socios. No debía mostrar la desesperación que llevaba encima. Mi única salvación era la “Reina” Muralla. 

Le llamé.

—Juana, buenos días, Jesús le habla. ¿Cómo está usted?

—Jesús, ¡qué sorpresa! Siendo casi el mediodía, quiero advertirte que estoy hambrienta y necesito un caballero que me invite a almorzar.

—Me ha leído la mente. ¿Puedo pasar por usted en una hora?

—Sí, por supuesto, pero con una condición.

— ¿Cuál? La escucho.

— ¡Por favor no me trates de usted!

—Ok, en una hora paso a buscarte por tu mansión

—Dame unos minutos más, tengo que prepararme.

—13.15 entonces, paso por ti.

No me corrigió, alimenté su ego, le gusta que a su casa la llamen “mansión”.

Corté. 

Pensé. Juana Muralla, una de las mujeres más prestigiosas de la ciudad y con casi sesenta años de edad, se me había tirado encima. Será difícil evitar su avance. Seguramente no estaba acostumbrada a ser rechazada. Otra vez entre “la espada y la pared”.

Apenas alcancé a cambiar mi ropa. 

Camisa blanca, botones caqui y saco sport al tono con los botones. Un par de gotas de One Million de Paco Rabanne, mi preferido, para terminar. Tomé las llaves del auto y a las 13.10, estaba en la puerta de la mansión. Los guardias en el portón de entrada me cortaron el paso. No alcancé a explicar mi presencia a uno de ellos. Ni bien me identificaron me abrieron el paso.

—Sr. Jesús, la Sra. lo espera. Pase por favor.

Estacioné; levanté la vista. Hizo su aparición por el hall de ingreso. Le faltaba sólo la corona. Traía un vestido a las rodillas, elastizado, color azul, pegado a su cuerpo, escote tipo Halter, que le permitían mostrar sus firmes senos, seguramente siliconados. Un par de stilettos grises cubrían sus pies. Cualquiera que no conociera su edad, le hubiera dado veinte años menos. 

Debo reconocer que a primera vista me excitó.

—Jesús, baja de tu auto, he dispuesto una limusina con mi chofer para que podamos ocuparnos de lo nuestro, sin tener que preocuparnos por el regreso. Un buen vino puede causar estragos en mí. Acompáñame.

El chofer esperaba con la puerta abierta. La invité a ingresar a su limusina. Agachó su cabeza y dejó su redonda cola frente a mis ojos. Casi seguro que carecía de bragas. Yo jamás había siquiera pasado cerca de una limusina. Me senté a su lado. El interior totalmente cubierto en cuero blanco, asiento en forma de “ele”, alfombrada en gris perla; delante nuestro, una pequeña mesa con un balde, hielo y una botella de espumante Dom Perignon dentro, y dos copas, iluminación, música, el aire acondicionado en 26 grados, y una pantalla led en la que podía verse un video clip de Katy Perry. Las ventanillas polarizadas de negro furioso. 

Nada se veía desde afuera. 


Comencé a dudar de mi objetivo de este almuerzo. Lo que más llamó mi atención fue que no podía ver al chofer. Un vidrio oscuro nos separaba de él. Apoyó su brazo, pulsó una tecla y hablando sin ningún esfuerzo, dijo: “Podemos irnos Joaquín, con dirección a Málaga por favor. No quiero que nos molesten. Sabes qué hacer si me necesitas”. 

Partimos. 

Todo listo para su fiesta, pensé. Una fiesta en la que yo era el protagonista y, a la vez, el juguete de turno.

Ni bien habíamos tomado la ruta hacia Málaga, me interrumpió. 

—Jesús acércate y hagamos un primer brindis. “Chin-Chin” por habernos conocido.

Tomé un par de sorbos y cuando volví mis ojos sobre ella, carecía de zapatos y estaba en pleno proceso de montarse sobre mí. Me retiró la copa, que apenas si había probado y la dejó sobre la mesa con una destreza fascinante. Ya nada podía hacer, salvo entregarme al placer. Había entrado en clima y hacerlo dentro de una limusina, me resultaba una fantasía más que interesante.

Me desabrochó y en segundos tenía sus manos sobándome el miembro. Ella guiaba el momento. Ni una palabra. Sólo movimiento. Se sacó el vestido hacia arriba, y su cuerpo entero se dejó ver. Un poco ancha su cadera, pero toda ella de bellas proporciones. Desprendió con una manifiesta agilidad los botones de mi camisa y en segundos estaba jadeando y yo dentro de ella. Me olvidé del mundo entero. 

Estaba pasando un momento extraordinario, hasta que se me cruzó mi novia por la cabeza. Le pedí disculpas muy dentro mío. 

Recorrimos unos pocos kilómetros y lo habíamos hecho dos veces.

Nos vestimos y la invité a un nuevo brindis. Esta vez propuse “por los negocios”.

Chocamos las copas, y bebimos hasta la última gota. Estábamos listos para una buena siesta, pero yo tenía que hablar de TARBUS.

—Jesús, sé que me necesitas para participar de la licitación de TARBUS. Con mis hijas leímos el pliego y es a medida de Procustodia.

—No sabía que estabas al tanto de mis inquietudes. 

—Soy Juana Muralla, no me subestimes.

—No lo hago, sólo que estoy sorprendido.

—Hay alguno de tus socios que hablan demasiado. Deberían cerrar “el pico”. Los negocios se manejan en silencio. 

Pulsó la misma tecla: 

—Joaquín emprende el regreso y llévanos al SNACK 78.

Tuve la impresión de que me hizo seguir y sabe de mí mucho más de lo que dice.

—Jesús, conozco a todos tus socios. En el único que confío es en ti. Y lo sé porque te he investigado. Y en ese Otoniel, que no entiendo qué hace con ustedes. Ese hombre es una bola de miedo. Te pido disculpas, pero no puedo tratar con cualquiera.

—Lo supuse, Juana, y si bien no me place que me investigaras, te entiendo. Agradezco que hayas llegado a una opinión favorable sobre mi persona.

—Acabo de pasar el mejor momento de mis últimos años contigo. Espero que se repita. De mi boca, esa novia que tienes nunca sabrá una palabra de lo que ocurra entre nosotros. Será tu responsabilidad.

No supe qué responderle. Sabe de mi novia y no le interesa, ni le preocupa. Pero es mujer.

—Te agradezco, pero no esperaba menos de ti. Mantengamos la discreción. Pasé un momento excepcional contigo. Que se repita. 

—Veo que eres todo un caballero y un tramposo.

Soltó una carcajada, mientras terminaba de colocarse los stilettos.

—Juana, necesito me respondas. Entiendo que puedes ir sola y presentarte a la licitación. ¿Podrá LGC tener alguna posibilidad de participar como socio de Procustodia?

Mi pregunta era casi un ruego.

—Haré lo que tú quieras, mientras seas mi amante. Una vez que te canses de Juana, me cansaré de Jesús y de LGC. ¿Me comprendes?

Demasiado claro, pero es la “reina”. Me estaba extorsionando con sexo. Propio de épocas renacentistas.

—No me interesa tu extorsión. Estoy dispuesto a ser tu amante.

—Entiendes rápido, amante mío.

—Juana, estoy preocupado, debo llevar una respuesta positiva al directorio de LGC. No estoy en condiciones de hacer la inversión solo yo. Necesito tus recursos.

—Te entiendo, my love. Tus socios son unos verdaderos zánganos que quieren ganar dinero sin arriesgar. Haremos lo siguiente: Procustodia se queda con el 80% de la nueva sociedad, el 20% restante será de LGC y aportarán el gerenciamiento. Condición sine qua non que Jesús Williams Emerico Suárez, mi amante y quien mantiene los vínculos con la alcaldía, sea el Gerente General. Caso contrario, no necesitaré socio alguno. Tendrás el mejor salario de la ciudad, pero quiero todo de ese cerebro que llevas sacándole jugo a TARBUS.

—Sra. Juana, disculpe. 

—Habla, Joaquín.

— ¿Debo estacionar o el señor baja aquí y seguimos a su casa?

—El señor se queda aquí. My love, te hago traer el auto por uno de mis guardias. En una hora estará aquí.

Me tomó con ambas manos apaciblemente, atrajo mi cara hacia sus labios y me besó suavemente. 

—Dales la buena noticia a tus socios. Para ti tengo otra buena noticia.

Me atrapó su comentario.

—La próxima vez, te lo haré con mi boca— y me lamió la oreja.

Se me escapó una pícara sonrisa y la despedí. Estuve muy cerca de pedirle otra vuelta.  

Capítulo 18 – TARBUS

El 30 de septiembre de 2010, a las diez de la mañana tal como estaba previsto en el llamado a licitación, en el domicilio de la alcaldía, presentamos nuestra propuesta para el desarrollo de TARBUS en la Ciudad de Córdoba.

La actividad de “lobby” que había desplegado con la alcaldesa, dio sus beneficios. Sólo dos empresas PROCUSTODIA-LGC Unión Transitoria de Empresas, y CORDOBASEGUR, eran las únicas competidoras. Ellos con un precio del 9% por encima del nuestro.

A las doce, salíamos exultantes de la alcaldía. Juana había faltado a la cita. Procustodia fue representada por su hija mayor. No pude evitar percibir su belleza y simpatía. Su escasa edad y un vestido blanco transparente y sus enormes pechos sin sostén, se convirtieron en el imán de la licitación. Tuve la impresión de que quería competir con su madre. 

Sonó mi teléfono. Era Juana.

— ¡Jesús, felicitaciones! Debemos festejar. Te espero en mi casa a las cinco de la tarde. Mi boca te espera.

Su manera directa y atrevida de invitarme me excitaba, a tal punto que cuando corté con ella, se me producía el inicio de una erección. Me abroché el saco para disimular. Igualmente, un par de minutos después, una gota de semen se me escapaba. 

 —Tengo otra tarea prevista, pero allí estaré. Espero llegar unos quince minutos más tarde. 

—En el peor de los casos, me encontrarás con una temperatura corporal un poco más elevada.

Cortó. Una vez más hizo gala de su capacidad para enloquecerme.

Quería pasar a ver a Antonia a contarle la buena nueva. Pero ya estaba pensando en Juana. Evité a Antonia. Terminaría acostándome con ella pensando en Juana.

Estaba tan excitado que le llamé a la “reina” y le rogué que me recibiera un par de horas antes. Su respuesta, como no podía ser de otra manera, fue terminante.

—Ni te atrevas. Mis labios te esperan a la hora convenida. 

La maldije. Lo hizo nuevamente. Me hizo explotar de deseo.

A las cinco de la tarde en punto, los guardias ya tenían el portón abierto. 

Entregué las llaves de mi auto a uno de ellos, mientras el otro me solicitaba que lo siguiera. 

—Sr. Jesús, hasta aquí puedo acompañarlo. Pase por esa puerta, seguramente la Sra. Juana o su secretaria le saldrán al cruce.

Entré. Se apagaron casi todas las luces. Desde unos metros más adelante se escuchó su voz: “Pasa Jesús, esta será una tarde muy especial”.

Estaba casi desnuda, apenas tapada por una bata de encaje blanca. Caminaba en puntas de pies. Ni bien llegué a su lado, la escuché.

—Lo prometido es deuda. TARBUS nos permitirá ganar mucho dinero.

Ni en los momentos románticos dejaba de pensar en la soga.

Se arrodilló y comenzó a desprenderme el cinto. Me entregué a su boca. Ya no aguantaba un segundo más. Una tarde inolvidable, que hubiera repetido cientos de veces.


Sólo un día de descanso. Adjudicada la implementación de TARBUS, no me quedaba más alternativa que comenzar muy rápido a trabajar. Procustodia había establecido que la hija mayor de Juana, Juanita, sería mi enlace con ellos. No me gustaba la idea. Temía que se me insinuara y tuviera que rechazarla. 

Una vez más tuve que estudiar el pliego y entender claramente nuestras obligaciones con la alcaldía. Tanto pensar en el negocio financiero que nos permitiría aprovechar el sistema, casi que habíamos olvidado nuestros compromisos.

Hice un cuadro sinóptico:

1- Provisión de 300 terminales de venta, carga y recarga de las tarjetas TARBUS mediante lecto-grabadoras y su inter operatividad, para kioscos propios. Se denomina terminal de venta a la terminal más el habitáculo de protección anti vandálico. 

2- Provisión de 200 terminales de venta, carga y recarga de tarjetas, con lecto-grabadoras, pero de acción manual, para kioscos de terceros.

3- Las terminales debían estar preparadas para recibir dinero en efectivo, tarjetas de débito y crédito. Adicionalmente debían ser auto gestionables por el pasajero, mediante una aplicación instalada en la terminal.

4- La aplicación debía ser intuitiva y guiar al pasajero, hasta completar la compra, carga o recarga de su tarjeta TARBUS

5- Un total de 300 terminales debían ser instaladas, conforme mapa de puntos de venta, provisto por la alcaldía, en el pliego.

6- Las terminales serán ploteadas con diseño provisto por la alcaldía de Córdoba.

7- Servicio de Capacitación en operación y mantenimiento para el personal, a cargo de la operatoria.

8- Cableado de energía eléctrica, para las terminales. La energía propiamente dicha sería provista por la Empresa Cordobesa de Energía Eléctrica.

9- Instalación y soporte de antenas externas, sistemas de protección anti vandalismo, cableado UTP, Ethernet o cableado de fibra óptica para conexión a Internet, desde el lugar de ubicación de las máquinas hasta boleterías centrales.

10- Provisión de software de Gestión y Monitoreo remoto de los equipos, en la cual conste recaudación, cantidad de billetes por nominación y todo tipo de datos, registros y/o indicadores necesarios para el control de los mismos. 

11- Distribución del dinero en efectivo mínimo para el funcionamiento de las terminales y recolección de la recaudación de cada una de ellas, al finalizar el día, en horario a determinar. Obligación de depositar en cuenta recaudadora del saldo de cierre del día a las 72 horas hábiles.

11- Presupuesto previsto: 18.595.041,30 euros más IVA. Adelanto a recibir: 50% del presupuesto.

12- Garantía de oferta ya depositada: 1.859.504 euros (1%).

13- Tiempo disponible para la entrega del sistema a la ciudad: 90 días.

14- Años de contrato: 10 (diez).

15- Comisión a cobrar a la ciudad por la operación del sistema: 6,5% de lo recaudado. 


Con el cuadro en la mano, comencé a definir tareas y responsables. Tenía a mi cargo seis personas de LGC y otras seis de PROCUSTODIA. Era un buen equipo con la responsabilidad de estar en condiciones de entregar el sistema “llave en mano” a la ciudad. 

Paralelamente, con Juana nos habíamos propuesto hacer uso de la Investigación Operativa, que es una rama de las matemáticas de origen militar, que hace un uso intensivo de la geo localización y con ella podríamos optimizar las rutas de recolección del dinero y posterior depósito en los bancos, de manera de tenerlo el mayor tiempo posible, bajo custodia de PROCUSTODIA y así poder prestarlo a los clientes de LGC.

PROCUSTODIA disponía de los recursos: camiones blindados, choferes, policías del cuerpo policial contratados y el tesoro para resguardo. La idea de Juana era la de mejorar su negocio. Ese era su objetivo: aprovechar que sus camiones se encontraban permanentemente rodando en las calles de la ciudad, dadas las necesidades de sus clientes, y beneficiarse puliendo las rutas habituales, logrando una mejora en el costo de transporte. 

En síntesis: transportar más dinero, sobre las mismas rutas, por el mismo costo, cobrando más.

Para LGC nos resultaba imperioso conseguir dinero, para poder prestarlo, y evitar descalces entre el plazo de cobranza y el plazo de pago o depósito, y para ganar más dinero. No teníamos detrás un Banco Central que nos prestara dinero ante un problema de iliquidez. Descalzarnos podía ser para nosotros muy grave. El negocio se mantiene sobre la base de la confianza. Dañada la confianza, estaríamos perdidos.

No teníamos tiempo para perder. TARBUS podía darnos otra escala de negocio, aumentando la cantidad prestada y disponer de un mayor saldo de dinero inmovilizado por seguridad. Lo que en los bancos denominan encaje técnico y les ayuda a hacer frente a los retiros masivos de dinero por parte de los clientes. 

Nunca olvidar la primera clase de finanzas bancaria mientras cursaba el Máster en Barcelona: ningún banco del mundo resiste una corrida prolongada por parte de sus clientes. Más temprano que tarde se ven obligados a cerrar sus puertas. Definitivamente TARBUS es muy importante para LGC. 


Capítulo 19 – La realidad

—Don José, ¿puedo hablar un minuto con usted?

—Pasa, Fermín. Adelante, siéntate.

Fermín cerró la puerta tras de sí, lo que llamó la atención de su jefe. Lo incomodó.

—Terminé el informe semanal que me pidió el jueves pasado.

—Recuerdo haberte pedido que no siguieras con él. Que todo estaba solucionado.

—Sí, recuerdo su cambio de opinión, pero me pareció necesario, dada la evolución del negocio. Al paso que vamos, nos caeremos en un precipicio. Será difícil salir de él.

—Que sea la última vez que desobedeces una orden directa mía. Puedes retirarte.

—No le conviene que me retire, don José. Prefiero ser escuchado.

José desacomodó su corbata, desabrochó el primer botón de la camisa y se preparó para lo que temía.

—Lo voy a escuchar Fermín, pero tenga mucho cuidado con lo que va a decir.

Se había tensado la reunión. José le clavó los ojos a su eventual contrincante, casi atravesándolo. Aprovechó el momento, se puso de pie y cerró las cortinas. Demasiadas miradas se dirigían hacia su oficina.

—No entiendo por qué se ha puesto tieso, Sr. José. O quizás sí que lo entiendo.

Fermín estaba a punto de traspasar la línea que su jefe estaba dispuesto a soportar.

—Sólo quiero decir que en esta empresa está saliendo dinero por fuera del sistema, y ese es el motivo del creciente descalce que estamos sufriendo. 

— ¿Qué quieres decir con que “está saliendo fuera del sistema”?

—Creo que usted sabe a lo que me refiero. Alguien está desviando parte de la recaudación. Es una malversación, diaria. Alguien altera sistemáticamente los saldos manipulando siete cuentas “fantasmas” que se repiten semana a semana. Un nombre cada día de la semana. Sucede habitualmente en la caja de la tarde, que usted supervisa. Esa última operación del día es por montos importantes y siempre el autorizante es usted. Buena estrategia el uso de distintos nombres. Es ingenioso el proceso. ¡Casi se me escapa!

— ¿Qué quieres, Fermín?

—Ser partícipe de lo que está ocurriendo. Si quieren que cierre la boca, debe pagarme por ello. Además, soy el único que podría descubrir lo que está ocurriendo. Podría ser el “garante” para que ningunos de mis compañeros meta la nariz donde no debe.

José pensó unos segundos su respuesta. Fermín había descubierto cómo se realizaban las “extracciones”. Hablaba en singular. No tenía la menor idea de que alguien más participaba; que tenía un socio: Hércules.

—Dame unos minutos y resolveré la situación.

—José no quiero apurarlo, pero preferiría una respuesta antes del cierre de caja de esta misma tarde. Me hace falta el dinero.

—Regresa a tu puesto de trabajo, no hables con nadie este tema y veré de darte una contestación en pocos minutos.

Fermín con una sonrisa sarcástica, volvió a su lugar, creyendo haber ganado una batalla.

Mientras tanto José sacó del último cajón de su escritorio el celular que sólo usaba para comunicarse en forma segura. Llamó a Hércules para contarle lo que había ocurrido. 

—Pero, José, ¿eres estúpido o qué? Debiste negar todo y se terminaba allí mismo.

—Fácil es decirlo, pero me llamó la atención el buen trabajo que logró armar. No erró en un centavo. Operación por operación, día por día. Y una columna adicional con lo que LGC dejaba de percibir. Es un brillante auditor. 

—Y encima lo elogias. Si sabías que era el único con esas capacidades, debiste ponerlo en otro puesto.

—Que rápido te olvidas Hércules de cómo y cuándo comenzaron las “extracciones”. 

—Tienes razón. Te pido disculpas. Lo peor que podemos hacer es pelear entre nosotros. Ahora no tenemos alternativa. Ofrécele un 20% de lo recaudado. 

—Estoy de acuerdo contigo. Debemos contener el problema. De todas maneras, pídele a “Mano Rápida” que le dé un buen susto. Que no lo toque, no vaya a ser cosa que se pase de rosca.

—Esa es una buena idea. Corto contigo y lo llamo. Mientras tanto habla con ese infeliz y dale las buenas nuevas. Quiero saber cómo reacciona.

—Ok. Después hablamos. 

José pensó unos segundos, respiró hondo, y marcó el interno 13. Inmediatamente se le vino a la cabeza su significado “el número de la mala suerte”.

—Fermín, ven por mi oficina por favor.

Fermín entró a la oficina de quien ya no consideraba su jefe, sino el cabecilla de la trampa que había descubierto. Una vez más cerró la puerta tras de sí. 

—Fermín, a partir de este momento serás parte de lo que has descubierto. Te ofrecemos el 20% de las ganancias que obtengamos.

Fermín no dejó pasar un detalle, que le retumbó en el oído.

—Lo escucho José y entiendo que hay otros socios.

— ¿Por qué dices eso?

—Ha hablado en plural. Si los hay, quiero saber quiénes son. Quiero estar al tanto de toda la operación. Saber, es parte de mi seguridad. Además, quiero entender si lo que me ofrece es lo justo. Si somos tres quisiera que me reconozca el 33%.

José estuvo a punto de reventarle la cabeza contra su escritorio, pero se contuvo. Había cometido un gran error.

—Prefiero que este tema quede entre nosotros. No necesitas saber más.

—José, por ahora aceptaré la propuesta, y no haré más preguntas. Cuente con mi silencio. ¿Cuándo recibiré mi primera paga?

—Todos los viernes, fuera de hora, hago un arqueo. Los lunes a primera hora tendrás tu parte disponible en esta misma oficina. A los fines de evitar sospechas, yo te citaré en algún momento de cada lunes y te entregaré el paquete. Si estás de acuerdo, retírate, todas las miradas del resto de la empresa siguen dirigiéndose hacia aquí. 

—Estoy de acuerdo.

—Llevamos mucho tiempo encerrados. Vuelve a tu lugar y comienza a hacer una auditoría de las operaciones vigentes. Será la excusa que utilizaremos, por la que nos hemos mantenido en reunión tanto tiempo.

Fermín se levantó e intentó estrechar la diestra de José. Él rehusó el convite. Abrió la puerta, y con una seña lo invitó a salir. José quedó mascando mierda. Había hablado de más. 

Le llamó a Hércules, le comentó que el nuevo socio había aceptado las condiciones. Obvió comentarle que había metido la pata. 

Al final del día, Fermín se dispuso a realizar sus típicas tareas de cierre y arqueo de caja.

Caminó silbando bajito y con las manos en el bolsillo, hasta su auto, en el segundo subsuelo del Argentavis. 

Se sentía un ganador.


Capítulo 20 – TARBUS funciona

Dos días antes de cumplirse el plazo de entrega del sistema TARBUS a la alcaldía, Jesús y la hija menor de Juana, ambos responsables de cumplir el pliego en tiempo y forma, habían completado la tarea. Salvo algún inconveniente sin mayor importancia, las pruebas finales fueron exitosas. Por su parte Juana también había logrado su objetivo. Habían decidido ir los tres a almorzar juntos en la taberna La Montillana, famosa por su casona construida en 1948, su jamón ibérico, su queso de oveja y su insuperable carta de vinos, Montilla-Moriles. Jesús había llegado en taxi. Decidido, subió la escalera y tomó una mesa en la terraza del primer piso. Me lo merezco, pensó. Necesitaba deleitarse con la campiña española. 


No fue lo único que vio. 

Habían pasado unos minutos, cuando a los lejos, se asomó una limusina. Supo inmediatamente quién vendría en ella. Se excitó a tal punto, que se vio obligado a ponerse el saco para disimular su erección.

Las esperó de pie, como corresponde a un caballero. Lo que no esperaba es que Juana se presentara sin su hija.

—Jesús, que gusto volver a verte. ¡Tanto tiempo!

—Juana, me sorprendes cada vez que te veo. Cada día más bella.

—Quizás ha pasado mucho tiempo sin vernos. Deberíamos encontrarnos más seguido.

Ambos sabían que estaban jugando con la audiencia transitoria que los rodeaba. Desde aquella primera vez en la limusina, se veían no menos de dos veces por semana, como verdaderos amantes que eran. 

— ¿Tu hija, Juana?

—Decidió quedarse en casa a descansar. Me dejó un mensaje para ti. Dice que te saques el saco.

Ni bien llegó a la mesa Juana advirtió lo que le ocurría, así que decidió jugar con él. Eso la hacía sentir como una mujer única y completa, con un problema. Había empezado a amarlo. No quería ser segunda de nadie, quería pasar a ser su mujer. Jesús por su parte, veía en ella una amante excepcional, pero amaba a su novia.

— ¿Qué me saque el saco? ¿Cómo sabe ella que lo tengo puesto?

—Yo solo sé que debes acomodar a ese miembro tuyo. 

Bajó la voz y siguió:

—Por favor te lo pido, o no podré comer tranquila, estando tú en ese estado.

— ¡Ja! Eres una gran observadora. ¿Prefieres que sigamos en la limusina?

—Comamos algo primero, necesito enjuagar mi boca con un rico vino.

—Juana, lo has hecho nuevamente. ¡No podré sacármelo!

Pidieron la carta al camarero. Y rieron por un largo rato. Después acordaron que a orillas del Guadalquivir era el lugar donde les gustaría amarse. Pidieron dos platos de pescado en honor al amor y al río. Ella, boquerones fritos sobre asadilla de morrones. Él, bacalao frito con alioli de yuzu. Dos especialidades de la casa. Para beber, un vino amontillado de bodegas Montilla-Moriles y una botella de agua mineral.

Apenas una hora después y con la sola intención de desnudarse, pagaron la cuenta y subieron a la limusina. Juana pulsó la tecla y Joaquín una vez más escuchó la misma orden: “Joaquín, proa hacia Málaga por favor, y ya sabes que no deben molestarme”.

Una vez más ella tomó la iniciativa, pero con la boca.


Quedaron saciados, exhaustos y desnudos, pero sabían que tenían que hablar de negocios.

Se taparon con sus ropas, un poco, como para cubrir el pudor.

—Juana, dime cómo te fue con la prueba de las rutas de tus camiones. ¿Pudiste establecer una simbiosis entre las rutas habituales y las nuevas que contienen TARBUS? 

—Armamos junto al equipo de operaciones un nuevo mapa de rutas, si bien mantuvimos sin cambios los horarios de carga y descarga, incluyendo el regreso a casa. Aunque pareciera arcaico, tomamos un plano gigante de la ciudad, marcamos las rutas vigentes y con alfileres de distintos colores, fuimos marcando los clientes actuales y las nuevas bocas TARBUS. A primera vista era fascinante ver que el 60% de las bocas TARBUS, estaba sobre nuestras rutas. Me brillaban los ojos. Eso reducía el problema al 40% restante.

— ¡Bastante bien te fue! Creo que en parte era esperable, dado que Procustodia recorre toda la ciudad a diario.

—Así es, pero esperaba un porcentaje menor. El segundo paso fue marcar todas aquellas bocas de TARBUS que pudiéramos visitar saliendo de la ruta vigente, pero teniendo que recorrer un máximo de tres cuadras adicionales. Aquí me encontré con la segunda gran sorpresa.  El 37% de las nuevas bocas, cumplían el requisito que impuse. Con este resultado, ya teníamos solucionado el 77% del problema.

— ¡Excelente! Hasta aquí el esfuerzo adicional es mínimo. ¿Cómo resolvieron el resto?

—Volví a aplicar una nueva restricción. Esta vez dispuse que la boca no exigiera salir de la ruta, más de seis cuadras. El 19% de las nuevas bocas se justificaba con un esfuerzo algo mayor. Trabajando en forma escalonada, sin apuro, y ordenadamente, se había resuelto el 96%. El 4% restante, lamentablemente requieren de un mayor esfuerzo, medido en la necesidad de salir de la ruta actual, bastante más de seis cuadras. El costo total adicional para atender todas las bocas, viejas y nuevas, es de 7300 euros mensuales. Es un resultado excelente. ¿Pero sabes lo que me preocupa, Jesús?

—Dime.

—La capacidad de los camiones. Si bien he realizado los cálculos de volumen necesarios, ese volumen suele variar aquellos días en que los bancos mandan a casa central billetes de baja denominación. Esos días en los que el volumen aumenta, posiblemente me vea obligada a agregar un par de camiones. De todas maneras, no es para preocuparse. Todo ha marchado sobre rieles. Pienso hablar con la alcaldesa e intentar anular unas cuantas bocas. Aquellas que más molestan a la operatoria actual.

—Me parece bien que lo hagas. Si lo prefieres yo podría hablar con ella. Es conocida mía. No imaginé que lograras resolver prácticamente todas las visitas a las nuevas bocas y mantener tu cartera de clientes con al menos el servicio habitual, con un bajo costo adicional. Significa que recorren todos los días toda la ciudad.

—Yo tampoco lo imaginé, pero hicimos un trabajo extraordinario, my love.

Otra vez lo llamaba de esa manera. Ya era la tercera o la cuarta. No llegaba a recordar. No le dio ninguna importancia. Debió hacerlo. No todo era sexo.

—Juana, debemos definir cuándo entra la recaudación de TARBUS a LGC y cuándo pasarán a buscar la reposición.

—Jesús, allí sí que tenemos un gran problema. Me veo obligada a desviar todos los camiones para ir y regresar de Argentavis y retomar la ruta habitual. El tráfico vehicular nos saca unos 20 minutos por ruta. Y estas maniobras sí son un costo adicional importante. Si la cantidad de dinero que esperamos vender en las bocas TARBUS no es mucho mayor que el previsto, estaré en problemas. Necesito cambiar los porcentajes en la configuración de la sociedad de 20-80 a 10-90. 

— ¿Estás loca? ¿Qué les diré a mis socios?

— ¿Desde cuándo crees que puedes tratarme así? Soy Juana Muralla, no tu mucama. Aprovecho para comentarte que yo tampoco trato así a nadie. Ni a mis mucamas. Y no me interesa lo que les tengas que decir a tus socios.

—Perdona, se me fue la boca. Debí pensar antes de hablar.

—Así es, my love. Y dime otra cosa. ¿Te casarías conmigo?

Jesús quedó atónito. Una propuesta de casamiento no estaba en sus planes. Le preocupaba la reacción de Juana al rechazo. Intentó acercarla hacia él, pero rápidamente fue separado. 

—Joaquín, regresamos a la mansión, rápido por favor.

Lo intentó nuevamente mientras Juana se vestía visiblemente molesta.

—Sácame las manos de encima. No me molesta tu rechazo, me molesta tu silencio.

Juana había mentido. La indignación la había invadido y al silencio lo había interpretado como un cachetazo.

—Esperaba algo de hombría de tu parte. Eres muy bueno con el sexo, pero un cobarde para hablar.

La limusina se detuvo completamente.

— ¿Qué pasa, Joaquín?

—Estamos en la mansión, señora.

—Y no olvides Jesús que la torta ahora se reparte 90-10. 

—Joaquín, por favor lleve al Sr. Jesús hasta la puerta de su casa.

Juana bajó de la limusina muy disgustada, golpeó el techo dos veces. A su señal Joaquín arrancó bruscamente. Jesús cayó en el asiento de la limo, tal como Juana había previsto. Un pequeño escarmiento.

Se quedó pensando en la respuesta que debía. Seguramente recuperaría el 10% del negocio, si aceptaba casarse con ella. Pero no estaba dispuesto.

Juana ingresó a su casa directamente a su escritorio. Sacó una pequeña llave del primer cajón y abrió el segundo cajón. Su celular descartable, viejo y prácticamente inutilizable, la esperaba.

Debía hacer sonar el celular de Fermín dos veces, cortar y luego tres veces más. Un mecanismo sencillo para evitar que Fermín la atendiera en un momento incómodo, “o que tuviera moros en la costa”. Evitaban los saludos por completo.

— ¿Fermín, hablaste con José? ¿Les quedó claro que ya conoces el modo en que están vaciando la empresa?

—Sí, señora. Quédese tranquila que reconoció lo que está haciendo y aceptaron mi propuesta.

—Dijiste “aceptaron”. ¿Por qué?

—Así me lo hizo saber. Es muy bueno para las finanzas, pero le cuesta mentir. Tiene al menos un socio.

— ¿Sabes quién es?

—Sí. Es Hércules.

— ¿Y cómo lo sabes?

—Le llamó, mirándome de muy mala cara, mientras cerraba las cortinas. Alcancé a leerle los labios. Recuerde que tuve una hermana que hasta los cinco años no pronunció palabra alguna. Le leíamos los labios. No estoy seguro, pero no creo equivocarme.

—Bien Fermín. No me sorprende. Me habían dado ese dato, pero no podía corroborarlo. Trata de no salir de tu casa al menos hasta mañana. Es muy amigo de “Mano Rápida” y es vengativo el tal Hércules. No te hagas problema, pero trata de evitar exponerte.

—Me da miedo, señora Juana.

— ¡Olvídate! Está todo controlado. No te muestres hasta mañana. Te pido sólo eso. De LGC directo a tu casa.

—La entiendo, voy a ver televisión un buen rato.

—Gracias, Fermín. Has sido de mucha ayuda.

Juana intuía que Hércules no se quedaría de manos cruzadas.

Cortó. Inmediatamente marcó el número del comisario Baeza. Sonó un buen rato y el comisario no le atendía. No quería llamarle desde su línea comercial.

—Baeza al teléfono. ¿Quién habla?

—Comisario, le habla la señora Juana Muralla.

—Señora Juana, qué gusto escuchar su voz. Tuvo suerte, no acostumbro a atender llamadas privadas.

—Disculpe, comisario, pero he perdido mi celular habitual. Estoy usando este de manera excepcional.

—Entiendo. ¿En qué puedo ayudar a una de las más prestigiosas empresarias de la ciudad?

—Déjese de elogios, necesito me confirme un comentario que me llegó. Sáqueme de una duda, por favor. ¿Le ha llamado esta mañana el señor Hércules Romero?

El comisario Baeza quedó boquiabierto. Se preguntaba de dónde sabía eso la Muralla.

— ¿Puedo saber por qué me pregunta, señora Muralla?

—Llámeme Juana, por favor. Un pajarito me comentó que le han pedido que le haga “un poco de daño” al señor Fermín, de LGC. ¿Es así?

—Sra. Muralla… —balbuceó el policía. 

Ella lo interrumpió.

—A buen entendedor pocas palabras. Le pido que deje de lado ese favor que le pidieron. Es un conocido mío. Me entendió, supongo.

Y convencida de su poder agregó:

—No deje de visitar mi mansión mañana por la mañana. Habrá un regalo para usted. Recuerdo que me comentó que su hija necesitaba una Imac Mk462 para su carrera de Diseño Gráfico. Como verá, mi comisario favorito, recuerdo muy bien su observación. Joaquín lo atenderá personalmente. Es de mi extrema confianza. Aprovecharé su visita para hablar sobre otros temas que me preocupan.

—La entiendo. Mañana la veo.

—Gracias, comisario, la puerta de mi casa está abierta. Lo aguardo mañana y le pido un favor más. No comente este diálogo con nadie. Sé que sabe apreciar el valor del silencio.

Juana cortó, convencida de que había logrado detenerlo.

El Comisario Baeza, no comprendía qué era lo que había sucedido, pero sabía de las bondades de tener a Muralla como amiga. Y sabía lo peligroso que podía ser para su carrera dentro de la Policía Autonómica tenerla como enemiga.

Tomó su celular.

—Sargento Montilla, ¡aborte el trabajo que le ordené!

—Confirme por favor. Tengo al sujeto a mi alcance. 

— ¡Aborte, aborte!

—Comprendido.

Borró de su mente a Fermín. 

Para evitar preguntas, tampoco le comentó a su amigo Hércules. El trabajo no se había hecho. 

Ni se realizaría. 

Capítulo 21 – La realidad de LGC y LGC Plazo Fijo 

Llevábamos dos años de trabajo.

Todos contentos. Empleados. Clientes. Proveedores. Socios.

O eso parecía.

Aplicamos en nuestra empresa todas las políticas que favorecieran la actitud positiva de nuestros empleados. Los salarios estaban un 25% por encima del convenio colectivo de trabajo. La diferencia salarial y los beneficios impactaban en la productividad de cada uno de ellos. Sin embargo, advertimos que cada uno de nuestros empleados sólo sabía llevar adelante su tarea. Cada vez que alguno se ausentaba, entrábamos en problemas administrativos. Si bien los procesos funcionaban como un reloj, se detenían ante la ausencia de alguno. El cliente recibía un “Regrese mañana que tendremos su crédito acordado”. 

—Jesús, ¿has notado que cada vez que falta algún miembro de la empresa, los procesos se ralentizan, los préstamos se demoran y hasta se forman colas en las cajas?

—Totalmente de acuerdo contigo, José. Ya lo había advertido. ¿Se te ocurre algo para solucionarlo? Estás más empapado que yo en los temas que conciernen a nuestros colaboradores.

—Mira, sé que no la soportas, pero la señora Helena tiene una asesora en recursos humanos, creo que se llama Cleopatra, es especialista en recursos humanos de las organizaciones. Eso dicen, yo apenas si la conozco.

—Me acabas de leer la mente, José. No la soporto. Es más, trabajé con ella en algún momento y me parece una persona conflictiva.

—Quizás lo sea. Pero permíteme un comentario para que pensemos juntos. Ella trabaja para Helena. Quizás sólo necesite un poco de supervisión, de lo que lamentablemente tendrías que hacerte cargo, y será un gesto de confianza con Helena. No olvides que es la dueña de este local, nuestra principal proveedora. 

—Tienes la maldita habilidad de pensar en frío. Yo la hubiera descartado, sin siquiera pensarlo. Voy a hacer lo siguiente, José. La cito y le comento lo que hemos observado y me pondré a trabajar a su lado. Quizás tengas razón y hasta nos ganemos algún favor de Helena. Pronto habrá que negociar la renovación del contrato de locación. ¿Te parece?

—Jesús, creo que debemos correr el riesgo de tirar a la basura algunos euros si esta Cleopatra no nos ayuda. Adelante, amigo mío.


Cumplí con José al pie de la letra. Me contuve para soportarla. 

Fueron dos larguísimas semanas de trabajo, durante las cuales tuve que recibirla cuantas veces lo solicitó para darle, con mi mejor cara, mucha información que hubiera preferido guardarme. 


—Jesús, aquí le traigo un informe con mi diagnóstico sobre lo que sucede en LGC y un proyecto de solución. Mis honorarios son 2500 euros, lo implementen o no. Aquí está mi factura. ¿Y me permite un minuto más?

—Pero sí, Cleopatra, el tiempo que necesite.

—No me siento cómoda trabajando con usted y creo que es un sentimiento recíproco.

— ¡Pero Cleopatra!

—No interrumpa a una dama, Jesús. Déjeme terminar por favor. Lea mi informe y sólo le pido que, si está conforme, me permita supervisar la implementación. Honorarios a convenir.

—Siento vergüenza de lo que escucho. No coincido con su visión. Me quedo con la tarea de revertir su opinión sobre mí. 

—No sé cómo lo hará, pero ese informe que tiene en su mano lo ayudará. Que tenga un excelente día.

Me estrechó la mano y se fue. Partí al SNACK 78, informe en mano. Su título: Plan de mejora continua – Primera etapa – Back ups. Lo leí con cautela y repetidamente. Era una loca idea, pero de una profundidad imponente, admirable. Le llamé inmediatamente.

—Cleopatra, estoy sorprendido con su proyecto. Es fascinante. ¿Cuándo puede empezar? Trabajará bajo mi supervisión. Y le pido disculpas si he cometido algún error.

—Por los errores no se preocupe. Ya quedaron en el pasado. El próximo lunes a primera hora estaré por su oficina.

—La espero. Acordamos sus honorarios y arrancamos inmediatamente. Sumaré a José a la reunión.

—Lo que usted disponga. Que tenga un buen fin de semana.


Cleopatra estaba exultante. La llamó.

—Helena, tengo buenas noticias. He sido contratada por LGC.

—Excelente, te felicito Cleopatra. Sólo ocúpate de hacer el mejor trabajo.  


Con el fin de terminar con el problema, Cleopatra sugirió desarrollar un sistema de back up de cada uno de los miembros del personal administrativo y de sus tres jefaturas. 

Al principio causó mucho miedo. Todos se preguntaban si estábamos preparando su reemplazo ante un eventual despido. Dicen que, para solucionar un problema, lo primero es darse cuenta. Y así ocurrió con ellos. Con el tiempo sólo les vieron ventajas a los back up. Cada uno de nuestros colaboradores debió elegir un compañero quien sería su reemplazo en caso de ausencia, cualquiera fuera la causa. Era responsable del desarrollo de las capacidades y aptitudes de quien sería su back up. Cleopatra los desafió. El reemplazo debía ser mejor que el titular del puesto. Y hasta me incluyó en su lista.

Cuando perdieron el miedo y comprendieron el concepto, la felicidad les volvió al cuerpo, podían ausentarse cuando lo necesitaran y la empresa no volvió a perder o a pedirle a un cliente que debía esperar hasta el día siguiente. El plan de mejora continua que organizamos fue un verdadero éxito. Los resultados podían verse en la encuesta de satisfacción. 

Los clientes nos preocupaban. Por ello cada seis meses la realizábamos. Otra tarea de Fermín. Jamás se quejaba de la carga de trabajo que tenía. Todo lo que se le solicitaba lo hacía sin errores, ni quejas. Y con una profesionalidad admirable.

Serios problemas nos revelaban hace tres años, cuando arrancamos con las encuestas.

—Fermín, ¿cómo nos fue con la última encuesta de satisfacción?

Su respuesta me recordó a aquél matemático que contratamos por el problema con las colas.  

—Don Jesús, la acumulación de experiencia nos fue mostrando el camino para mejorar y lo hicimos. Las últimas mediciones nos muestran un nivel de satisfacción del orden del 87%. Aún tenemos margen de mejora, pero habiendo empezado en un 45%, hemos logrado subir casi toda la cuesta. 

—LGC se merece una felicitación.

—Y algo más. Cuando lo considere necesario, le agradecería me asigne un asistente.

—Te prometo convencer a José.

De los clientes me ocupé personalmente, siempre con el acuerdo de José. Ajustamos los límites de riesgo de cada cliente y con tres de cada cuatro, no tuvimos rechazo alguno por parte del sistema. Nuestro ingeniero era un experto en volcar al sistema informático de administración las necesidades que planteaban colaboradores y clientes.

También me ocupaba personalmente de los proveedores. Proveedores de dinero. Algo me impedía delegar esta tarea. Me ocupaba poco tiempo, pero era una tarea de relojero. Debía ser muy cuidadoso. Los teníamos escalonados en importancia. Sabíamos de quién podíamos prescindir sin que la empresa resultara dañada y de quiénes no podíamos deshacernos. Los proveedores de dinero eran nuestros mimados, por razones obvias. 

Sin dinero no había negocio. 

Desde mi negativa a casarme con Juana, la relación con Procustodia se había deteriorado. Ella había dejado de comunicarse conmigo, pese a mis esfuerzos en contrario. Eligió a José como su nuevo interlocutor. Pero él quería sacarse a Juana de encima. Varias veces me lo hizo saber. Sabía que necesitábamos recuperar mi relación profesional con ella. José estaba cansado. Hasta el directorio me lo pedía en cada reunión. Una y otra vez lo había intentado y siempre fallado. Era una tarea pendiente que nos podía traer muchos problemas. TARBUS se había convertido en un gran negocio para Procustodia y LGC era un excelente socio en los préstamos. Si bien se llevaban el 90% de la operación, tal y como me amenazó aquel día que la rechacé, era muy buena la rentabilidad debido a los grandes volúmenes de dinero que manejábamos.

Y el directorio. Cada día resultaba más difícil hablar con nuestros socios. No todas eran buenas noticias. Pero sólo escuchaban las buenas. Y había varias malas, a las que había que prestarles atención. Eventualmente nos veíamos obligados a pedir prestado dinero al Banco Nacional, cuando la mora crecía. Nos descalzábamos por pocos días y así volvíamos al equilibrio. Pero nos descalzábamos. El mayor inconveniente que yo veía en esta operatoria era que la tasa de interés que nos cobraban no paraba de subir desde hacía un par de meses, semana a semana, y no podíamos trasladarla. Cada vez que con José intentábamos trasladar la diferencia de tasa, perdíamos parte de los clientes. La demanda era inflexible a la suba de tasas. Los bolsillos estaban exhaustos.

Se cumplieron dos meses del peor momento por el que pasó LGC. Un cheque de seis millones de euros nos fue devuelto por una falla técnica. Debía llevar la rúbrica de dos firmantes y tenía sólo una. No teníamos manera de saberlo. Era una de las grandes obras sociales de la provincia. Estuvimos siete días prestando sin prestar. Tapamos el hueco del cheque con el efectivo diario, pero no alcanzaba para nuevos préstamos. Como sabía que el reemplazo del cheque llegaría en unos pocos días y no quería perder clientes, decidí que todos los préstamos otorgados serían pagados a partir del martes de la semana siguiente. 

José apoyó la idea inmediatamente. Percibió el peligro que significaba para el mercado, una noticia de esas características. 

Lo escuché decir con miedo: 

—Ninguna entidad financiera puede darse el lujo de hacer conocer al mercado que está en problemas. Siempre subyace el peligro de una corrida. 

Bastante bien nos fue. Sólo perdimos 37 clientes de los 247 atendidos.

“Nuestra soga”, no era “soga nuestra”, sino de quienes confiaban en nosotros. Lo habíamos olvidado. Lo entendimos, aquel día del cheque rechazado, el primer día que nos faltó guita para devolver a un cliente. Vivíamos de prestado.

Aquella semana llegué a la conclusión de que LGC era particularmente endeble ante algunos acontecimientos. Así lo expresé en la última reunión de directorio, pero no fui escuchado. Sólo les interesaba la rentabilidad, y los dividendos que le tocarían a cada uno de sus miembros, mientras se acercaba el fin de año, momento de pago de los mismos. Me cansé de insistir en acrecentar el fondo de garantía a unos diez millones de euros, de los dos actuales y que ya se veían reducidos a 1,2 millones. Pero no hubo manera de hacerles comprender que, con dos millones de euros, nada podíamos hacer si ocurría algo de gravedad. No veían los riesgos.

La ambición guiaba las reuniones, cuando debíamos ser guiados por la precaución. Aquel día entendí a José. Había que ponerle un freno a nuestra expansión. 

Carecía de apoyo. Estaba solo.

Por nuestras manos pasaban millones y millones de euros.

Pero como la codicia carecía de límites, en la reunión de septiembre de 2012, ante mi ausencia, el directorio aprobó una nueva unidad de negocios. Hasta aquí era sólo monetización de cheques y unos pocos préstamos en efectivo. Pero cierto es que hacía bastante tiempo las consultas se reiteraban: “Me sobran unos ahorros, ¿LGC me los recibe para constituir un plazo fijo?”. 

Es una típica operatoria de los bancos comerciales en el mundo entero. 

Tomar dinero a plazo para prestarlo a clientes que necesitaban dinero con distintos objetivos: para consumo personal, para cambiar el auto o para reparar su casa. Las consultas se multiplicaban y el directorio llegó a la conclusión de que debían aprovecharse.

Como de costumbre con Antonia habíamos aprovechado un par de semanas para tomar sol en Miami. A mi regreso, a fines de octubre, todo estaba “cocinado”. No tenía posibilidad alguna de oponerme. Por lo tanto, decidí hacer lo mejor que pudiera para que la nueva unidad de negocios, funcionara lo mejor posible.

El cliente ingresaba a LGC y si consultaba o venía decidido a constituir un plazo fijo, era derivado a la persona que se estaba capacitando, nuestro oficial de negocios, quien disponía de su propia oficina. 

Costó tiempo y esfuerzo que el oficial de negocios aprendiera su nueva función. Era una tarea nueva a la cual nadie sabía a ciencia cierta cómo encararla. Todos alguna vez, siendo clientes de un banco, habíamos constituido un plazo fijo, pero establecer un proceso exitoso dentro de LGC era otra cosa. 

El cliente llenaba con sus datos el formulario, incluyendo el monto a depositar. Detraíamos el costo administrativo del 0,3% y sumábamos el monto que resultaba de aplicar la tasa de interés que establecíamos y que cobraría el cliente, al final del plazo fijado.

Obviamente, de nada servía tomar dinero si no lo prestábamos. El estudio de abogados Asenja-Duarte-Gámez fue nuestro asesor sobre formularios y contratos de préstamos y ante eventuales juicios de cobro por falta de pago.  

El gran problema que resolver fue la imposición del estudio, de la necesidad de certificar ante Notario Público las firmas de los tomadores de préstamos en sus respectivos contratos de “mutuo”, o contratos de préstamos, como se los denomina habitualmente. Constituir un plazo fijo era relativamente fácil, pero un contrato de préstamo era mucho más difícil. Era necesario asegurar el cobro si el cliente no lo devolvía en tiempo y forma.

Pese a que lo intentamos, no hubo notario dispuesto a pasar un solo día en nuestras oficinas, a pesar de que había disposición a ceder gratuitamente un espacio. Nos cansamos de buscar. 

No quedó alternativa más que mandar a los clientes a unos dos kilómetros de distancia, a la escribanía Hervás. Allí debían certificar sus firmas, para luego regresar a LGC y terminar el trámite. Finalizado, pasaban por la caja pagadora y recibían el dinero en efectivo. 

Sin saberlo, estábamos entrando en un mundo casi desconocido para nosotros. 

Hasta aquí el canje de cheques se realizaba con comerciantes y empresas pequeñas. Ellos saben del riesgo que corren, aunque obviamente no quieran perder un centavo. Ahora nuestro cliente es el consumidor final. Trabajábamos con gente de carne y hueso, que venían y depositaban en nuestras manos sus ahorros de toda la vida. 

Casi todos amigos. Amigos que confiaban en nosotros, en los miembros del Directorio y en nuestra LGC. 

Ni bien comenzamos ofrecimos una tasa nominal anual de casi siete puntos porcentuales, por encima de los bancos, nuestra principal competencia. 

Una gran “gancho” y una gran “trampa” a la misma vez.

A través de distintos mecanismos, el dinero ingresaba a LGC, ya sea a través de cobranzas de impuestos y servicios, ya sea a través de TARBUS o a través de la cobranza de cheques monetizados o a través de los plazos fijos.  Ese mismo dinero era utilizado por LGC para monetizar más cheques, prestarlo a terceros mediante mutuos, o participar fuertemente en el mercado negro de cambio de moneda extranjera, es decir básicamente dólares y euros.

Parecía un negocio redondo, cambiábamos cheques a unos días y lo prestábamos, y si no teníamos soga, la obteníamos de las otras fuentes y después LGC la reponía. 

Una gran calesita, que jamás debía ni podía detenerse. Podía disminuir o aumentar la velocidad, pero no parar. La razón era muy sencilla. Los clientes depositan siempre a un plazo menor al que se presta el dinero.

Rápidamente la tasa de interés lo suficientemente alta que ofrecíamos, como para “aspirar el mercado”, dio resultado. Crecíamos a un ritmo muy interesante.

Habíamos crecido demasiado. 

Demasiado, y a una velocidad realmente impresionante. 

Más que impresionante, yo diría alarmante. 

Arrancamos tomando seis millones de euros semanales. 

Escasamente 40 días después, habíamos prestado 300 millones de euros. La demanda de dinero era insaciable.

La experiencia y algunos momentos de inquietud por los que pasamos, como aquel monumental cheque devuelto, que nos produjo una iliquidez que jamás habíamos imaginado, me llevó a hablar con conocidos que se dedicaban a la misma actividad. 

Capítulo 22 – Una red de contención

De alguna manera, todos quienes estábamos a cargo de una cueva o mesa de dinero, teníamos más o menos los mismos problemas de liquidez. A veces nos sobraba el dinero, a veces escaseaba el efectivo. Tanto el sobrante como la escasez tienen un costo, pero la ausencia de dinero puede ser fatal para nuestras empresas.

Hércules, que poco hacía en la empresa, me comentó.

—Jesús, hablé con José y le pareció interesante la idea. También consulté a De los Ángeles.

—Cuéntame.

—Qué opinas de armar una red de contención para LGC y algunos más de los que nos dedicamos a esto. 

—No te entiendo, Hércules. 

—La idea es sencilla y de fácil implementación. Sólo te comparto una idea que tomé del Banco Central Europeo. Cada vez que necesitamos dinero por unos días, se lo pedimos a un colega. Y si por el contrario ellos necesitan efectivo, sólo por unos días, se los facilitamos. Es una manera de optimizar el stock de dinero, con ventajas para todos. La tasa de interés queda en manos de nuestros especialistas y ellos deberán ponerse de acuerdo.

— ¡Hércules, es una nueva y muy lúcida idea!

La red era una buena idea, pero nos mostraba que los riesgos no se detenían. Por el contrario, se potenciaban mientras ganábamos más dinero. Volví a recordar al amigo Carlos Rivera: “La guita trae más guita”. Yo le agregaría “y más riesgos”.

Informalmente formamos una red de mesas de dinero, que se apoyaban unas en otras, según las necesidades que tenían. 

Si bien no existía un Banco Central como el europeo para sacarnos de los problemas de iliquidez, al menos teníamos a quien pedir dinero en caso de urgencia.  

Si faltaba dinero en una de ellas, la auxiliábamos. Si sobraba dinero en una mesa, se “calzaba” en otra. Nada era gratis siempre había una tasa de interés presente. Todo “centavo” se aprovechaba al máximo.

Lo que empezó como una red de contención, terminó teniendo una consecuencia, a mi criterio, indeseada.

Aparecieron empresas, grandes empresas, interesadas en invertir en los plazos fijos de LGC. 

En principio parecía una buena noticia, pero si uno la analizaba con cuidado, no lo era tanto.

Las empresas invierten grandes excedentes, casi siempre superiores a dos millones de euros, a muy corto plazo. En consecuencia, nos encontrábamos con grandes cantidades de dinero que debíamos invertir en préstamos a muy corto plazo. No era fácil. Por el contrario, era una tarea muy difícil, casi de cirujano. 

  Con ello el salto en el volumen de dinero tomado y colocado, se multiplicó. 

Y también se multiplicó el riesgo.

LGC no operaba sola en el mercado. Clientes finales inversores y tomadores, empresas inversoras y tomadoras.

No recuerdo exactamente la fecha en que comenzamos a tener algún problema de liquidez.

Los clientes solicitaban, en muchos casos, la devolución del 100% del capital invertido. 

Lo normal era que simplemente se presentaran a renovar el plazo fijo. 

Sin embargo, por algún motivo, comenzaron a cambiar de opinión. Retiraban el dinero e inmediatamente solicitaban ingresar a la bóveda a su caja de seguridad, lo que me hacía pensar que veían algún riesgo que en LGC no veíamos. Obviamente retiraban dinero por el que recibían una tasa de interés y lo dejaban en su caja de seguridad, donde la rentabilidad era nula. Una actitud un poco extraña e impropia de un inversor. Pero había que prestarle atención. Era una evidente luz amarilla.

Recordé que el mercado financiero mundial había recibido muy mal la noticia del aumento de la tasa de interés de la FED, es decir del Sistema de la Reserva Federal, algo así como el Banco Central de los Estados Unidos. La suba se produjo a fines de septiembre de 2012. En esa fecha Janet Yellen, gobernadora de la FED en ese entonces, decidió tomar esa medida de precaución.

Esa suba, si bien era esperada por el mercado después de nueve años de estabilidad en 0 %, coincidió con la salida de ese país de la recesión y como consecuencia de un posible y fuerte aumento de la tasa de inflación. 

Eso produjo lo que se denomina un “vuelo a la calidad”, es decir que los inversores mutan su portafolio de inversiones y se dedican a comprar bonos del tesoro de los EEUU. Observan, sienten, un mayor riesgo y se posicionan en los bonos que suponen menor riesgo a nivel mundial.

Los EEUU tienen una gran ventaja. A lo largo de la historia se convirtieron en quienes emiten los dólares para el mundo entero, su moneda conserva casi la exclusividad en el mercado internacional de transacciones comerciales y el mundo entero la utiliza como depósito de valor.

En una palabra, la FED maneja, conforme a sus propios objetivos, los tipos de interés en el mundo entero. Su tasa es la guía del costo del dinero en esta tierra financiera. 

En este mundo un poco revuelto, los planetas se desalinearon por competo para LGC.

Jamás olvidaré aquel lunes 29 de octubre de 2012. Ocurrió lo que alguna vez temí. Recibimos dos cheques devueltos por más de treinta millones de euros y uno falso por casi diez millones. 

Un cheque falso. Supuse equivocadamente que en España circularían sólo cheques originales. Sabía que en países sudamericanos “caminaban” y era común. Cometí el error de no tomar medidas precautorias ante la presencia de uno de ellos. Ningún colaborador de la empresa lo podría haber advertido.

El hueco en las finanzas de LGC era gigantesco. 

Solicité una reunión urgente del Directorio. Llamé a cada uno de sus miembros y los cité para las 3 de la tarde. No había tiempo que perder. El diagnóstico de la situación, a mi criterio, era desesperante.

Le llamé a José. Me era indispensable conocer su opinión.

—Hola, José. ¿Cómo estás?

—La vida me sonríe. 

Me respondió con su sarcasmo insoportable.

—Sí, ya lo sé. Dame tu opinión sobre lo que nos está ocurriendo.

—Mira, Jesús. Estamos mal. Los niveles de mora han venido aumentando de manera sistemática y en forma espantosa los últimos dos meses.

—No estaba al tanto de esa situación.

—No podías estarlo. Hace dos meses fue la última vez que te vi, por estas oficinas, nuestras oficinas. No vienes ni tú, ni el resto de los socios.

Un buen cachetazo, pensé. Y me lo tenía merecido.

—Ya te entendí, José y debo darte la razón, pero no es el momento. Por favor dame tu parecer con lo que está pasando en LGC. Eres el único que comprende la empresa al detalle.

—Me das la razón, pero ya es tarde. Esta situación debió ser prevista. Los mayores riesgos debían estar apalancados con el fondo compensador.

—Otra vez te doy la razón, pero estoy seguro de que en algo has pensado.

—Se me ocurren dos o tres medidas urgentes.

— ¡Ese es nuestro José!

—Déjate de estupideces, no estoy para recibir halagos.

—Ok, te escucho.

—En primer lugar, daría la orden de renegociar las deudas constituidas básicamente por los plazos fijos que irán venciendo las próximas cuatro semanas, a una tasa de interés más alta. Esto nos dará un poco de aire, aunque nos traerá mayores costos en un par de meses. 

—Me parece bien, ¿qué más se te ocurrió?

—Necesitamos de manera urgente unos veinte millones de euros. Estimo que sólo una parte de los vencimientos aceptarán la refinanciación. Para el resto necesitaremos el dinero.

— ¿De dónde quieres que saquemos 20 millones?

—Jesús, veo que no aportas idea alguna. Se me ocurren dos fuentes. La primera es que los accionistas deben hacerse cargo de la situación. La segunda alternativa tiene que ver contigo.

— ¿Conmigo?

—Pídele a Juana Muralla los 20 millones, a la menor tasa posible. Así incluso lo haremos público y ganaremos confianza de los clientes.

—Sabes que me pones en aprietos.

— ¡En aprietos! ¡Y yo en que estoy! ¡De fiesta acaso! ¡Estoy sentado sobre un polvorín!

Lo oí gritar de manera desquiciada, como nunca lo había escuchado. Estaba casi fuera de sí, lo que no ayudaba a controlar la situación.

—Cálmate, por favor. Tengo unas tres horas hasta la reunión de Directorio. Trataré con Juana. Mientras, por favor José, comienza a capacitar a nuestros empleados, a los fines de convencer a los clientes sobre las ventajas de extender los plazos fijos.

—Me tratas como a un principiante. Nuestros empleados ya se están preparando. No son estúpidos. Espero tus noticias. Hoy y mañana zafamos, pero al miércoles no llegamos. La solución debe ser urgente.

Terminé mi conversación con José y dado su estado de nervios, no le consulté sobre mis sospechas de hurto, que había comenzado a tener unas seis semanas atrás. Desaparecían al menos, un millón de euros semanales. Y siempre de la “caja negra”. Desde que empecé a sospechar, entré a nuestros servidores de manera remota y a auditar los informes. Invariablemente encontraba diferencias semana a semana. Pero no era el momento.

Marqué el número de Juana.

—Hola, Juana, tanto tiempo sin vernos.

—Vaya, vaya. Reapareció mi príncipe azul. Algo estarás necesitando. Hace mucho tiempo que espero por ti.

— ¿Puedes atenderme? En quince minutos podría llegar a la mansión.

—Te espero. Nada prometo, aunque mi boca y quizás mis oídos estarán listos.

Juana es de esas personas que no pierden el tiempo. Me invitó a tener sexo antes de que pudiera siquiera explicarle los motivos de mi llamado. Aunque quizás esté al corriente.

A los quince minutos, el portón de la mansión se encontraba abierto y se cerró detrás de mí. Se acercó Joaquín y me acompañó hasta la puerta de ingreso a la sala mayor.

—Señor Jesús, ya conoce el camino. La señora Juana lo espera en la pequeña sala delante de su alcoba. Posiblemente se demore unos minutos. Quería darse una ducha. Por favor sírvase de la cava o de la barra, lo que prefiera.

Entré a la sala y no me sorprendí de la erección que comenzaba a sentir. Definitivamente me excitaba con sólo pensar en ella, por más problemas que tuviera.

Mientras servía dos copas de vino tinto, se apagó la luz de la sala y se prendió la de su alcoba. Abrió la puerta y se apoyó en el marco, totalmente desnuda. Sólo con sus stilettos negros. Apagó la luz y se dirigió a su cama.

—Deja las copas. Ya no puedo esperar. Habrá tiempo para tomar algo después.

Me acerqué a ella e hizo lo que mejor sabe y me enloquece. Desprendió mi cinto, tomó mi miembro con sus manos y comenzó a lamerlo y a masturbarme. No lo soporté, apenas unos segundos pasaron y estaba dentro de ella. Me pidió que saliera. Se sentó sobre mí y comenzó a besarme los labios, cuello, pezones. No paraba. Intenté meterme dentro de ella nuevamente y me pidió que aguantara un poco. 

—Quiero sentirte un largo rato.

—No sé si podré.

—Déjamelo a mí.

Logró evitar que terminara por unos cuantos minutos. Metía mi mano en su vagina y gemía sin parar. Controlando totalmente la situación, me dijo:

—Llegó el momento. Estoy a punto. Ahora quiero sentirte dentro de mí.

Fue como si pasara un torbellino. Impresionante.

Unos minutos después estaba terminando dentro de ella. Una verdadera maestra del cariño y el sexo.

Pasamos un buen rato abrazados y sin hablar.

Se levantó, se puso una bata y trajo las dos copas de vino y dos vasos con agua.

—Sírvete lo que prefieras y dime a qué has venido. Aunque creo saberlo.

— ¿Qué sabes, Juana?

— ¿Además de que te considero un verdadero patán que llegó y desapareció cuando quiso? Sé que LGC está en serios problemas financieros y que quizás alguien les esté robando. ¡Qué han tenido un par de cheques devueltos y hasta un cheque falso! No comprendo cómo pudo sucederles semejante cosa. Parecen novatos. Posiblemente me equivoqué contigo y no eres tan inteligente como creía.

Segundo golpe al mentón del día. Prácticamente me trató de estúpido. Sabía todo lo necesario. Alguien le soplaba nuestros movimientos. Debía saber quién era el soplón e ir al grano. Me llamó mucho la atención lo del eventual robo. Nunca lo comenté con otros.

—Juana, estás bien informada. 

—Ya sé que estoy bien informada y ni se te ocurra preguntar porque jamás te enterarás por mí quien es mi fuente de información. Me quedaría sin ella. Dime de una vez: ¿qué es lo que quieres?

Obviamente se comportaba como una mujer despechada, pero hice como que no lo noté.

—Necesito que inviertas en LGC veinte millones de euros por sesenta días, no más. Los primeros días de diciembre los tendrás de regreso. Aplicaremos un plan de refinanciación que nos permitirá salir adelante. Pero necesito ese dinero para soportar los vencimientos que no podamos refinanciar y la mora.

—Me estás pidiendo que arriesgue mi dinero en una empresa que mañana podría no abrir más sus puertas. Muy caradura de tu parte y de tus socios.

—Quizás tengas razón. Eres nuestra socia en TARBUS. Podrías sufrir los coletazos de nuestra caída.

Sabía que corría riesgos con mi comentario.

—Encima me extorsionas.

—Sólo hago una descripción hipotética de lo que podría ocurrir.

—Lo peor de todo es que tienes razón. Estoy indignada. Estoy entre la espada y la pared.

— ¿Cuento contigo?

—Es condición sine qua non que todos los socios firmen como garantes de la operación. Quiero cinco cheques con vencimiento del cinco al veinte de diciembre. Si no cumplen, me quedo con el patrimonio de cada uno de ellos. Al acuerdo lo quiero firmado ante notario público. Tienes en treinta minutos el comienzo de tu reunión de directorio. Avisa que llegarás una hora tarde.

Hice el llamado. Sólo dije que tenía una solución. Corté. 

Ella se tiró encima de mí y una vez más hicimos el amor. Sabíamos que el tiempo no alcanzaba. Lo aproveché como pude. Me hubiera quedado, pero no podía.

Intenté despedirme.

— ¡Vete! 

Me dio vuelta la cara. 

Igual la besé en su mejilla. 

Estuve a punto de agradecerle y me interrumpió.

—Ni se te ocurra agradecerme. Lo hago por Procustodia. Ahora desaparece de mi vista.

Al salir, el auto estaba listo. Joaquín sostenía la puerta abierta. Subí y aceleré con destino a LGC.

Por el retrovisor, alcancé a ver que Joaquín se comunicaba posiblemente con Juana, avisándole de mi partida. Mi presencia lo intranquiliza. Ni bien me ve, se pone nervioso. 


—Juanita…

—Sí, mi amor, te escucho.

—Acaba de salir. ¿Cómo te fue?

—Bien. Pero tengamos cuidado. Sospecha que en LGC alguien está metiendo la mano. No dijo ni una palabra ante mi comentario. Algo sabe. Ocúpate de avisarle. No quiero que lo tome por sorpresa. Y a Helena por favor.

—Ya les llamo y espérame. Como a mí me gusta. Estoy hirviendo de celos. Y pensar que este estúpido pensó que querías casarte con él.

—Deja de pensar en eso. Me gané un 10% adicional. Déjalo que siga con sus problemas. Y apúrate. Te estoy esperando, tal y como a ti te gusta.


A las 18:18 comenzó la reunión de directorio en LGC. Grueso error habíamos cometido. Una reunión para tratar la crisis, en la empresa y delante de los empleados. 

Parecía una batalla campal. Amigos contra amigos, socios contra socios. Todos a los gritos. Nadie se hacía responsable de nada. Nadie escuchaba a nadie. Cada uno culpaba a quien casualmente se había sentado a su lado y todos en contra de mí. 

Me asomé. Pasaron un par de minutos, hasta que se hizo un silencio sepulcral.

—Tengo una solución al menos transitoria. José, ¿les comentaste las medidas que habíamos tomado?

—No todavía. No estaban dadas las circunstancias adecuadas Jesús. Lo habrás advertido, supongo. 

—Sí, parecemos niños peleándose por un chocolate, no empresarios tratando temas que requieren nuestra atención y delante de nuestros empleados.

Y continué.

—Estimados directores y socios, la situación es crítica. Una deuda exigible de 40 millones de euros en los próximos tres días, resulta imposible de enfrentar. Quienes quieran explicaciones, al terminar esta reunión podemos, junto a José, darles los detalles. Una conjunción de hechos tuvo como consecuencia la crisis de iliquidez en la que nos encontramos. Opino que Luis debe quedarse.

A solas los seis, y luego de servir unos cafés, comencé un recuento del escenario en el que estábamos. Complicado, pero con una posible salida.

Cuando terminé de explicar la propuesta de Juana Muralla, podía leer el odio en sus ojos. Escuché los más variados insultos.

—Flor de hija de puta, la “señora”.

—Pedazo de infeliz. Quiere quedarse con todo.

—Esto nos pasa por quedar en manos de mujeres que se creen reinas.

No quería mezclar mi vida personal, pero no me quedó alternativa. Decidí interrumpirlos pese al riesgo de ser tildado como lo que era: el amante de Juana. 

—Disculpen que detenga esta “masacre anti femenina”, pero pienso que los responsables de la situación por la que estamos pasando están dentro de esta sala y no afuera. Puede no gustarnos, pero difícilmente lleguen a una conclusión distinta, si razonan un poco. Hemos cometido errores y ninguno de los presentes, salvo José, de quien me consta que lo hizo, advirtió los riesgos de prestar dinero en volúmenes inmanejables. Salvo quien les habla y José, el resto se negó a ampliar el fondo de seguridad. Ergo, estamos donde estamos porque no hicimos lo que debimos.

Se produjo un profundo silencio. No sólo por el problemón que teníamos. Otoniel me hizo una seña, lo que me llevó a mirar hacia afuera. Estaba Abigaíl junto a Cleopatra, tomando fotos de nuestro local. Hacía un par de años que no veía a Abigaíl. Se veía más bella que la última vez que la vi. No les di importancia. La reunión continuó.

—Tienes mi respeto, Jesús —dijo Otoniel.

Y continuó.

—Pero esta mujer quiere quedarse con todo nuestro patrimonio.

—Gracias, amigo mío, por tus respetos. Pero, ¿te has preguntado que quedaría de tu patrimonio, si el próximo jueves LGC no abre sus puertas?

Inmediatamente José tomó la palabra.

—Debemos apurar el ingreso del dinero que necesitamos. Voto por aceptar el acuerdo que la señora Muralla nos propone. Tengo fe en que sabremos salir adelante. Sólo podemos estar mejor. Nada por perder, todo por ganar.

La tarde pasó muy rápido entre tanta discusión.

El dinero y la ambición nos habían puesto al borde de un precipicio. Había visto cómo crecían cada uno de los riesgos que asumíamos. Pero no quería parar. Ahora la calesita era gigantesca y no podía detenerse.

A las 20.35 firmamos un acta con el acuerdo de todos los socios.

Yo sería el nexo con Procustodia. Inmediatamente le llamé a Juana.

— ¿Juana?

—No Sr. Jesús. Soy Joaquín.

— ¡Ah! Disculpe, debo haberme equivocado…

—No, señor Jesús. No se apresure. La señora está a mi lado

— ¿Puede darme con ella, por favor?

—No puede atenderlo en este momento, pero si lo desea puede dejarme su recado.

—No, gracias. La llamo nuevamente en unos minutos.

—Como usted prefiera. Que tenga muy buenas tardes. 



—Juana, mi reina, a nuestro amigo no le place que atienda tu teléfono. 

Sonrió.

—Déjalo que reviente. Aprenderá a no meterse a hacer negocios en nuestro territorio. Córdoba nos pertenece. Trataré de evitarlo hasta la medianoche. ¿Me permitirás una noche más con él?

— ¿Por qué necesitas otra noche?

—Seguramente querrá devolverme algo de su gratitud por salvarle la empresa. Y además me encante verte celoso. Te vuelves un toro.

—Sólo si me prometes que será la última. Negocios son negocios, pero prestarte a ti me molesta. ¿Será la última?

—Prometido. No más Jesús en estas tierras.

— ¡Ya está en el cielo hace más de dos mil años!



Me sentía muy mal. Fue un día de perros. Me atacó un dolor de cabeza casi insoportable en la frente y en la nuca. Tomé un taxi.

—Por favor lléveme lo más rápido que pueda al hospital de La Arruzafa, sobre la calle del mismo nombre.

—No se preocupe, lo conozco, en unos minutos estaremos allí. No se lo ve bien caballero.

—No. 

Pagué. Le pedí al taxista si me podía acompañar hasta que ingresara. Me acompañó hasta la guardia.  No recuerdo haberle agradecido su gesto. La recepcionista me vio pálido, casi blanco. Tuve que apoyarme en el mostrador para no caerme. Perdía la visión.

— ¡Doctor, tenemos una emergencia! —gritó.

Un minuto después estaba sobre una camilla. Lo último que recuerdo es que un médico colocó una pastilla debajo de mi lengua.  


Desperté de madrugada. Carlos, Miguel y Paco rodeando la cama de la habitación en la que había sido internado de manera ambulatoria.

Traté de moverme, pero apenas pude hacerlo. Suero me corría por las venas. 

—Para que no se deshidrate, señor Suárez. Sus amigos podrán llevárselo en un par de horas. No ignore las advertencias de su cuerpo. En esta oportunidad no ha tenido consecuencia alguna. Pero no siempre será así. Le recomiendo descansar y, si pudiera, tomarse unas vacaciones.

—Gracias, doctor. ¿Su nombre? 

—Doctor Juan Miguel Gutiérrez, para servirle. Veo que no me recuerda y es la segunda vez que me presento. Pero insisto, en un par de horas podrá partir a su casa. Deberá tomar esta medicación de por vida, para controlar su presión. Y le sugiero que compre un tensiómetro y se controle diariamente al menos los próximos 30 días. Póngase en manos de su médico de confianza.

—Gracias, doctor Gutiérrez.



—Muchachos, ¿le avisaron a Antonia? ¿A mamá, a papá?

—No. Les hemos mentido a todos, para que no se preocupen. Creen que estás tirado y borracho en casa.

—Gracias, Paco. 

—No me lo agradezcas. Odio hacer estas cosas por ti. Estás metido en algún gran problema y tus amigos nada sabemos de ello. ¿Para qué estamos?

—Déjate ayudar —dijo Miguel.

—Dejemos esta plática para el sábado, por favor se los pido. Pero les aseguro que no me pueden ayudar.

—Como quieras, pero me siento un inútil como amigo —expresó con preocupación el Gordo.

—Sólo por hoy sépanme disculparme.

Al mediodía me dejaban en mi departamento.

—Gracias, muchachos.

  


Capítulo 23 Darse cuenta

El jueves de aquella semana atroz pudimos abrir las puertas de LGC normalmente. O al menos eso les transmitimos a nuestros clientes. 

Pero no teníamos todo el dinero en efectivo. Ese jueves la caja no alcanzaba. Así de fácil y así de triste. 

El desafío de aquel jueves y viernes era refinanciar la mayor cantidad de vencimientos posibles. Para lograrlo aumentamos fuertemente la tasa de interés que pagábamos y logramos 30 días promedio de refinanciación. Era insuficiente, pero no había más nada que hacer. Era necesario ponerse a trabajar en ese mismo momento para resolver el problema estructural que teníamos: conseguir mucho dinero a bajo costo.

Fui el único que hizo su autocrítica. Llegué a la conclusión de que cometí el error de desentenderme de la empresa y la dejé en manos de gente que no tenía el conocimiento suficiente, o simplemente se les escapó el negocio de las manos. Pero no lo podía creer. José es el mejor. No puede con todo.

Empecé a dudar de las buenas intenciones de todos los que me rodeaban. 


Estuve ausente un mes y medio a causa de aquél súbito aumento de mi presión arterial con origen en el estrés que padecí y mi posterior viaje a Miami con Antonia.  

A última hora del 6 de enero de 2013 recibí una llamada.

— ¿Tengo el gusto de hablar con el señor Jesús Suárez?

—Así es, espero sea un gusto también para mí. ¿Con quién hablo?

—Mi nombre es Pascual Velasco Soto y represento al Fondo de Inversiones Córdoba 2000. Quisiera mantener una pequeña reunión con usted.

—Dígame en qué puedo ayudarlo.

—Mi representada quiere proponerle un negocio en términos muy favorables para LGC.

—Me sorprende y me intriga, Sr. Velasco. ¿Qué me propone?

—Quiero sea mi invitado a almorzar mañana si le fuera posible. Soy huésped del Hotel Balcón de Córdoba. Si le parece bien, lo espero a las 13.30 horas en el restaurante. Escuchará una excelente propuesta, acompañada de un buen vino.

—Ok, Sr. Velasco. Allí estaré. Espero que no me haga perder el tiempo.

—Por el contrario. Estoy seguro de que se sentirá impresionado. Que tenga buenas tardes y lo veo mañana.

El tal Velasco se estaba encargando personalmente de hablar mal de LGC y de su estado financiero. Mis socios me habían hablado de él en varias oportunidades. Se trataba de un hombre alto, de cuerpo más bien flaco, de muy buen vestir y pese a llevar un apellido español, tenía acento extranjero. Como si hubiera vivido en algún país de habla francesa. Así lo describían mis socios.

Con cada uno de los accionistas había seguido el mismo repertorio. 

Los invitaba a almorzar en el mismo hotel y, después de hablar maravillas de su representada, hacía una oferta por las acciones representativas de LGC.

En las últimas dos semanas, se había reunido con todos. Había fracasado en todos los casos. Ninguno aceptó el convite.

Sin embargo, después de la oferta que le hiciera don Velasco, Otoniel quería desprenderse de su participación. El miedo lo acorralaba. Y a su edad había perdido la tranquilidad de su vida. 

—Otoniel, hemos acordado con José y Hércules comprar tu participación. Invitaremos a Diógenes Albir y a Juan Carlos Alfonso. Intentaremos sumarlos. Si no aceptan, lo haremos nosotros.

—Gracias, Jesús. Ya no soporto esta empresa. No es lo que imaginé en un principio. Ni lo que me propusiste. El plan era un excelente negocio de alquiler de cajas de seguridad. Esto ya es un banco en las sombras.

Me sentí muy mal.

— ¿Puedo pedirte un favor?

—Lo que me pidas, Jesús.

—No le comentes a mis padres.

—No lo haré, pero sácame de aquí lo antes posible.

—No te preocupes, lo haré.



Lejos de sorprenderme aquella llamada de don Velasco, la esperaba. 

Yo era el último en su lista.

Difícil me resultaba tener enfrente a una persona que se encargaba de difundir rumores. Nos hacía mucho daño. Corrieron como reguero de pólvora y apuntaban a la escasa capacidad de aguante de LGC ante una eventual corrida. 

Mantuvimos algunas reuniones societarias y llegamos a la conclusión de que don Velasco venía enviado por alguien que pretendía desembolsar lo menos posible por nuestro negocio. O quizás hacernos desaparecer.

Mañana lo averiguaría. Mucho daño nos había hecho.


A la una de la tarde del siete de enero de 2013, me apersoné en el hotel El Balcón, tal y como lo habíamos acordado. 

Llovía. Hacía varios días que no paraba de llover.

Ingresé al restaurante. No lo conocía personalmente, pero sabía que el de la última mesa a la izquierda era él. Se me acercó el maître, me presenté, le pregunté por el señor Velasco, acotando que me esperaba, y me acompañó a la mesa que imaginé. Me encontraba incómodo y con toda la intención de insultarlo. Pero me había propuesto escucharlo.

—Señor Velasco, Jesús Williams Emerico Suárez, para servirlo.

—Jesús, un gusto conocerlo. Me llama la atención su segundo nombre. Debe tener alguna anécdota detrás de él. 

—Efectivamente la hay. Pero vengo a escucharlo a usted. Dejemos la anécdota para otro momento.

—Como usted prefiera. 

Velasco llamó al mozo con una seña, quien segundos después estaba a nuestro lado con la carta.

—En la última página, podrán ver la lista de los mejores vinos de España, Argentina o Chile si prefieren.

Ambos agradecimos.

—Señor Velasco, carezco de tiempo. Preferiría escuchar su propuesta.

—Jesús, puede tutearme. Lo veo un poco nervioso.

—Lejos estoy de estar nervioso, más bien molesto. Tengo la impresión de que usted se ha encargado de hablar mal de LGC y de esparcir rumores que nos golpean fuerte.

—Pues, si tiene pruebas, agradecería me las muestre, o me presente alguna persona que pueda dar fe de lo que acaba de decir. Me ofende.

—Dejemos esta discusión de lado, y cuénteme su propuesta.

Se acercó el mozo, y sólo pedimos un par de cafés. Me hubiera atragantado si almorzaba con un sujeto al que aborrecía.

—Jesús, no me deja otra alternativa entonces que ir al grano.

—Me alegra que me haya comprendido. Lo escucho.

—Quiero hacerle una propuesta de compra de su participación accionaria en LGC. El pago sería en efectivo.

—Debo admitir que no me sorprende. Quizás por ello andan tantos rumores dando vueltas. Bajar el precio de LGC, para después comprar suele ser un excelente negocio para el comprador y pésimo para el vendedor.

—Jesús, le reitero que nada tengo que ver con rumor alguno. Estoy aquí para hacerle una oferta. Usted tiene un buen negocio, pero que recientemente ha sufrido una fuerte iliquidez por falta de fondos. Tenemos la espalda lo suficientemente ancha como para hacer frente a cualquier contratiempo típico de estas operatorias. Aunque, si lo prefiere terminamos esta conversación aquí mismo.

—Veo que está muy bien informado. Una pregunta don Velasco. ¿Usted, obviamente representa a terceros?

—Así es. Represento a terceros.

—Me gustaría saber a quiénes representa. ¿Quiénes se escudan detrás de Córdoba 2000?

—Imposible, Jesús. Bien sabe usted que en estas tratativas difícilmente mis mandantes se muestren.

—Lo entiendo. Escucho su oferta.

—Sáqueme de una duda. Según la información que tenemos usted es titular del 20% de las acciones de LGC. ¿Es eso correcto? Le pregunto porque la propuesta se basa en ese porcentaje. 

—Así es, Sr. Velasco. Su información es correcta.

—Mis mandantes están dispuestos a desembolsar un millón de euros en efectivo por su participación.

Se me dibujó una sonrisa en la cara, aunque traté de evitarla. 

—Sr. Velasco, mi participación no vale menos de cinco millones de euros, por lo que puede decirles a sus mandantes, que entiendo son al menos dos, que no estoy dispuesto a vender por la cifra que me ofrecen, y francamente por ninguna otra.

Sabía que pretendía quedarse con LGC. Casi entro en cólera, pero me contuve.

—Por favor, piénselo, podríamos mejorar la oferta.

—Le agradezco, Velasco, pero no me interesa vender. No tengo nada que pensar.

Me levanté, le estreché la mano con pocas ganas y me retiré. Emanaba ira por los poros. Estaba enardecido, aunque intenté no demostrarlo. Al salir del restaurante, estuve a punto de regresar para insultarlo en todos los idiomas posibles, pero hablaba por su celular. 

Seguramente les estaría informando a sus mandantes sobre su fracaso.


—Velasco a sus órdenes. El señor Suárez se niega rotundamente a vender. Es más, cree que soy el responsable de los rumores sobre el estado de su empresa.

— ¿Crees que hay alguna oportunidad de que cambie de opinión?

—No lo creo.

—Que tenga buenas tardes, Velasco.

— ¿Le comunico la novedad a mi superior?

—No. Yo lo haré. Muchas gracias por tus servicios. Han sido muy útiles. Destruye tu celular y el chip. Pasa a cobrar tus honorarios la primera semana de febrero. ¿Escuchaste bien? No antes que comience febrero. Comunícate sólo conmigo antes de ir. Gracias.

—Así será. La veo en febrero.






Capítulo 24 – Mi regreso

Me reintegré a la empresa ese jueves diez de enero de 2013.

Ni bien entré, recibí tantos saludos afectuosos como recriminaciones por mi prolongada ausencia. 

Me tomé el trabajo de saludar uno a uno a los empleados de la empresa y preguntarles acerca de sus familias y su trabajo. Percibí algo de alarma en cada uno de ellos.

Ingresé a la oficina de José. Me miró de mala gana.

—Reapareciste, Jesús. Te extrañábamos. Llevas más de un mes sin pisar estas oficinas. Tus oficinas. Entre tu presión arterial y tu viaje a Miami…. ¡Bienvenido!

—Gracias, José. Te agradezco la “bienvenida”. Entiendo tu molestia con mi conducta, pero necesitaba unos días de vacaciones.

—Todos los necesitamos. La diferencia es que yo aún no me he podido tomar ni medio día libre.

—Te comprendo. ¿Cómo andan las cosas por aquí?

—Estoy preocupado. Hemos salido de la crisis de la que participaste y hemos logrado devolver hasta el último centavo a la señora Muralla. Hemos salvado nuestros patrimonios, pero a un costo muy preocupante. El último flujo de fondos que me presentó Fermín indica que en la segunda semana de marzo no tendremos el efectivo suficiente para hacer frente a nuestras obligaciones. Y eso siempre será así, si no tenemos ningún inconveniente extra con los cheques recibidos. Un cheque devuelto de un monto por encima de un millón de euros, que es lo que queda en el fondo de garantía y estaremos en otra crisis. Los clientes aceptan renovar, pero me veo obligado a aumentar la tasa de interés, a niveles a los que no podremos hacer frente. Es indispensable recuperar la confianza del público. Los rumores nos están matando lentamente. Temo a una “corrida”. Si recuperamos la confianza, los clientes se quedarán con nosotros a una tasa menor.

Me hablaba como si yo no comprendiera de finanzas. Me trataba de estúpido. Sigue enojado por mi ausencia.

—José, entiendo tus inquietudes y me pondré a trabajar en ello lo antes posible. Antes quiero hacerte un comentario. En estos días de ausencia, he estado realizando una auditoría “casera” de la caja diaria. Tengo la sospecha de que alguien está robando. Mi cálculo es de unos quinientos mil euros semanales.

—Jesús, ¿crees seriamente que, si me faltaran en la caja que yo mismo superviso tan abultada cifra semanalmente, no lo advertiría?

—No te hago responsable de nada. Y no es una cifra tan abultada. Estamos en una caja mensual de más de 200 millones. Se podrían escapar. Sólo te hago el comentario para que me ayudes a entender si estoy en lo correcto. Ojalá me equivoque y tenga que pedir disculpas. Cambiando de tema, aprovecho para contarte que ayer me citó el “famoso” Velasco.

—Eras su última oportunidad. Trató de quebrarnos uno a uno. Me llamó mucho la atención lo escaso de la propuesta. Sólo un millón de euros por mi participación.

—Extraño. Muy extraño. No lo recuerdo con exactitud, pero a Otoniel le ofrecieron 7 millones por el 10%, es decir la mitad de tu participación. Hay algo que no llego a comprender. Si me pongo en el lugar de Velasco, haría una oferta ridícula como la que me hizo sólo si tuviera enfrente a quien posee un porcentaje que carece de importancia. No lo entiendo.

—Jesús ya es hora de olvidarse de él y dedicarte a la empresa. Necesitamos financiamiento. Necesitamos dinero barato.

—Tienes razón. Hablaré con mi amiga Juana. Debería lograr que se convierta en nuestro prestamista de última instancia, de manera de resolver rápidamente los eventuales eventos de iliquidez. No será barato, pero será seguro.

—Fantástica idea. Es una solución definitiva. Evitará andar detrás del dinero cada vez que lo necesitemos. ¿Puedo pedirte un favor, Jesús?

—Lo que necesites. 

—Te agradecería te sientes junto a Fermín y revises los informes de flujos y liquidez. Espero que estés equivocado.

—Revisaré lo que me pides y citaré a Juana para el sábado o domingo. El lunes a primera hora debería traerte soluciones.

—Deberíamos citar al directorio y ponerlos al día. Ninguno de los “caballeros de la mesa redonda” se ha siquiera preocupado por esta empresa desde hace más de un mes. Seguramente estarán esperando sólo el pago de dividendos. 

—No los maltrates. La pasaron mal.

—¡Yo la pasé muy mal! Tuve que poner la cara ante cada reclamo. Soporté la amenaza oral, física y hasta mediante un arma. ¿Qué más quieres? ¡Quizás te sentirías mejor si me hubieran pegado un tiro en el medio de la frente!

—No digas eso. Me consta tu valentía y los riegos personales que corriste, pero es parte de tu tarea.

José hizo silencio, como aceptando las palabras de su socio. Fuego e indignación salía por sus ojos. Volvió a su oficina, mientras sonaba su teléfono.

—La vida es así, José. A veces nos toca ganar y a veces nos toca poner la cara y el cuerpo. 

Sonó el teléfono del escritorio de José.

—Hable.

Era Fermín.

—Malas noticias. Me avisan del banco que un cheque será devuelto esta tarde. Es por casi cinco millones. Me sorprende el librador.

— ¿Quién es?

—Procustodia. 

José comenzó a insultar a los gritos y delante de todos los que se encontraban en la empresa, en ese momento.

—Jesús, dale las gracias a tu amiga Juana. Me avisa el gerente del banco que nos espera un cheque sin fondos para mañana de 5 millones de euros. Salvo que entre el dinero mañana a primera hora, más de la mitad de nuestros clientes deberán regresar sin dinero a sus casas.

—No hace falta que grites. Me acabas de decir que era necesario recuperar la confianza de nuestros clientes. Esta no es la forma. 

—Lo sé, te pido disculpas.

—Pues no las acepto. Es nuestra principal inversora y proveedora junto a Helena Navarro. Debemos tener un poco de respeto por ellas.

—Y algo de sexo, ¿no es cierto?

—Cierra esa boca, más tarde terminaremos esta charla. Salgo a verla.

La cabeza volvía a dolerme. Sin agua a mano, mastiqué mi píldora para la presión. En segundos volví a sentirme como cuando terminé en el hospital. Esperaba que la píldora me ayudara.  

Llovía, me tenía harto la lluvia. Corrí hasta el auto. Ensucié mis zapatos italianos. El pantalón daba asco. Estaba impresentable. Nervioso muy nervioso. Busqué en los contactos de mi celular y llamé a Juana.

My love, ¡reapareciste! Tu novia te tiene muy ocupado. Debe ser muy buena en la cama y mejor mujer. Disculpa, no quise faltarle el respeto, pero obviamente, siento alguna incomodidad con ella. No estoy acostumbrada a ser la segunda de nadie.

—Admito que hace mucho tiempo no me comunico contigo. Esta es una emergencia Juana.

—Vas directo al grano, my love. Ya fui informada de tu emergencia. Deja de preocuparte. Mañana a primera hora tendrás el efectivo en LGC. Sólo cometimos un error formal. Hay fondos suficientes en la cuenta. Procustodia es una empresa comprometida con sus obligaciones. Deberías saberlo y no entrar en pánico como una niña adolescente. ¿Dónde estás?

—En mi auto. A unos doscientos metros del ingreso principal de LGC. No encontré lugar en la cochera.

—En ese caso te invito a cenar. Te haré pasar a buscar por Joaquín a las 20.45. Tienes casi tres horas para “arreglarte”.

Me resultaba imposible negarme.

—Espero por Joaquín, aunque estoy muy cansado. ¿Saldremos en la limusina?

—Sí, iremos en la limo. Te tengo una sorpresa. Y despreocúpate por tu cansancio. Te ayudaré a mantenerte despierto y con la cabeza sin preocupaciones. Te reitero que a primera hora de mañana un camión de mi flota te hará entrega del efectivo adeudado. Antes de que me olvide: te devolveré sano y salvo el domingo. Te quiero dos días sólo para mí.

— ¡Pero, Juana, tengo compromisos!

—Me lo imaginaba. Pero tenemos mucho de qué hablar y hacer. Recuerda que mi boca te espera.

Me excité. Habla de su boca y mi cuerpo no resiste, reacciona inmediatamente. Dos días, era una locura. Antonia querrá matarme. Pero LGC necesita de Procustodia. Tendré que hablar con ella. Espero no me eche de su lado.


Llegué a casa, me bañé, preparé sin ganas la valija con un par de remeras, camisas, medias y pantalones. Suspiré profundo y le llamé a Antonia.

—Hola, mi amor. ¿A qué hora pasas por mí?

—De eso quería hablarte.

— ¿Qué pasa ahora? ¿Otra vez esa mujer?

Rápidamente Antonia entró en cólera.

—Espero me entiendas…

— ¡No tienes la impresión que ya te he entendido lo suficiente! ¿Te comparto con otra mujer y me pides que te entienda aún más?

— ¡Sí, claro que sí te entiendo! ¡Parezco un taxi boy, que no quiero ser! Pero LGC está en la cuerda floja y resulta imprescindible su ayuda.

—Jesús, me duele el alma. Tengo la impresión de que te deleitas y disfrutas estar con esa mujer. Al menos, debo agradecer tu franqueza. Me avisas cada vez que la señora requiere su juguete. O, tal vez, al juguete le fascina que jueguen con él. Vete.

—Antonia…

Me cortó la comunicación, y ya no pude volver a hablar con ella hasta el domingo.


A las 20.45 en punto, sonó mi celular. Joaquín esperaba. Me asomé y antes de que pudiera preguntar por Juana, comentó que aguardaba en la mansión.

Atravesamos el portón y Joaquín se dirigió a la parte de atrás. No conocía entrada alguna por allí.  Frenó frente a la puerta ventana del dormitorio de Juana. Hacia adentro nada se veía. Esperamos un par de minutos, y fiel a su estilo, salió envuelta con un salto de cama de seda beige, con transparencias, mucha transparencia, casi desnuda, y como no podía ser de otra forma, stilettos al tono. 

Su cuerpo era único. Prácticamente se tiró dentro de la limo.

Pulsó la famosa tecla, y le ordenó a Joaquín poner proa a Marbella, en la costa del Mediterráneo.  

—Jesús, he reservado una cabaña en el Hotel Los Monteros, con servicio completo. No tendremos que asomarnos hasta el domingo. Aseguraré tu prestigio y el mío.

—Quisiera estar de regreso mañana por la noche.

— ¡No me ofendas! Pareces un niño.

—Tienes razón, disculpa.

—Ya has logrado ponerme de mal humor. Intentaré olvidarme de este mal momento.

Pulsó la tecla.

—Joaquín, toma la autopista a Marbella, directo al hotel Los Monteros. Y por favor enciende el inhibidor de señales. No quiero interrupciones de ningún tipo. Ni bien lleguemos, una habitación en el hotel Estrella del Mar te espera. Estaciona la limo en la cochera del hotel en el que te reservé la habitación. Si tuvieras que salir, hazlo en taxi, yo me encargo de tus viáticos. No olvides dejarme el inhibidor antes de irte al hotel. Vuelve por nosotros el domingo a las diez de la mañana.

— ¡Gracias, mi reina!

—Mi ¿qué?… ¿Cómo me llamaste?

—Sepa dispensarme, señora Juana. Igualmente usted es una reina para mí. 

—Le agradezco Joaquín, pero no me place me llamen de esa manera. Que sea la última vez, por favor.

—Le entiendo. No volverá a ocurrir.


— ¿Prefieres champán o vino, my love?

—Champán, por favor. Sácame de una duda. ¿El inhibidor de señales es lo que yo pienso?

—No sé lo que piensas, pero no sonarán los celulares por un par de días.

No terminó de explicarme que estaba encima de mí. Me olvidé del inhibidor por completo. Desnudó sus pechos y con sus manos comenzó a dedicármelos como una ofrenda de una esclava a su rey. La locura y excitación me atraparon. Adoro la iniciativa de esta mujer. Metió su mano y en segundos estaba en ella. Movía sus caderas sobre mi cintura.

No quería que fuera sólo ella quien manejara el momento, así que tuve que esforzarme para salir de sus entrañas, mientras me rogaba que no lo hiciera.

La acosté, la retuve de los brazos mientras la besaba hasta que llegué a su “bahía”, como dice la canción de Pedro Aznar. Levanté sus piernas sobre mis hombros y me dediqué a lamerla hasta el cansancio. La sentía arder. Me sentía arder. Trataba de zafarse y se lo impedía. Trataba de alcanzar mi miembro y no se lo permitía. Era como una pelea en la que ninguno de los dos quería que terminara. Ambos grandes luchadores. Necesitábamos aguantar los 15 rounds, aunque sabíamos que sólo había tiempo para uno. Una pelea de caricias, cuerpo a cuerpo, de besos, de mimos y gemidos. Me pedía por favor que la penetrara. Lo hice. Aguanté todo lo que pude, pero me apretaba con su vagina. Terminamos los dos a la vez. 


Permanecimos un largo rato acurrucados, abrazados, sin hablar. Nos dormimos.

Dos golpes en el vidrio que nos separaba de Joaquín, nos despertaron e indicaron que estábamos muy cerca de nuestro destino.

My love, cada día lo haces mejor y te siento más aún.

—Me pasa lo mismo, Juana.

—Vistámonos que estamos a un par de minutos. Difícil pasar desapercibidos en este estado.

Reímos. 


El apartamento 106 nos esperaba. Ahí supe por qué Juana lo había elegido. Su arquitectura era la de una pequeña mansión de la época del renacimiento, alejada del cuerpo principal del hotel.

Joaquín estacionó en la puerta y bajó las maletas. Una mucama esperaba en la puerta. Me dio la impresión de que había estado en alguna otra ocasión. Saludó a la mucama como si la conociera. No creo ser el primero tampoco. 

Dos golpes en el techo de la limo. La señal de que todo estaba listo.

Entramos.

—Entra Jesús, siéntete como en mi casa. Sólo las aves nos interrumpirán. Ya me ocurrió una vez, hace años, que alguien golpeaba reiteradamente, como con un martillo, la celosía de la ventana del dormitorio mayor, mientras hacíamos el amor con mi marido. Un buen susto padecimos. Mi marido salió armado y empezó a reír a carcajadas, mientras yo moría de susto. ¿Sabes qué era? Un pájaro carpintero. Un bello y pícaro pájaro carpintero. Tres mañanas despertamos con él.

Volvimos a reír a carcajadas, mientras a Juana se le llenaban los ojos de lágrimas. La abracé. Caminamos hasta la habitación mayor.

No era una habitación. Más bien era un loft dentro de la habitación. Muebles de nogal estilo renacentista, como no podía ser de otra manera. Una barra, impregnada de aroma a bebidas, que me recordó a la de Helena, un sillón tipo Savonarola con sus dos sillas y su mesa ratona, dos baños gigantescos. La cocina, algo alejada, separada y moderna, con un mueble desayunador con vista al parque. Y dos camas. Dos camas tamaño súper King.

—Qué opinas si nos damos un baño y nos encontramos en la cama, que como buen caballero que eres, habrás elegido. Y desnudo por favor.

—Como ordene, mi reina.

— ¡No me molestes con ese apelativo!

Reímos.


Juana siempre sorprende. Salí y ella ya estaba en una de las camas con dos copas de vino servidas.

Me acosté junto a ella y alcancé a ver su desnudez. Mi cuerpo reaccionó. 

Chocamos las copas.

—Fondo blanco, my love.

—Que así sea.

Bebimos sin dejar una gota.

—Yo tomaré una copa más y me entregaré a ti. ¿Me acompañas?

—No puedo rechazar una invitación así. Este fin de semana eres mi reina.

Tomó mi copa, me dio la espalda sabiendo que su cola se asomaría. No pude evitar mirarla, mientras llenaba ambas copas. Se demoró más de lo debido. Jugaba conmigo.

— ¡Fondo blanco, my love!

Bebimos y sonreímos.

Comencé a sentir pesadez. La cabeza me daba vueltas.

—Juana no me siento bien. Espérame, iré al baño.

—Quédate conmigo, yo te ayudaré.

Me abrazó, entrelazamos nuestros cuerpos y me desvanecí.



—Joaquín, puedes volver. Dormirá al menos dos días. Te espero como a ti te gusta. ¡Apúrate que desespero!

—Estoy a 300 metros. Dame un minuto y te haré feliz.


Abrí los ojos apenas unos segundos. Me pesaban, no conseguía incorporarme. Entre brumas vi que una verdadera orgía se desarrollaba en la cama contigua. Una escena dantesca. Se revolcaban a mi lado. Joaquín y Juana, lejos estaban de ser chofer y pasajera. Me pareció escuchar otra voz femenina, conocida, pero no alcancé a reconocerla. Eran amantes, confidentes y socios, en las buenas y en las malas. Me dormí profundamente.


Desperté, gracias a aquel pájaro carpintero el domingo a las once de la mañana. No sabía dónde estaba ni lo que había sucedido. Me dolía el cuerpo. Allí comencé a comprender. Todas las mañanas lo sentía. La resaca del alprazolam. 

Juana me había engañado. 

Sonó el teléfono de la habitación.

—Señor Suárez, Esteban de la recepción lo molesta. En una hora deberá dejar su habitación.

—Disculpe, pero, ¿dónde estoy?

— ¿Se siente bien, señor?

—No. Dígame dónde estoy y que día es hoy.

—Son las once de la mañana del domingo 13 de enero de 2013. La Sra. Juana se retiró anoche, y dejó órdenes expresas de no molestarlo hasta esta hora. Ese es el motivo de mi llamado. Quédese tranquilo que nada debe. La factura fue abonada por la señora Muralla.

—Gracias, Esteban. 

Colgué el tubo.

Me sentía deshidratado, entumecido. Tomé al menos dos litros de agua, fui al baño y metí la cabeza debajo del agua fría. En minutos logré recuperar toda mi conciencia. La copa de vino era lo último que recordaba. 

Me vestí y levanté el tubo.

—Recepción, Esteban a su servicio.

—Esteban necesito me consiga un auto con urgencia. Debo regresar a Córdoba. No puedo manejar, necesito que sea con chofer.

—Puedo conseguirle uno muy rápido, es un amigo que lo llevará por 300 euros. No está habilitado. Deberá viajar junto a él, como si fueran amigos. Hoy domingo será difícil conseguir otro tipo de servicio.

—Mándame a tu amigo. Lo espero en la habitación. ¿Cómo es su nombre?

—Leonardo.

—Gracias, Esteban.

Mi celular estaba muerto. Lo puse a cargar hasta que Leonardo pasó a buscarme Traté de hacer unos llamados, pero el maldito aparato no respondía.

A la 13:30 pisamos la ruta A-45, con el Seat León de Leonardo. Casi 160 kilómetros separan a Málaga de Córdoba. Tenía por delante al menos una hora y media de viaje.

Enchufé el celular en el encendedor del auto, recobró vida. Recordé el inhibidor. Tarde, quizás demasiado tarde, llegué a la conclusión que Juana era malévola y muy inteligente. No entendía el rol de Joaquín. Me costaba pensar. 

Busqué a José entre mis contactos. Al tercer llamado me atendió.

—Reapareciste, mi querido Jesús. ¡Qué Dios te ampare! Tanto sexo con tu amiga te llevará a la perdición.

—Déjate de sarcasmos.

Me interrumpió a los gritos.

— ¡Qué sabes de sarcasmos! Sabes al menos que el cheque de Procustodia no sólo no fue reemplazado, sino que es falso y además hay otro por otros 8 millones para el lunes, también falso. ¡Sabías y la estabas pasando mejor que yo! Estuve a un segundo de recibir un balazo. Me salvó nuestro jefe de seguridad.

—Pero Juana reconoció que el cheque era de Procustodia y que el viernes tendríamos el dinero. Por eso accedí a irme con ella. Para agradecérselo. No quería, pero lo hice por LGC.

—Pues o ella te engañó o eres un verdadero estúpido. Me quedo con la segunda alternativa. Te reitero, ¡eres un verdadero estúpido!

— ¿Dónde estás? Voy camino a Córdoba. En una hora puedo estar en tu casa.

— ¡Estás loco! No escuchaste lo que te dije. LGC está tapada de deudas a las que no puede hacer frente. No pudimos abrir las puertas el viernes, mientras tú hacías el amor con “Juanita, tu reinita”, y tampoco podremos abrir mañana. ¡Estamos en quiebra, pedazo de idiota! 

—Dime dónde estás. Encontraremos una solución.

—Definitivamente no entiendes lo que está pasando. Debo cortar. Mi avión sale en media hora. No estaré cerca cuando la justicia nos pase a buscar.

—José, ¿a dónde te vas?

La comunicación se cortó. Nunca más supe de él. 

Intenté hablar con Luis, Fermín, Hércules, Otoniel, Juana, Albir y fracasé. Lo intenté uno por uno y fracasé con todos. 

Por último, intenté con la alcaldesa y también fracasé.


—Muy buena y terminante tu actuación José. Lo de “Juanita, la reinita”, estuvo bien pero casi que me ofendes.

—Disculpe, Juana, pero debía ser convincente.

—Sí, te comprendo, pero no lo repitas. Ahora, tú, Hércules y el resto de los socios se van a la casa que les alquilé y no asomen la nariz hasta el sábado. ¿Está claro? A Otoniel déjenlo fuera. No se comuniquen con él. Pronto llegará el momento de arreglar con él.

—Sí, señora. Me interesa ser parte de su proyecto.

—Ya sabes que la gerencia general es tuya. Pero, un error y te quedas sin tu libertad. ¿Le dijiste a tu familia que viajarías al exterior?

—Todo listo, Sra. Juana.

—Llámame sólo Juana y desaparezcan de mi vista y de la vista de todos. No salgan. Tienen provisiones suficientes para una semana. Y ni se les ocurra citar a alguna mujer de la noche. No sean estúpidos. ¡Vayan ya!

—Buenas tardes, Juana. Y por favor no se olvide de hablar con Helena.

—Ocúpense de ustedes. Yo del resto. Dejen de perder el tiempo y vete de una vez. Fermín, muchas gracias por todo, eres de lo mejor. Sabes hacia donde debes ir. Hacia el dinero. Aplausos para ti. El lunes preséntate en LGC como lo haces habitualmente. Debes estar compungido por la situación y apoyando al resto de los empleados que estarán muy preocupados por su futuro.  “Mano Rápida” se ocupará de hacerte las preguntas personalmente. No te preocupes, juega para nosotros. Te harán sólo alguna pregunta. Quizás alguna referida a la caja negra. Debes responder que nada sabes al respecto. Todo está arreglado, nadie te molestará. Confía en mí.

—Gracias, señora. Confío en usted, pero estoy muerto de miedo.

—Ese miedo te ayudará a ser convincente con tus compañeros de trabajo y con las autoridades. 



—Me necesitas para algo, mi reina.

—Sí, Joaquín. ¿Serías tan amable de comunicarme con Cleopatra desde tu celular?

—Sí, mi reina.

—Sra. Cleopatra, buenas tardes. Le habla Joaquín, el chofer de la Sra. Muralla. 

— ¿En qué puedo ayudarlo, Joaquín?

—Le comunico con la Sra. Muralla.

—Hola, Cleopatra. ¿Quiero suponer que el personal de LGC, está debidamente preparado?

—Me extraña su pregunta, Juana.

—Pues a mí no. ¡Así que contesta mi pregunta, sin rodeos por favor!

—Disculpe todo está como me lo ordenó. 

—Gracias. Te llamaré cuando requiera de tus servicios. ¡Y mantente lejos del local de LGC!

—Sí, señora.


—Joaquín, ¿me comunicarías con el Dr. Álvarez Guzmán? Gracias.

—Dr. Álvarez Guzmán, le habla Joaquín, el chofer de la Sra. Juana Muralla. ¿Puedo comunicarla con ella?

—Sí, caballero, por favor. Muchas gracias.

—Doctor, te espero por mi mansión la primera semana de febrero. No antes. No te comuniques conmigo y no hables con la prensa.

—Como usted diga, señora. Yo hablo sólo a través de mis informes. Paso a verla en febrero. Ha sido un gusto trabajar para usted.


—Una cosita más, Joaquín. Dame con Helena. Pero esta vez desde mi teléfono.

—Helena, Joaquín te habla. 

—Hola, Joaquín. ¿Cómo estás? ¡Qué extraña mi pregunta si apenas ayer nos vimos!

—Te paso con Juana.

—Juana, mi princesa. ¿Qué puedo hacer por ti?

—Me resta sólo hablar con Abigaíl.

—Despreocúpate, yo me encargo. Ella será la cara visible del Grupo Navarro. Sabe tratar con la gente. Juana, ¿tienes todo coordinado?

—Sí, mi reina, todo encaja a la perfección.

—Entonces a esperar el día de mañana, y ver las reacciones. ¿Algo más, mi princesa?

—Nada más mi reina. Te mando un beso.

—Un beso para ti mi princesa. Organizaré un encuentro para fines de la semana que viene. ¿Te parece? Le avisaré a Cleo, para que no se le ocurra desaparecer.

—No sé si podré esperar tanto. 

—Veremos cómo fluye la semana y quizás pueda ser antes.

—Silencio de radio hasta mañana. 

Cortaron.


—Joaquín te prometo que algún día seré la reina.

—Lo sé, mi amor. Tiempo al tiempo. Ten paciencia.



La única que me atendió y de muy mala gana fue Antonia. 

—Sabes que siempre te perdono. A qué hora quieres que vaya por tu departamento.

—Te espero a las siete.

Casi a las cuatro de la tarde, mi amigo el chofer del remis Leonardo me dejaba en la puerta de mi apartamento. Tuve la sensación de que alguien me seguía. Me sentía perseguido.

Me senté en mi escritorio y encendí mi notebook. Alcancé a comer unas galletas y un buen vaso de gaseosa.

Empecé a navegar por lo diarios. No hablaban de otra cosa que del cierre de LGC, y de los millones que jamás pagaríamos. Era un fuerte golpe a la economía de la ciudad.

Dejé de navegar. Ya nada podía hacer.

Me dispuse a hacer un recuento de los errores que fui cometiendo. Tomé mi agenda de mano y uno a uno los escribí.

1-Sabía que la costumbre de Helena era la de desarrollar todos aquellos buenos negocios para el mall. Le bastaba con no renovar el contrato de alquiler y luego replicarlo. Éticamente reprochable pero legalmente impecable. Una habilidad digna de los mejores estrategas. Debí pelear por un contrato más prolongado. Ahora me doy cuenta por qué todo fue fácil y rápido. Además, sabía que estaban gestionando la apertura de un banco. ¿En qué estaba pensando? 

2- Alquilamos las Cajas de Seguridad. Y con ello, el mismo problema que con el local 58. Posiblemente debimos comprarlas. Pensándolo bien, a Juana poco le hubiera importado.

3- El negocio se ramificó. No debí permitirlo. Aparecieron empresas dispuestas a colocar a plazo su dinero y con ello el salto en el volumen de dinero tomado y colocado se multiplicó. También se multiplicó el riesgo. Se volvió inmanejable.

4- Desde que aquellos rumores comenzaron a esparcirse, los días de la financiera estaban contados, simplemente porque no podíamos hacer frente a la “corrida”. Debí verlo. Sé de finanzas, pero la ambición pudo más.

5- Habíamos crecido demasiado. Todo se nos fue de las manos. Fracasamos. Mis pocos vínculos con la clase política y empresarial de Córdoba nos abandonaron. LGC se convirtió en una bacteria de la que nadie quería contagiarse.

6- Cometimos el error de tratar de salvar lo insalvable. Y así fue. Quedamos en la ruina. Creer que siempre habría clientes nuevos, dispuestos a depositar, para calzar el dinero que se había prestado, era una utopía. El aporte de dinero necesario para salvar la empresa era inconmensurable.

7- Reprogramar los pagos con cheques que tenían firmas apócrifas, era un delito. Y estuve dispuesto a todo.

8- La caída de LGC, la mesa de dinero más grande de la que se tenga memoria, arrastró a toda la red de contención que habíamos armado. Un desastre tras otro. 

Hice la lista y seguí pensando.

¿Nos caímos, nos estafaron, o me estafaron?

Soy también responsable de la caída. 

Sin nada nosotros. 

Sin nada nuestros clientes. Engañamos a nuestros clientes.

Mientras pensaba qué hacer decidí cagarle la vida a más de uno y comencé a escribir un mail. Varias veces lo escribí y lo re escribí. De lo único que estaba seguro, es que alguien estaba robando en LGC. Se lo envié a Antonia.

Yo soy uno de los responsables de la quiebra de LGC. Pero no era el único. 

Quise ser una especie de cobarde justiciero.

Decidí desaparecer.

Sonó el timbre.

Mi Antonia llegaba para darme algo de paz.





Capítulo 25 – Domingo 10 de febrero: La huida

Sonó mi celular.

—Jesús están allanando las oficinas. Buscan el servidor con el listado de clientes y el registro de las operaciones. 

Era Fermín. Uno de los mejores empleados. Es brillante. Un especialista en auditoría, con una capacidad analítica insuperable, y diría que hasta insoportable. Sus informes son precisos y certeros. 

Con él informándome, me sentía con las espaldas cubiertas. 

—No te preocupes, nunca lo van a encontrar. No saben lo que buscan. Trata de no contestar preguntas.

Ya no tengo más tiempo. 

Es hora. 

Sabía que debía huir. 

Tomé la mochila, metí dos calzoncillos, dos pares de medias, dos remeras, la visera, la cámara de fotos, los casi 25 mil euros que escondía, los pocos pesos que había, mi segundo celular y los dos juegos de llaves del auto. Cerré la puerta del departamento tras de mí y comencé a bajar por la escalera, dos escalones por vez, pero sin llamar la atención. No crucé a nadie. Me asomé al palier. Quedé paralizado. Un patrullero frente a la puerta que debía cruzar para poder salir del edificio, y llegar al auto. Bajaron dos policías, uno excedido de peso. Otro de civil.

Transpiraba. Tocaron el timbre de varios departamentos, hasta que lograron que desde uno de ellos les abrieran. Volví a asomarme y para sorpresa mía, decidieron subir por el ascensor. Por un segundo tuve la esperanza de que buscaran a otra persona. Pero cuando apretaron el número seis, ya no la tenía. 

Esperé. 

Un minuto después arranqué mi auto, despacio, muy despacio, sin rumbo.


No sabía qué hacer, hacia dónde ir, con quién podía contar.

Salí del edificio en Av. del Brillante casi Av. del Calasancio, hacia el sur. Debía pensar donde esconderme. Y los parques y jardines de la ciudad son ideales. Puedo pasar desapercibido. Pese al miedo, aún puedo sentir el aroma de las flores de los Jardines de la Victoria, y del Parque de Miraflores de donde la policía nos corría a los bastonazos, como en la vieja época franquista. 

Pero tengo que enfocarme en huir. Al de la Victoria o al Miraflores. 

Me decidí. Doblé a la derecha para tomar Av. Libertad, buscando el Paseo de la Victoria. La ironía se hizo presente. Con un poco de suerte iría un par de años a la cárcel. 

Ni libertad ni victoria. 

Pero debía parar y pensar qué hacer. ¿A dónde voy? Transpiraba como un animal en retirada. Estacioné en la plaza de la Glorieta Media Luna, una de las más bella de la ciudad, rogando me confundieran con un turista. Esperaba me ayudara la bermuda que traía puesta, la visera y la cámara de fotos.

Tenía el estómago revuelto, necesitaba un baño. Se me nublaba la capacidad de pensar. En esta ciudad abundan los baños públicos. Tenemos cientos de baños públicos cuidados y limpios como en ningún otro lugar del mundo. Y uno de ellos está en el Jardín de la Victoria.

Seguía sin saber qué hacer. Había bloqueado todos los teléfonos de los familiares y el de mi novia. No quería ponerlos en riesgo.

Llamé a amigo Enrique. El único que me podría ayudar. No trabaja en LGC por lo que pensé no tendrían los ojos puestos en él. 

—Enrique, no me saludes, necesito ayuda. ¡Por favor! —le grité.

— ¿Ayuda? Jesús, amigo mío, necesitas un abogado. Los han crucificado. No se habla de otra cosa más que de ustedes. Tu foto está en todos los medios de prensa y canales de televisión. ¿Qué quieres que haga por ti?

—Estoy desesperado, no sé qué hacer. Me cae la noche encima y no tengo a dónde ir.

—Jesús, espero entiendas que no puedo recibirte en casa.

—Lo sé. Jamás te pondría en riesgo.

—Jesús, déjame que haga unos llamados telefónicos, veré qué estudio jurídico estaría dispuesto a tomar tu caso.

—No me queda más que estar de acuerdo contigo. Tú mandas.  Gracias, amigo mío. Tengo 25 mil encima. Son casi las diez de la noche, veré de dormir en el camping. Espero no me reconozcan.

—Tapa las chapas patentes del auto. Llámame mañana a media mañana, tendré alguna respuesta para darte.

—Gracias amigo mío, no esperaba menos de ti. Mañana a las 10.15 te llamo.

—Jesús, ¡no asomes la nariz!


Subí al auto, se me cayeron las llaves al piso, cuando alcé la cabeza un policía montado, a mi derecha. No me reconoció. Por fin pude arrancar, tomé la Av. de Cervantes hacia el Norte y luego la Av. de América, doblé a la izquierda en Av. del Brillante, hasta el Camping El Brillante a orillas del Canal del Guadalmellato, muy cerca del departamento. Entré, pagué por dos noches y estacioné debajo del árbol más grande que encontré.

Me duché, me puse la capucha de la salida de baño, y compré un par de paquetes de galletas y una gaseosa en el kiosco del camping.

Volví al auto, comí algo. 

Lloré como un bebé desconsolado.

El martes a primera hora me despertó un hermoso rayo de sol. Me esperaba un día difícil.

A las 10.15 en punto y tal como habíamos acordado, llamé a Enrique.

—Te paso a buscar en el auto de mi cuñada Clementina en quince minutos. Es un Fiat Siena color gris plata. No te muevas del camping. Sé los riesgos que corro. No te muevas hasta que llegue.

—Enrique, preferiría no te arriesgues.

—Paso en 15.

Cortó. 

A las 10.30, ya arriba del auto, Enrique me informaba que el Dr. Alejandro Aráoz Laín, un afamado y oneroso abogado del foro local, posiblemente estaría dispuesto a tomar mi caso.

Su oficina estaba cerca, en calle Escultor Fernández Márquez 165.

Apenas dos minutos antes de las 10.30, tomamos asiento en la sala de espera. No imaginé una sala de espera como aquella, en la oficina del Dr. Aráoz. Daba vergüenza sentarse. Una alfombra vieja y deslucida, tres sillas de plástico, un escritorio que se caía de sólo verlo y las paredes tapadas de diplomas del “Doctor en Abogacía”, especialista en derecho penal. Y un miserable. Me pregunté qué estaba haciendo allí. 

—Enrique, buenos días, ¿cómo estás? Hubiera preferido verte en otras circunstancias.

—Hola, Carlos, te agradezco la deferencia de habernos atendido con tanta prisa. Sé que no es tu costumbre. Te presento a…

Me interrumpió antes que pudiera terminar.

—Al Sr. Suárez ya lo conozco, aunque nunca nos hayamos visto. Está en serios problemas, caballero. No me preocupa tanto su situación jurídica, que ya es delicada, sino la mediatización del caso. No hay diario, ni radio local o regional que no le dedique gran parte del día a LGC. La sociedad de Córdoba ya lo castigó y lo considera culpable, independientemente de la realidad de los hechos. Tampoco ayuda su situación actual. Debo aconsejarle que evadir a la justicia de esta manera y en estas circunstancias es algo que no recomiendo. Es cierto que aún no existe orden de detención contra usted, pero sólo porque el juzgado no se ha abocado. Enrique, debo advertirte que en estos momentos podrías ser cómplice de la fuga de Jesús, si se emitiera la orden de detención, y por lo tanto puedes ser denunciado por cualquier persona que te vea junto a él, en cuyo caso sólo empeoramos el panorama. Para ir al tema que nos ocupa, he estado estudiando el poco material que tengo acerca del caso. De todas maneras, trabajo con la misma modalidad con todos mis clientes. El primer paso Jesús es escucharlo, me cuenta su versión, hago una primera evaluación, que habitualmente me tomaría un par de días, pero dadas las circunstancias tendré que hacerlo en unos minutos. Usted saldrá de aquí con un consejo y mi disposición o no a tomar el caso. Si acepto deberá depositar en este estudio a cuenta de honorarios veinte mil dólares.

—Los tengo, Dr. Aráoz.

—Veo que no me ha entendido. Primero lo primero, y es comprender la verdadera situación de LGC y la suya en particular, para emitir un primer consejo. No será un dictamen. Empiece por favor.


Cuatro horas después seguíamos en el estudio. Yo estaba harto y el abogado más de una vez, me miró con cara de poco creyente. Creo que me consideraba más eventualmente culpable que yo mismo. Hice muchas cagadas, pero no maté a nadie. Pareció que me estaba leyendo la mente.

—Jesús, después de haberlo escuchado con atención, quizás usted esté pensando que no mató a nadie y que, por lo tanto, el caso no tiene mayor gravedad. Pues se equivoca, es un caso muy complejo en el que seguramente será acusado de al menos asociación ilícita, intermediación financiera y bursátil no autorizada, lavado de activos y evasión tributaria, con suculentas penas de prisión efectiva. Es cierto no mató a nadie aún. No me extrañaría que a algún cliente de LGC le dé un infarto, por ejemplo. Está dentro de las posibilidades y obviamente agravaría su situación jurídica, y las del resto de los integrantes de la empresa. Ya son casi las cuatro de la tarde. Si está de acuerdo, hablo con el juez interviniente en los próximos minutos y los espero con un escrito mañana a primera hora de la mañana. Quedará detenido e imputado. No tengo dudas de ello.

Otra vez el llanto asomó a mis ojos, mientras Enrique trataba de contenerme. No me imagino detrás de unos barrotes. No me imagino explicando a mis hijos quién era yo, a qué me dedicaba, de qué vivían.

—Ok, Dr. Aráoz. 

—Dr. Aráoz Laín, por favor.

— Ok, Dr. Aráoz Laín. Mañana a las nueve de la mañana estaré por aquí, sin compañía. No quiero perjudicar a Enrique.

—Alejandro, muy amable de tu parte —dijo Enrique haciendo gala de su amistad con el abogado—. ¿Ante cualquier duda podemos llamarte?

—Estoy a vuestra disposición.


—Enrique, por favor déjame en el camping, tengo que pensarlo. 

— ¡Pensar! ¿Pensar en qué? Tienes que entregarte, después vemos cómo te sacamos. Algunas influencias tengo. No será rápido, pero no tengo dudas de que en un par de semana estarás libre. En la calle si alguien te reconoce podría hacer justicia por su propia mano.


Subimos al auto mientras yo simplemente lloraba a los gritos. Un ataque de llantos que no podía ni deseaba controlar, mientras Enrique intentaba calmarme y repetía: necesitamos tiempo, esto se arreglará. Yo sabía que necesitaba tiempo y guita mucha guita, para la defensa. El presupuesto era inconmensurable. Todo mi dinero había quedado en las cajas de seguridad de LGC que el mismo juez ya había interdicto. Nadie podía acercarse a la bóveda, estaba fajada y con guardia policial.


—Jesús, mañana te busco 8.45 horas. No andes por allí mostrándote.

Ya en el camping, solo, escondido, destruido física, económica y moralmente. Me sentía basura. ¿Soy eso, soy basura? Tanto daño pude hacer, sin darme cuenta. Me quedaba el cuerpo, era sólo carne. Vacío. Nada. Sin amigos, ni socios, ni empleados, ni familia. La nada misma. Así me sentía. La nada misma.


Caminé con la visera directamente al auto. Quería pensar qué hacer. Rápidamente lo decidí. No tenía la menor intención de entregarme, al menos por ahora. Enrique me insultaría hasta el cansancio. Con el dato de que aún no había orden de detención contra mí, decidí hacer una última visita al lugar de mi vida. Dupliqué mi dosis de alprazolam y me dormí. 


Desperté a las seis de la mañana, tal como lo había previsto. Me pegué un baño, usé la segunda muda, ya no tenía ropa limpia. A las siete de la mañana tomé la autopista A-45. Mientras manejaba, empecé a recordar todo lo bello que pude recorrer en Córdoba “La Docta” y sus sierras, en mi último viaje a la Argentina. Ambas Córdobas se parecen, y mucho. De la mano de mis primos, anduve por Mina Clavero llegando a través del camino de las Altas Cumbres, un camino sinuoso que corta las sierras como una cuchilla, con túneles, puentes, y unos paisajes de belleza inconmensurable, cabras, caballos y guanacos de los lugareños pastando y corriendo en los pajonales, cuises cruzando la ruta y rogando no ser arrollados por los automovilistas. Y los halcones. Los halcones surcando los cielos. Verdaderos amos de los cielos. Mis primos iban relatando algunas excursiones a pescar truchas en las que debían caminar varios kilómetros para llegar allí, donde ellas se esconden y viven en la más absoluta tranquilidad. En Nono tuve incluso la oportunidad de comer una rica trucha con salsa de hongos de las sierras. Una verdadera exquisitez. Incluso recuerdo nos detuvimos en Las Nazarenas, una fábrica de unas masas que llaman “alfajores” con un dulce parecido a la leche merengada de España. Otra exquisitez. 

Mientras, seguía mi camino hacia Málaga, pasando por los Túneles de Abdalajís que traspasan las sierras del mismo nombre.

Pasé los túneles.

Me secuestró la nostalgia. Recordé a mis hijos, quería despedirme de ellos.

¿Pero cómo despedirme? Cómo decirles que ya no volveríamos a vernos. ¡Me quiero despedir del mundo!

Lloré, lloré hasta tener los ojos en un estado que no me permitía manejar.

Frené, me hice a un costado de la ruta, y anduve por la banquina hasta encontrar un camino lateral. Me metí por él unos doscientos metros y detuve el auto.

Empuñé una lapicera y mi block de hojas lisas. Me tomé unos minutos mientras pensaba lo que debía escribirles. 

Repasando mentalmente la vida con mis hijos, comencé.

Lloré hasta el cansancio, pero logré dejarles al menos un recuerdo.

Una carta para Constanza y otra para Gastón. No pude con Toyah. Sólo un beso podría dejarle y a kilómetros de distancia.  Guardé las cartas en la guantera y tiré el resto del block por la ventanilla del auto. Hervía de bronca. Me apoyé sobre el volante y otra vez a llorar como un niño. Ya no volvería a verlos. La tristeza me invadía.

En un par de horas estaría en Málaga y unos minutos más tarde por la A-7, en la Villa Dolores en Los Toscanos. Necesitaba ver mi gente de la Villa, quizá por última vez. Apagué el celular y le saqué la batería así no lo pueden rastrear. No sabía si ya me estaban buscando, pero ante la duda, me desconecté del resto del mundo.

Hui lejos de la casa de mamá y papá. No podría mirarlos a los ojos.


Me alojé en la Villa, en mi habitación preferida. Los dueños, a los que llamo tíos desde que los conozco, sabían de mi situación. Una guiñada de ojos fue suficiente. Pude, por fin, tener un día de absoluta tranquilidad. Disfruté del sol en paz. Me olvidé de los problemas, caminé las calles de la ciudad, sin miedo. Hasta compré algún suvenir, no sé para quién. Al mediodía, mis tíos me invitaron a almorzar con ellos. Un almuerzo de gala, con su única compañía. Aceitunas aloreñas de entrada, boquerones fritos con papas era el plato principal y borrachuelos acompañados con un excelente café. Pasé el mejor día de mis últimos meses, me sentí cobijado, como en un nido, lejos de LGC.

Disfruté de la luna llena un buen rato. Era una belleza. Ya había olvidado lo que significaba gozar de una noche de serenidad. 

Me recosté cerca de las once de la noche. Dormí como hacía mucho tiempo que no lo hacía. Descansé. Sabía que me esperaba, posiblemente, el día más difícil de mi vida.

Desperté casi al mediodía. En realidad, me sacudió mi tía preocupada porque no despertaba. Un minuto después entraba con una bandeja y un desayuno como sólo ella podía prepararlo y natilla casera. Supieron demostrar todo su amor, pero también sabían que podía ser la última vez. No eran tontos los “viejos”. 

Me despedí con abrazos y traté de evitar las lágrimas. Pero no pudimos. Momento difícil, pero me sentía feliz. Feliz de haber compartido el día con ellos, feliz de sentirme pleno nuevamente, feliz de haber visto la Villa, más bella que nunca.

A las cuatro de la tarde emprendí el regreso a mi Córdoba de la Nueva Andalucía, con una vianda para el camino. Alrededor de las siete de la tarde entraba a mi ciudad. 

Paré en la estación de servicio Cepsa sobre Ruta A-4 en el kilómetro 394. Estacioné el auto detrás de unos camiones, compré un par de sándwiches, una gaseosa, y un bidón plástico con casi cinco litros de nafta Premium, por si me quedaba sin combustible. Ya no podía seguir mostrándome por doquier.

Volví al auto, ya confundido. O me entregaba o dejaba de vivir. Tenía que decidirme. Dejé el bidón en el piso, delante del asiento del acompañante. Acompañante que no tenía. Mi soledad era absoluta.

Ya eran las nueve de la noche, anochecía y llovía. Era una noche lúgubre, como si fuera el escenario de una película de terror; yo estaba aterrorizado.

No sabía a dónde ir. El Guadalquivir, allí donde salvé a papá, donde amé, donde me divertí. Allí me sentiría cómodo con mis recuerdos.

Estaba llegando cuando divisé dos autos que me encerraron casi llegando a la costa del Guadalquivir. 

Frené. Me pareció reconocer a Fermín. Desactivé el cierre automático de los seguros. Sin querer les facilité el ingreso al auto. 

No bajé. Tuve una clara impresión de su misión. En unos segundos tenía dos tipos, uno a cada lado de las puertas del auto.  Ambos con capas para lluvia, encapuchados y con máscaras de látex. Era obvio a qué venían. El que estaba a mi derecha abrió la puerta.

Sentí pánico. 

Pero lo decidí. Me dejaría llevar. Llovía. 

La tristeza se apoderó de mí.

Se metió en mi auto y se aseguró de que tuviera el cinturón abrochado.  No me resistí, ellos me querían ver muerto y yo también. No pude reconocer sus voces, pero inferí que me habían espiado y perseguido durante los últimos tres días, al menos. 

Me dieron a tomar un vaso de agua y dos comprimidos. 

—Trágate las dos, ya las conoces, me ordenó uno de ellos. Vas a sufrir menos. Y firma aquí. ¡Firma!

— ¡Tapen el caño de escape!

Su voz me resultó conocida. Alcancé a ver una hoja de Protocolo notarial.

Apenas podía moverme. Me entregué a lo que intuía era la muerte. Supongo que en minutos me desvanecí. Ya nada sentí.

—Está dormido. Arranquen el auto, revisen que los vidrios estén cerrados, y tapen el caño de escape. No va a aguantar mucho tiempo. Sólo un par de minutos.

Perdí el conocimiento. Nada siento.

Siento que me quemo.

Morí. 

Fui asesinado, no me dejaron elegir.

¡Al menos soy libre!

Capítulo 26 Final

El martes 14 de enero el diario local titulaba: “Se descubrió un depósito de 8 millones de euros en la cuenta bancaria del desaparecido Jesús Emerico Williams Suárez. Se desconoce su origen”.

“Dos empresas locales de prestigio se unen para salvar LGC y brindar un nuevo servicio bancario”.


En el local 58 colgaba un cartel.


GRUPO NAVARRO y su empresa ARGENTAVIS 

junto a 

GRUPO MURALLA y su empresa PROCUSTODIA anuncian:



PRÓXIMAMENTE:

BANCO “PRO ARGENTA”























No hay comentarios:

Publicar un comentario